Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) Bajo las estrellas
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Bajo las estrellas

Encendimos la hoguera y preparamos la cena.

La cenamos con apetito. Al oscurecer, se nos ocurrió sacar las esterillas de la tienda y extenderlas junto al fuego para tumbarnos a mirar las estrellas.

Como siempre, me dejaron entre los dos. No necesitábamos el calor de la hoguera, pero el baile de las llamas resultaba fascinante.

—¿Os acordáis de la vez que nos quedamos los tres a dormir en mi casa? También nos quedamos despiertos viendo las estrellas —nos recordó Álex.

—Sí, me acuerdo. De hecho, lo recuerdo a menudo. Fue un buen momento—contesté.

—Sí, tenías un pijama con corazones —dijo Hugo.

—Es verdad, me gustaba muchísimo —respondí riéndome.

—¡Qué tiempos! Álex se me acercó más. No nos preocupaba nada, ni siquiera las chicas. ¿Qué tendríamos, siete u ocho años?

—Algo así —respondí.

—Pues ahora sí que me preocupan las chicas —dijo, y detecté un poso de tristeza en sus palabras.

—Olvídate de Claudia. Disfrutemos del momento.

—Perdona que te lo diga, Álex, pero no creo que estés mucho tiempo sin chica. Has ido saltando de una a otra desde que te conozco —intervino Hugo.

—Es verdad, empezaste pronto, me acuerdo de una tal Paula. Os pillé besándoos en el recreo. No tendríais más de trece años —le dije.

—Oh, sí. Era muy guapa, creo. La verdad es que me acuerdo de ella, pero no muy bien de su cara —recordó Álex.

—No me extraña. Desde entonces, cogiste carrerilla y no se te escapaba ninguna.

—Bueno, sí que he ligado con alguna que otra.

—Es que siempre fuiste muy guapo —confesé.

—¿Ah, ¿sí? Se puso de lado, pegado a mí, y me miró a la cara.

—Claro, no te hagas el tonto. Ya te lo dije antes.

—No me importa que lo repitas —dijo, mientras posaba su mano sobre mi abdomen y se agachaba para besarme. Me pareció que iba a por mis labios.

—¡Peligro! ¡Protégeme, Hugo! —exclamé divertida, girándome hacia mi otro amigo

Le rodeé el cuello con el brazo y él me agarró la cintura. Álex me sujetó por la cadera, pegado a mi espalda.

—¿Así que guapo?

—¡No! Feo, más feo que Quasimodo —grité entre risas.

—Pues tú, tú, tú no —dijo Álex, al no ocurrírsele nada más.

Me tronché con la situación y con la mano que, bajo mi camiseta, me hacía cosquillas.

Estaba recostada contra Hugo, que terminó volviéndose sonriente.

Mi supuesto protector se unió a Álex para hacerme cosquillas.

Me retorcí como pude, aprisionada entre los dos cuerpos.

Grité como si me estuvieran matando cuando noté que una mano me rozaba un pecho.

—¡Socorro! Me está metiendo mano un feo.

—De eso nada —decía Álex—, te está metiendo mano un guapo, un guapísimo.

Me resistí, pero me tenían atrapada entre los dos y mis posibilidades eran escasas. Al sentir los besos de Álex en el cuello, terminé por rendirme. Por fortuna, sus manos olvidaron las cosquillas y se limitaron a acariciar mi cintura.

—Sois dos contra una mujer indefensa —me quejé, aunque sin mucha convicción.

Al sentir una mano serpentear entre mis muslos, reaccioné y conseguí zafarme. Me levanté y me recoloqué la camiseta. Los vándalos se reían tumbados en las esterillas.

—¡Pulpos, que sois unos pulpos!

Se rieron más fuerte.

Nos aseguramos de que el fuego estuviera bien apagado antes de meternos en la tienda de campaña a dormir.

Les di un beso a cada uno y les deseé buenas noches después de apagar la linterna.

Me puse boca arriba e intenté conciliar el sueño.

Me resultaba difícil porque Álex no paraba de moverse.

Después de despertarme un par de veces cuando ya estaba a punto de caer en brazos de Morfeo, ya no pude aguantar más.

—¿Podrías estarte quieto? —le susurré para no despertar a Hugo.

—Sí, perdona.

Intenté volver a dormir, pero Álex no paraba de moverse.

—¿Qué te pasa? —Volví a susurrar.

—Nada.

—Dime, siempre te quedas frito enseguida, algo te pasará.

—¿De verdad lo quieres saber?

—Sí, dime.

—Tengo una erección y no se me pasa —confesó finalmente mi amigo.

—Ah —dije, avergonzada.

Al rato, Álex seguía inquieto y a mí no se me pasaba el sueño.

—¿Sigues igual? —le pregunté.

—Sí.

—Pues hazte una paja y ya está. Así podré dormir. Me dio mucha vergüenza decírselo, pero me parecía una solución aceptable.

—¿Tú crees?

—Claro, si no, no vas a parar.

—Vale, tienes razón.

Sentí cómo se movía quitándose los calzoncillos y cómo movía el brazo pegado a mí rítmicamente.

—Pensaba que lo ibas a hacer fuera, so guarro —susurré.

—Para que me pique un bicho. Esto vale oro, cariño.

Me reí de su ocurrencia y me giré para verlo con la poca luz que había.

Apenas distinguía sombras, unas más oscuras que otras.

A veces, me parecía intuir su mano moviéndose rítmicamente.

Me apeteció tocarlo y, no sé por qué, no me contuve.

Pasé la mano por su pecho y sonreí al escuchar un pequeño jadeo y sentir cómo aumentaba el ritmo.

Le acaricié el pecho y el estómago hasta que, de pronto, se giró y oí una especie de gruñido.

Me contuve para no reírme y despertar a Hugo.

Cuando se puso boca arriba, le imité.

—Gracias, cariño, me he quedado genial —me dijo con desparpajo.

—Ahora duérmete, ceporro. Y ponte los calzoncillos.

En un par de minutos, su respiración se hizo lenta y acompasada. Sin embargo, yo tardé bastante en conciliar el sueño. Lo ocurrido me había desvelado y me molestaba la absurda humedad de mi entrepierna.