Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) El beso que lo cambió todo
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El beso que lo cambió todo

—¿Qué ha pasado, cariño? Le cogí la mano preocupada.

—Me ha dejado —dijo con los ojos tristes—. No entendía que quisiera quedarme. Se me había olvidado de que habíamos quedado a comer con su hermano mañana y se enfadó cuando le dije que no iba a ir.

—Podemos volver hoy como estaba previsto —ofrecí sin soltarle la mano.

—No, ya da igual. Hemos discutido y me ha puesto un ultimátum, y eso no se le hace a una pareja. Se ha puesto muy borde y nos hemos dicho cosas... En fin, da igual. Hemos roto.

Avergonzada, le di un abrazo. Al sentir sus brazos rodeándome, le di un beso en la mejilla.

Quería que mi afecto y cariño la consolaran y que se sintiera mejor.

Seguí besándole: los pómulos, las cejas, la nariz...

Por fin, Álex respondió y me besó. Podría haberme sentido incómoda cuando noté sus labios en los míos, pero mantuve el contacto unos segundos antes de separarme. Al fin y al cabo, había empezado yo.

—Claudia no entiende —me dijo con mirada triste— que por mucho que la quiera a ella no voy a dejar de quererte a ti.

Sentí cómo mi corazón se derretía y cogí con las manos la triste carita de mi amigo para llenarla de besos.

—Yo te quiero a las dos —puse la guinda con un último beso con los labios cerrados, al menos los míos, porque noté el toque fugaz de su lengua.

En ese momento, Hugo se acercó y le dio una palmada en el hombro a Álex.

—Lo siento, tío.

—En fin, qué se le va a hacer, tampoco tenía un culo tan bueno.

Sonreí al oír su broma, aunque supuse que el dolor iría por dentro. Le di un puñetazo cariñoso en el hombro.

—Oye, Mireia —me dijo Hugo, que se estaba sonrojando por momentos—, ¿a mí también me quieres?

—Pues claro, tonto —lo abracé con cariño.

—Entonces también deberías darme un beso.

Ahora tenía la cara de un rojo furioso.

Lo miré perpleja. No me lo esperaba.

—¿De verdad quieres un beso? —pregunté sin aflojar el abrazo y mirándolo a los ojos.

Hugo asintió, así que le llené de besos, como había hecho con Álex, y le di otro en los labios similar al de su amigo. Tenía cierta reticencia porque consideraba a Hugo como a un hermano menor, pero el beso me encantó.

Cuando finalmente nos separamos, era yo quien estaba sonrojada.

—Pues ya lo sabéis los dos —dije cogiéndolos de la mano—. Si vuestras novias no os quieren, aquí está vuestra amiga, que os quiere de sobra.

Continuamos el camino más por inercia que por otra cosa, ya que ahora no teníamos prisa. Intentaba mantener la conversación para distraer a Álex, que hacía esfuerzos por disimular su abatimiento. Tras unos minutos, decidí subirle la moral; alimentar el ego nunca fallaba con ningún hombre.

—Bueno, Álex, ¿sabes eso de que un clavo saca a otro clavo? Con lo guapo que eres, no tendrás problema en ponerlo en práctica.

—¿Te estás ofreciendo voluntaria, amiga? —me preguntó con una expresión entre triste y taimada. Ni siquiera deprimido podía dejar de hacer bromas.

—¿Qué? ¡No! Somos amigos, pero, si quieres, te busco candidatas.

—Creo que no, la verdad es que no me apetece de momento, pero sí me podrías explicar una cosa.

—¿El qué?

—Eso que has dicho de guapo. —Dame más detalles —se le escapó una sonrisita que me hizo reír.

—No recuerdo haber dicho eso —respondí, haciéndome la despistada.

—Estoy muy seguro.

—A ver —le toqué la frente—, puede que te haya dado mucho el sol y por eso tengas alucinaciones.

Los chicos se rieron, Álex algo más animado. Caminamos lentamente y con muchas paradas. Yo procuraba mostrarle a mi amigo lo mucho que lo quería. Le cogía de la mano o de la cintura, le enseñaba cosas o paisajes que me parecían bonitos. Todo para que se sintiera menos desgraciado.

Nos detuvimos a comer donde nos pareció.

Hicimos recuento y vimos que entre los tres tendríamos comida de sobra para varios días.

Preparamos un arroz con tomate que devoramos con hambre.

Luego se tumbaron como acostumbraban, pero esta vez Álex me pidió que me sentara entre sus piernas.

Quería tratarlo con mimo, así que me acomodé dándole la espalda y apoyando la cabeza en su pecho.

Álex me dio un beso en la mejilla antes de empezar a masajearme los hombros.

Ronroneé de gusto. Sus manos parecían disolver el leve dolor que tenía de llevar la mochila.

Siguió unos minutos, luego me dio otro beso y rodeó mi abdomen con los brazos.

—Sois muy buenos amigos —murmuró. Asentí con la cabeza.

Al rato, sentí un beso en el cuello que apenas me sacó de la somnolencia.

Sonreí medio adormilada; estaba muy a gusto recostada contra mi amigo.

Álex se removió ligeramente y subió un poco los brazos, que ahora presionaban la parte inferior de mis senos.

Si no los hubiera subido aún más, hubiera seguido felizmente adormilada.

—Álex, ¿es que quieres meterme mano? —le pregunté, más divertida que otra cosa.

—Jamás se me ocurriría —respondió, apretando el abrazo.

—Entonces, ¿por qué me estás tocando el pecho?

—¿Yo?

—Sí, tú —le cogí las manos, pero se resistió y no pude bajarlas.

—¡Qué imaginación tienes! O eso, o te ha dado muy fuerte el sol.

—¿Mi imaginación? ¡Caradura! —El muy sinvergüenza me devolvió mi broma anterior.

A pesar de mi oposición, suspiré y dejé caer las manos sobre sus muslos, abandonándome sobre su pecho. Hugo nos miraba divertido.

—Deja ya mis tetas —le pedí.

—¿Sabes? Me gustaría comprobar si te han crecido desde la última vez que te las vi.

—Pues sí que me han crecido, así que baja los brazos y no me hagas enfadar.

—Vale, vale, qué genio tienes. Anda, dame un beso y te perdono.

—Eres un caradura.

Aun así, cuando acercó su cara, le di un fuerte beso. Bajó los brazos y seguimos descansando un rato más.

Era media tarde cuando llegamos a un lugar idílico.

Un pequeño bosque de pinos flanqueaba un embalse, más bien una charca natural.

Cerca de la orilla, un círculo de piedras delimitaba el lugar perfecto para hacer una hoguera.

La tierra ennegrecida me confirmó que se había usado para ese fin.

Alguien lo había preparado. Miré a mi alrededor inquieta por si había gente, pero tras los días que llevábamos sin ver a nadie me tranquilicé.

Solté la mochila con un suspiro de alivio.

—¿Queréis que nos quedemos aquí?

—Seguro —dijo Hugo, dejando también su mochila. —Además, no me vendría mal un baño.

—Primero montemos la tienda —propuso Álex.

Hugo y yo montamos la tienda mientras Álex refunfuñaba por haber sido elegido para buscar leña.

Acabamos antes que él y le echamos una mano.

No nos dimos por satisfechos hasta que tuvimos un buen montón.

Luego dudamos si preparar la cena o darnos el baño que todos necesitábamos.

Quedaban muchas horas de luz y podíamos esperar.

Lo decidió Hugo, que metió la mano en el agua para comprobar la temperatura.

—¡Está templada! —exclamó sorprendido.

Me fijé con más detenimiento en la charca, recorriendo los bordes con la mirada.

—Creo que es porque corre muy poco el agua; la que queda se calienta con el sol.

—Pues yo me voy a bañar. Podéis hacer la cena si queréis —dijo Álex.

Se quitó la ropa tranquilamente y se metió en la charca llevando únicamente los calzoncillos. Caminó sorteando las piedras del fondo hasta llegar al centro.

—Esto es todo lo que cubre —dijo, levantando los brazos. El agua le llegaba un poco por encima de la cintura.

—Meteos de una vez.

Hugo lo imitó y se metió con él. Yo dudé. Evidentemente, no me había traído bañador y no tenía el desparpajo necesario para bañarme desnuda. Tampoco me parecía bien hacerlo en ropa interior y que se me transparentara todo.

—El agua está buenísima —me animó Hugo.

En fin, de perdidos al río, y nunca mejor dicho.

—Daos la vuelta hasta que entre —les pedí a los chicos.

Protestaron, pero me obedecieron. Me quité rápidamente los pantalones y el resto de la ropa, quedándome solo con el sujetador deportivo y el tanga.

¡Y encima hoy que llevaba el tanga! Me metí en el agua, pinchándome con las piedras, hasta que llegué a su espalda.

Cuando el agua me cubrió la cintura, les avisé.

—Ya podéis volveros.

—Pues la verdad es que no noto mucha diferencia de cómo has ido todo el día —me dijo Álex con una sonrisita. El agua era totalmente transparente, pero el brillo del sol impedía ver con claridad bajo la superficie.

—Está claro que no llevo calcetines —respondí con sorna.

Estuvimos un rato charlando en el agua, salpicándonos y portándonos como críos. Enseguida me olvidé de que iba semidesnudo.

—Se está bien aquí, ¿verdad? —Álex se había acercado y me abrazaba por la espalda. Podríamos quedarnos un día o dos. O los que te apetezca, cariño.

—Eres un cielo —contesté. Me gustaba mucho cómo me trataban mis amigos.

—Si no fuera por ti, no habría encontrado el tapón de la charca. Si lo quito, te veré con las bragas mojadas», dijo levantando las cejas un par de veces con guasa.

—Creo que la próxima vez me baño con el pantalón —dije riéndome.

Me fijé en que Hugo se había sentado en una piedra oculta y el agua le llegaba hasta el cuello. Me pareció una buena idea y fui a sentarme con él.

—Hazme un sitio, Hugo.

No sobraba mucho espacio, pero me cedió el justo para sentarme a su lado, mientras me agarraba de la cintura. Como era de esperar, Álex también quiso sentarse. Me apiadé de él y me levanté.

—Siéntate en mi sitio —le dije.

—¿Y tú?

—A mí que me coja Hugo.

Hugo, encantado con la idea, abrió los brazos. Me senté en sus piernas y le rodeé el cuello.

—¿Te parece bien que nos quedemos aquí un poco más? —le pregunté.

—Me parece perfecto —respondió dándome un beso en la mejilla. Ayudaré a Álex a buscar el tapón.

Nos reímos, charlamos y bromeamos hasta que me entró frío, a pesar de que Hugo me templara la piel con la mano en la espalda o la cintura.

—Salid vosotros primero y luego daos la vuelta —les pedí.

Álex se levantó con el agua por la cintura y me tendió la mano.

—Anda, vamos, no seas tiquismiquis. Si vamos a estar aquí unos días, es mejor que lo resolvamos ahora; no vamos a estar todo el rato dándonos la vuelta.

Miré la mano y luego la expresión cordial de mi amigo. Me encogí de hombros, le cogí la mano y me levanté.

—Eres capaz de ahogarte buscando el tapón.

Hugo se apresuró a coger mi otra mano y salimos los tres del agua. Intenté no mirar a los chicos y fui a por mi ropa, pero Álex me retuvo.

—No, Mireia. Nos miramos y nos vemos, así que dejamos las tonterías a un lado.

Me pareció tan razonable que acepté sin protestar. Recorrí con la mirada el cuerpo de Álex hasta llegar a su cintura. Llevaba unos slips que marcaban paquete y que estaban pegados a la piel por el agua.

—Piensa que el frío encoge, cariño —dijo Álex, que había seguido mi mirada.

Me reí entre dientes al pensar que mi amigo estaba bien dotado. Le di un puñetazo cariñoso en el hombro y miré a Hugo. Bajito y flaco, a pesar de separárselos como podía del cuerpo, su bóxer dejaba adivinar un enorme miembro. No había forma de disimular el tamaño impresionante.

—¡Joder! —Se me escapó al verlo.

—Sí, nuestro amigo está muy bien dotado —dijo Álex mientras le pasaba un brazo por los hombros. El pobre Hugo estaba ruborizado hasta las orejas.

—Y tú, Mireia, ¿qué es eso que se transparenta? ¿Una flecha apuntando al premio?

—No, idiota. Un triangulito —contuve las ganas de taparme con las manos. Mi novio me había pedido que me depilara el pubis y me había dejado únicamente un pequeño triángulo.

—Pues yo creo que es una flecha. ¿Debería seguirla?

—Eres un zopenco.

Como hicieron ellos, dejé que me examinaran a su antojo. Incluso me giré lentamente cuando me lo pidieron.

—Tienes el mejor culo que he visto nunca —me dijo Álex—. Y no es que lo demás esté mal, ¿eh?

—Totalmente de acuerdo —asintió Hugo, un poco menos rojo.

—Oye, Mireia, seguro que quieres tocarme la polla —me dijo Álex, agarrándome de la cintura y acercándome peligrosamente su miembro-

—¡Quita, imbécil! Como encuentre un palo bien gordo, sí que te la voy a tocar.

—¡Qué carácter! De verdad, Mireia, no hay que desaprovechar las oportunidades. A ver si maduras. Fíjate en mí, yo sí que te la voy a tocar.

Álex alargó las dos manos y salí corriendo, sin parar de reír, a buscar mi ropa.

Saqué unas braguitas blancas y una camiseta, y esta vez sí, les hice volverse para cambiarme.

Cuando me puse el pantalón, aproveché para lavar el sujetador y un par de bragas, incluido el tanga.

Me arrodillé en el borde del agua para frotarlas y me partí de risa al escuchar los silbidos y piropos sobre mi trasero que me dedicaron mis amigos.

Cuando terminé, los dos se habían vestido.