Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) Un baño inolvidable
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Un baño inolvidable

Llegamos a un lugar perfecto para acampar por la noche, mucho más frescos que el día anterior.

Montamos la tienda, cenamos y todavía nos quedaba algo de luz.

Jugamos a las cartas, contamos chistes y nos contamos intimidades.

Estaba tan bien que me dio pena meterme en la tienda de campaña para dormir.

Ya me había quitado antes el sujetador, así que me quité los pantalones y me puse en el centro.

—Ja, ja, ja. ¿Transparentes, ¿no? —se rió Álex, tumbándose a mi lado en calzoncillos.

—Serían transparentes si no fueran negras, es evidente —me defendí, haciéndole sitio a Hugo.

—Bueno, te perdono si me das un beso de buenas noches —me pidió Álex.

—Eso está hecho.

Me acerqué y le di un sonoro beso en la mejilla. Me reí cuando oí carraspear a Hugo y repetí el gesto.

—Ven, anda. Ya sé que me quieres más que a tu novia —dijo Álex mientras me atraía hacia él y me pasaba el brazo por el cuello. Me acomodé y le puse una mano en el pecho.

—Eso tenlo por seguro, amigo. De todas formas, parece que os lleváis muy bien, aunque no compartáis la afición por el senderismo —dije riéndome.

—Ya me extrañó que viniera, pero se empeñó en probar.

—Yo creo que tiró al suelo a Marcos para que se rompiera la muñeca y poder salir de aquí —dijo Hugo, provocando una carcajada general.

—No te extrañe, puede ser muy perversa —dijo Álex.

—Bueno, chicos, vamos a dormir, que mañana es el último día —dije, apartándome de Álex y arropándonos con la toalla. Buenas noches.

Me desperté a mitad de la noche notando que alguien me tocaba.

Había muy poca luz y casi no veía nada, pero noté que una mano acariciaba mi trasero.

Teníamos la toalla enredada a los pies y yo estaba de lado, como me gustaba dormir.

Podía ver a Hugo, que dormía plácidamente.

Tenía que ser Álex quien me estaba palpando el culo.

También escuché un movimiento rítmico y me quedé de piedra.

«¿Se está masturbando mientras me toca el culo?

¿A su edad? ¿Es que le pongo cachondo?», pensé.

Era algo que, por muchas bromas picantes que nos gastáramos, nunca me había tomado en serio.

Al final, supuse que, sencillamente, un culo es un culo, y que como era su amigo lo tenía a su disposición y lo aprovechaba.

Me tomé un momento para pensar qué hacer.

Por un lado, si me molestaba y le montaba un número, podíamos acabar enfadados y, la verdad, se lo merecía.

Por otro lado, me imaginé la paja que se estaba haciendo y me dio un poco de morbo.

Intenté quitármelo de la cabeza, pero la imaginación es libre y en la mía veía su miembro duro y grande y su mano subiendo y bajando por él.

Salvo en contadísimas ocasiones, supongo que debido al largo tiempo que nos conocíamos, nunca había pensado en Álex en ese sentido y me avergonzó sentirlo ahora.

En fin, si con eso se desahogaba, bueno, para eso están las amigas.

De todas formas, no vi muy cómodo a mi amigo, así que, ya que estaba, me giré para quedar boca abajo con la cabeza sobre los brazos.

Álex se quedó inmóvil un par de minutos y, al ver que no me movía, volvió a deslizar la mano por mi trasero, esta vez con mejor acceso.

Pronto volví a escuchar el rítmico sonido que indicaba que seguía masturbándose.

Aunque lo tenía a la espalda, volví a imaginar cómo deslizaba la mano sobre su miembro y, sin pretenderlo, me excité.

La mano que tenía en el culo se volvió más atrevida, se internó bajo mis braguitas y tocó mi piel directamente.

Quizá al principio, cuando me desperté, no lo habría permitido, pero ahora apreté los labios y lo consentí.

De hecho, me reconocí a mí misma: disfruté del sobo en el culo como no imaginaba que pudiera.

Sin llegar a verlo como algo sexual, me encantó sentirme atractiva para mi amigo.

Sabía que tenía un culo estupendo, pero el hecho de que Álex se arriesgara a que le pillaran con tal de poder tocarme y masturbarse me excitaba.

Sentí un apretón en las nalgas y no pude evitar removerme en el sitio. Esperaba que mi amigo se detuviera por un momento, pero Álex siguió acariciando y apretando mi culo. Me sorprendí al notar humedad en la entrepierna. «Me está poniendo cachonda este merluzo», pensé.

Noté un apretón más fuerte al tiempo que escuché un jadeo.

Oí acelerarse el rítmico sonido delator y lo que pensé que era Álex corriéndose.

Tuve que apretar fuerte los labios para no emitir ningún sonido, aunque no pude evitar contraer los glúteos.

Por suerte, la mano que estaba en mi culo desapareció en ese momento y creo que Álex no se dio cuenta.

A diferencia de mi amigo, que se durmió en un par de minutos, a mí me costó dormirme estando cachonda. Me reí para mis adentros al pensar que eso me molestaba más que el hecho de que me tocara el culo.

Me desperté la primera, otra vez. Entraba al gimnasio a las siete de la mañana para atender a los que iban antes de trabajar y tenía esa hora reservada.

Para mi propia sorpresa, estaba recostada sobre Hugo con la cabeza en su hombro.

Él me rodeaba los hombros con el brazo. Era agradable, así que me quedé así unos minutos, escuchando la respiración acompasada de mis amigos.

A medida que subía el sol, la tienda se fue iluminando.

Miré el paquete de Hugo con curiosidad y parpadeé varias veces para creer lo que veía.

El bulto que se marcaba en sus calzoncillos era enorme.

Atónita y sin pensarlo, extendí una mano para tocarlo.

Dudé cuando estaba a punto de hacerlo, pero la curiosidad pudo más y toqué la punta.

Estaba caliente. Solo me permití agarrar el enorme miembro sobre la tela una vez, para calibrar su tamaño y dureza.

Retiré la mano con un suspiro. Me alegré de inmediato de haberlo hecho cuando sentí cómo Álex se movía detrás de mí, se pegaba a mi espalda y me pasaba otro brazo por la cintura.

—Buenos días, Mireia. ¿Abrazada a Hugo? —me dijo al oído.

—Shhh —le susurré—. No le despiertes.

—¿Has dormido bien? —me preguntó, acercándose más.

—De un tirón. —Oye, ¿qué es eso que hay en mi culo?

—Eso significa que también ha dormido bien y te está dando los buenos días.

—No hace falta —susurré divertida.

—Es que es muy atento, igual que yo —dijo, y me dio un beso largo y cálido en el hombro que me encantó. Luego, su mano bajó de mi cintura a mi cadera y el muy capullo me apretó contra su erección.

Me quedé alucinando un rato con el descaro de Álex, aunque me dejé hacer.

Sería mentira decir que no me gustó la sensación, pero le di un manotazo en la mano.

Álex se apartó, no sin antes darme un pellizco en el culo.

Me levanté sin saber si reír o regañarle.

Salí de la tienda gateando y le enseñé el trasero en toda su gloria.

Álex salió tras de mí. Esperaba que me hiciera alguna de sus típicas bromas, pero me cogió de la mano.

—Perdona, Mireia, me he pasado. No te enfades —me dijo contrito. Le miré a los ojos un momento, intentando discernir si era sincero.

—Anda, tonto. Lo que pasa es que estás más salido que cuando tenías dieciséis años —le di un beso en la mejilla—. No me puedo enfadar contigo.

—Gracias, cariño.

Me dio un rápido achuchón, apartando la cadera para no volver a incomodarme con su erección.

—Deberías vestirte y... Ya sabes —le señalé el paquete.

—Espera, que cojo otros calzoncillos y los pantalones —dijo, y entró en la tienda.

Salió con sus pantalones y los míos, y luego hurgó en su mochila y encontró unos calzoncillos.

—¿Te vas?

Me di la vuelta hasta que se cambió. Con los pantalones en la mano, busqué unas braguitas.

—¿Qué me pongo, Álex? Saqué dos prendas de la mochila.

—Tengo unas braguitas blancas y un tanga amarillo que traje para provocar a Dani.

Como esperaba, mi amigo eligió el tanga por mi travesura. Le hice girarse y lo primero que hice fue quitarme la camiseta y ponerme el sujetador. Luego me quité las braguitas y...

—Buenos días —saludó Hugo al salir de la tienda y se quedó con la boca abierta al verme medio en pelotas—. ¡Me vuelvo, me vuelvo, perdón! —gritó al tiempo que enrojecía.

Me puse rápidamente el tanga y los pantalones mientras veía cómo a Álex se le movían convulsivamente los hombros. Antes de darles permiso para darse la vuelta, aproveché para darle una colleja.

—¡Ay! Si yo no he hecho nada —protestó frotándose el cuello.

—Por reírte.

—Pues dale otra a Hugo, que es el que te ha visto.

—Él no ha tenido culpa. Ha sido un accidente.

—En eso tienes razón. Por cierto, Hugo, ¿cómo lo tiene nuestra amiga? ¿Salvaje, depilado, arreglado de alguna manera exótica, con algún tatuaje?

Recibió la respuesta de Hugo al tiempo que esquivaba otra colleja.

—Eso es un secreto. Un caballero no comparte esas cosas.

—¡Maldito! Esta noche, cuando estés dormido, te voy a meter una rana en los calzones.

Desayunamos de buen humor y proseguimos la ruta.

A media mañana, empecé a sentirme triste sin saber por qué.

Tuve que reflexionar un buen rato para descubrir qué me provocaba esa desazón.

Me daba auténtica pena terminar la excursión.

Desde que terminamos el colegio, solo había visto a mis amigos ocasionalmente.

Los tres habíamos hecho un esfuerzo por mantener el contacto y lo habíamos conseguido.

Aunque nos veíamos con poca frecuencia, lo hacíamos de vez en cuando, pero nada como lo de estos días.

Valoraba mucho poder estar con ellos y compartir prácticamente todo, como cuando éramos chicos; volví a los días de la infancia, cuando éramos más felices.

Sentía la misma camaradería, unión y pertenencia que en mi juventud, como si el tiempo no hubiera pasado.

Estaba disfrutando tanto de la naturaleza con mis amigos que se me escaparon unas lágrimas al pensar que esa misma tarde se acabaría.

—¿Qué te pasa, Mireia? ¿Te encuentras mal? —Para mi vergüenza, Hugo me había visto y me sujetaba del brazo con preocupación.

—No, es una tontería.

—Algo te pasa, dímelo, Mireia.

Le eché los brazos al cuello y se lo confesé.

—No es nada, es que me da pena terminar esto, solo eso.

—¿Es por eso? —dijo Álex, uniéndose al abrazo y achuchándome también. Asentí, parpadeando para detener las lágrimas.

—No seas tonta, nos quedamos otro día más, o dos o tres, si es lo que quieres, pero no llores. Me duele el corazón.

—¿De verdad? Miré a uno y después al otro. Ambos asintieron con una sonrisa. —Pero Claudia va a ir a buscarnos hoy al pueblo.

—Si bajamos un poco más habrá cobertura, la llamamos y que venga mañana o pasado. —Eso no es problema —me dio un beso—. ¿Quieres?

—Sí, sí quiero, pero ¿vosotros podéis quedaros más tiempo?

—Yo sí, ya pediré los apuntes —dijo Hugo.

—Yo también, tengo toda la semana que viene de vacaciones. Además, no puedo dejar pasar la oportunidad de verte con ese tanga —dijo Álex muy serio.

—¡Mentecato! —le insulté antes de cogerle la cara con las manos y darle un fuerte beso en la boca. Después lo repetí con Hugo.

—Os quiero, chicos.

—El próximo con lengua —me dijo Álex, lamiéndose los labios.

—Oye, ¿tenemos comida? —pregunté.

Mientras deliberábamos si tuviésemos que racionar los alimentos, seguimos caminando. Me sentía feliz.

—Mira, quizá desde allí puedas llamar —le señalé un pequeño cerro que reconocí. Sabía que daba al valle habitado del otro lado.

—Voy a probar. Esperadme aquí —dijo Álex, que sacó el móvil de la mochila y se acercó a la cima para encenderlo. Hugo y yo nos quitamos las mochilas y nos quedamos esperando, cogidos de la cintura, con mi cabeza en su hombro.

Vimos cómo Álex llegaba hasta la cima y miraba el móvil; luego, empezó a teclear. Habló y gesticuló mientras caminaba en pequeños círculos. Tardó mucho más de lo esperado.

—Parece que algo no va bien —dijo Hugo.

—Serán cosas de pareja —le contesté, aunque opinaba lo mismo que él.

Esperamos otro rato y, cuando estaba a punto de proponerle a Hugo que fuéramos a buscarlo, se apartó el teléfono de la oreja y volvió cabizbajo hacia nosotros.

—¿Ya está? —le preguntó Hugo.

—Sí, no va a venir a por nosotros. Ni hoy ni nunca —dijo cariacontecido mientras guardaba el móvil.