Novela Erótica (Relatos Eróticos Mujeres Consentidas) La primera noche
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La primera noche

—Creo que podemos parar aquí —dije.

Habíamos llegado a una zona más ancha del camino. Estaba rodeado de numerosos pinos, abetos y castaños. El terreno era llano y me pareció recordar que ya había estado allí con mis padres.

—¿Montamos primero la tienda de campaña? —¿Montamos primero la tienda? —preguntó Hugo.

En ese momento, al mencionarlo, caí en la cuenta.

—Oh. No tengo tienda. Se la ha llevado Dani —me di una palmada en la frente.

—No pasa nada, nos apretamos en la nuestra —ofreció Hugo.

—Sí, te alquilamos un sitio. ¿Cuánto dinero tienes? —convino Álex

—Puedo dormir fuera, no hace frío —dije en voz alta, mirando el entorno.

—No es por el frío, es por los bichos —razonó Hugo.

—Cierto, dormiré con vosotros —dije, imaginándome cubierta de arañas en un segundo

—Yo tendría cuidado —explicó Álex. En la tienda puede que haya también uno o dos bichos.

—Me arriesgaré —dije riéndome. Los puedo aplastar con la bota.

—Qué agresiva. En fin, vamos a montarla.

Entre los tres tuvimos la tienda montada en un periquete. La examiné y pensé que cabríamos sin problema, aunque algo justos de espacio.

—Voy a hacer pis, chicos —les dije, encaminándome hacia los árboles.

—Espera, te acompaño —se ofreció Álex.

—No te preocupes, no creo que me coma un oso —contesté riéndome.

—Aquí no hay osos —dijo Álex mientras me pasaba el brazo por los hombros.

—Pero ¿y las ardillas?

—Por lo visto, son realmente salvajes y feroces, y tienen unos dientes afiladísimos —dije, mientras le pasaba el brazo por la cintura. Prométeme, eso sí, que respetarás mi intimidad.

—No sé si podré, pero intentaré contenerme, Álex. Respetaré tu virtud.

—Bien, sé que es difícil, pero tú puedes. Ánimo.

Bromeando, llegamos a una roca que nos llegaba por el pecho. La señalé.

—Creo que estarás a salvo si te pones a un lado y yo al otro.

Me acuclillé junto a la roca y me bajé los pantalones hasta los tobillos. Empecé a orinar mientras oía el chorro de mi amigo.

—Mireia, ten cuidado con los alacranes, no te piquen el culo —le oí decir.

—Y tú con los saltamontes, no confundan tu cosa con una briznita de hierba y te den un mordisco.

—¿Mi cosa? ¿No te lo había aclarado? —Ambos seguíamos orinando.

—Perdón, pueden confundirlo con un grueso tronco de árbol y un pájaro carpintero puede querer hacer el nido.

—Eso es, ahora sí que aciertas. Mira, ya viene un pájaro.

Me sequé con un pañuelo de papel, riéndome con las tonterías de mi amigo. Cuando terminamos y nos reunimos, Álex me dijo muy serio:

—¿Los has visto? Una pareja de buitres se ha posado en mi pene.

—¿Han cabido? —me aguanté la risa.

—De sobra.

—¿Y te han clavado las garras?

—Lo han intentado, pero soy de hierro y no han podido. Los ahuyenté cuando llamaron a sus buitrillos; cabían todos.

Volvimos agarrados de la cintura, con Hugo riéndose.

Nos comimos los últimos bocadillos. Al anochecer, Álex sacó de la mochila un farolillo y lo utilizamos en lugar de hacer una hoguera, ya que teníamos miedo de que el fuego se extendiera.

Al día siguiente usaríamos un hornillo de gas para calentar la comida.

Había refrescado un poco, así que fui hasta un árbol para quitarme el sujetador y ponerme una camiseta.

Luego estuvimos charlando y bromeando hasta que el cansancio pudo con nosotros y nos entró sueño.

—¿Nos vamos a dormir? — sugirió Hugo.

—Buena idea —bostecé tapándome la boca con la mano.

—Vamos —dijo Álex, y se levantó. —Espero que no me metas mano, Mireia. Intenta refrenarte.

—Creo que no corres peligro. A oscuras ni siquiera la encontraría. Por cierto, hace mucho calor para el saco. Espera, creo que tengo algo mejor. A ver si no se lo ha llevado Dani.

Busqué en la mochila y saqué una enorme toalla. Era muy fina y ocupaba poco espacio. La levanté triunfante:

—Nos servirá de manta.

Nos llevaremos la linterna dentro de la tienda. Los chicos se desnudaron sin reparos y se quedaron en calzoncillos. Yo lo pensé un poco, pero al final me quité los pantalones cortos y me quedé en camiseta.

—¿Rojas? — preguntó Álex con sorna al ver mis braguitas.

—Me gusta el rojo y no me mires el culo.

—Es que es muy bonito. Estoy por sacar otra linterna para verlo mejor.

—Te voy a dar una colleja que te vas a enterar.

Sonriendo, nos tumbamos sobre las esterillas. Ellos se pusieron cada uno a un lado.

—¿Yo en medio?

—Sí —respondió Hugo—.

—Prefiero dormir a tu lado que al de Álex.

—Cuidado con las manitas, Mireia —bromeó Álex.

Sonreí y me tumbé entre mis amigos. El espacio era justo y nuestros brazos se tocaban. Extendí la toalla para que nos cubriera a los tres hasta la cintura. Seguimos hablando un rato hasta que nos deseamos buenas noches y nos quedamos dormidos.

Me desperté poco a poco y tardé un rato en recordar dónde estaba.

Siempre me costaba un rato salir de las brumas del sueño.

La luz del amanecer traspasaba la tela de la tienda y proporcionaba una tenue iluminación.

Estaba tumbada de lado, embutida entre mis dos amigos.

Hugo estaba muy pegado a mí, con una mano en la cintura, bajo la camiseta.

En el trasero notaba una presión muy reconocible.

Saqué el brazo que tenía aprisionado bajo el cuerpo y el movimiento pareció despertar a mis amigos.

Álex adelantó las caderas, presionándome más, y Hugo movió la mano, subiéndola por mi costado.

No podía mirar a Álex y Hugo seguía dormido, con una respiración profunda y constante.

Sonreí pensando en cómo eran los hombres.

No perdían una oportunidad, ni siquiera dormidos.

Travesaño, meneé muy levemente el culo, sintiendo la dureza matutina de Álex.

La mano de Hugo subió hasta la mitad de mi costado y se quedó ahí.

Miré el rostro de Hugo. No era guapo, pero le tenía muchísimo cariño.

Me contuve para no despertarlo. Era el benjamín y siempre le había querido de una manera distinta a los demás, como una hermana mayor, aunque solo le llevara dos años.

Pensé en lo afortunada que era. La gente ya no tiene amigos de la infancia ni tan cercanos.

Era una privilegiada por mantenerlos desde la infancia.

Sentí que Álex se removía detrás de mí, haciendo que notara muy claramente su duro miembro, pero no me molestó.

Decidí que era la hora de levantarme. Intentando no molestarlos, me giré para ponerme boca arriba.

La mano de Hugo se movió levemente y, cuando quise darme cuenta, ya estaba completamente sobre uno de mis pechos.

Le miré alarmada, pero comprobé que seguía dormido.

Su mano era cálida y agradable, así que me quedé quieta.

No me moví ni siquiera cuando la mano se desplazó ligeramente y me apretó, aunque me avergonzó sentir cómo reaccionaba y se endurecía mi pezón.

Suspiré. ¡Qué locura! Aun así, me quedé unos momentos disfrutando del involuntario tacto de mi amigo antes de levantarme.

Saqué la mano de Hugo con cuidado, me bajé la camiseta y me incorporé. Salí gateando de la tienda y fui a por mí mochila. Estaba bebiendo un zumo cuando salió Hugo. Mis ojos se vieron inmediatamente atraídos por el enorme bulto que llevaba y levanté la mirada.

—Buenos días, Hugo. ¿Te he despertado?

—Sí, pero ha sido un buen despertar.

Me imaginé a qué se refería mi amigo cuando me vi a mí misma saliendo a gatas. El calor de mi cara aumentó, para mi consternación. Me tiré de la camiseta hacia abajo. Mis ojos volvieron a traicionarme cuando apareció Álex con otra erección. Esta vez no fue tan discreto.

—¿Qué miras, golosa?

—¿No podéis vestíos? —dije, abochornada.

En otras circunstancias, tener a mis amigos en calzoncillos no me habría supuesto ninguna incomodidad, pero después de haber sentido a uno en mi trasero y de haber disfrutado del toqueteo del otro, me sentía un tanto vulnerable.

—No seas creída, que esto no es por ti. Es algo de todas las mañanas —asentía Hugo a su lado—, pero ahora me visto, cariño. Aunque tú puedes quedarte en braguitas todo el día si quieres.

—¡Cerdo! Ya me cambio y me visto. Cuando vuelva, espero que hayáis tapado eso —dije señalando sus respectivos paquetes.

Entré en la tienda, recuperé mis pantalones, salí y cogí unas bragas de la mochila.

—¿De qué color son hoy, Mireia? ¿Rojas también? —se burló Álex.

—No. Hoy son transparentes —contesté. Me había repuesto y volví a bromear con ellos.

—Pues no te pongas pantalones, a nosotros no nos importa.

Le saqué la lengua y me interné en la arboleda. Me cambié rápidamente de braguitas, unas negras, y me puse los pantalones. Me lamenté por haberme olvidado del sujetador y de otra camiseta, y volví a por ellos. Cuando los saqué de la mochila, Hugo me interrumpió.

—No hace falta que te vayas. Nosotros nos damos la vuelta.

—Si no hay más remedio... —refunfuñó Álex.

Como los chicos se dieron la vuelta, no quise dudar de ellos y me quité la camiseta sin perderlos de vista. Me puse el sujetador sin que hicieran amago de volverse. Me gustó que fueran tan fiables, así que les avisé cuando me puse la camiseta de nuevo. Esta vez, de tirantes.

—Ya podéis volveros.

—Para lo que hay que ver... —dijo Álex con recochineo.

—Oye, niño, que tu novia tampoco es que vaya sobrada.

—Eso es verdad, y mira que le doy de comer para que crezca —dijo Álex.

Hugo y yo le miramos sin saber de qué iba.

—Mi abuela decía que con miga de pan te crecían las tetas.

—Nunca lo había oído —dijo Hugo sonriendo.

—Debe de ser porque la miga es blandita y esponjosa —elucubró Álex.

—Será como lo de que, si te cortas el pelo, te crece más fuerte —opiné. Antes había muchas supersticiones de ese tipo.

—Puede ser, pero, por si acaso, yo le doy un buen atiborrón de pan.

Los tres nos reímos ante la tontería y desayunamos juntos. Después recogimos la tienda y comenzamos la ruta del día.

La mañana me pareció fabulosa. La caminata de ayer les sirvió de entrenamiento y andaban más ligeros. Nos deteníamos a menudo para beber o contemplar el paisaje. Desde algunos puntos podíamos ver a muchos kilómetros de distancia y era precioso. Hasta las pullas de Álex me resultaron simpáticas.

—¿Solo? —La volvió a pinchar cuando aumentó la temperatura y se quitó la camiseta—.

—Sigue con los pantalones, mujer, que veamos esas braguitas.

—En tus sueños.

—Tendré que esperarme a la noche.

—Hoy voy a dormir con un pijama de felpa, capullo.

Seguimos caminando y, de vez en cuando, se me venía a la cabeza el singular despertar de la mañana.

Tan pronto me arrepentía de haberlo consentido, aunque hubiera sido una nimiedad, como me recorría un cosquilleo al recordarlo.

Me tranquilizaba, eso sí, que mis amigos no se hubieran enterado de nada.

Paramos a comer y a descansar un rato. Esta vez fue Hugo quien sacó el infiernillo de gas y preparó los macarrones que había aportado Álex.

Con el apetito que da el campo y el ejercicio, nos supo a gloria.

Como el día anterior, los chicos se recostaron después contra un árbol y, esta vez, usé el regazo de Álex como almohada.

Me acarició suavemente, igual que había hecho Hugo.

Me adormilé con el calorcito y las caricias, que Álex fue ampliando hasta llegar a mis hombros y la parte superior del pecho.

Como no pasó de la raya en absoluto, ronroneé encantada.

Menos encantada estuve al notar cómo crecía un bulto bajo mi cabeza. Me levanté, pero Álex me retuvo con la mano en el hombro.

—Tranquila, Mireia, es que estaba pensando en Claudia.

—No seas presumida —me dijo en voz baja para no romper el momento de relax.

—Espero que no me hagas un agujero en la cabeza con tu herramienta —le contesté riéndome entre dientes.

—No te muevas mucho, por si acaso.

Me dejé llevar, disfrutando de las relajantes caricias de mi amigo. Si moví la cabeza alguna vez, no fue para torturar a Álex, sino porque una no es de piedra, ¡coño!

Pasamos una tarde estupenda, subiendo y bajando por el sendero, bromeando y charlando.

Los tres disfrutábamos de una atmósfera de serena alegría, olvidando los problemas y deberes de nuestras vidas cotidianas, como si solo estuviéramos nosotros en el mundo.

De vez en cuando, alguno me cogía de la mano o la cintura y caminábamos juntos unos cuantos metros.