Nosotros después del arte 44
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Álvaro

Nueva York había sido una locura. La vida iba más rápido, sin duda, pero mi cuerpo y mi mente terminaron adaptándose al ritmo sin demasiada resistencia.

El trabajo era demandante. Al principio, me costó volver a las reuniones, a las presentaciones, a los KPI.

Pero el equipo hacía la diferencia: unidos, cercanos.

La mayoría eran expatriados y entre ellos habían construido una pequeña comunidad que se sentía como familia.

Salíamos, nos reíamos, nos cuidábamos. A veces parecía que trabajábamos juntos por coincidencia, como si la amistad hubiera llegado antes que los proyectos.

Y aunque las tareas exigían, también emocionaban.

Estaba aprendiendo mucho. Y eso lo valoraba.

Había recuperado algo que se me había vuelto precioso: una rutina.

Dormir y despertar a la misma hora. No subirme a un avión cada tres días.

Tener la alacena llena y saber que la comida no iba a echarse a perder.

Pedir siempre el mismo café en esa ventanita de la esquina, en un vaso de cartón con mi nombre mal escrito.

Y aunque seguía explorando la ciudad, ya no lo hacía como turista.

Ahora eran los planes de quienes la habitaban de verdad —amigos, colegas, gente que había hecho de este caos su casa— los que me revelaban la versión más auténtica de Nueva York: pizza en Houston Street mientras buscábamos futbolistas italianos, jazz en The Village, domingos de Comedy Cellar, karaoke con final de Korean BBQ en K-Town, o noches de fiesta latina en Toñita’s, donde, desde que Bad Bunny lo hizo famoso, era cada vez más difícil conseguir mesa. Nueva York con sus claves propias.

Leticia, mi jefa, era argentina. Brillante, guapa, intensa y divertida.

Llevaba cinco años en la ciudad y desde que llegué nos entendimos bien.

Había algo muy sano en nuestra relación: nos respetábamos mucho en lo profesional, pero también nos acompañábamos en lo personal.

Se había vuelto una gran amiga. A veces, después del trabajo, simplemente tomábamos algo to go y cada uno seguía su camino.

Otras veces, cenábamos juntos. Nunca había tenido algo así con una jefa. Era raro. Y era bonito.

Seguía viviendo en el piso de la revista.

Alquilar en Nueva York era casi tan difícil como en Barcelona, así que decidí quedarme un par de meses más mientras encontraba algo que se sintiera realmente mío.

Además, era conveniente: cerca de la oficina, a quince minutos de Central Park —donde empecé a correr cada mañana— y con buena luz, algo que para mí era primordial.

Ese día había invitado a Leticia a cenar en el piso. Quería mostrarle unas fotos que estaba editando para mi próxima muestra.

Estaba cortando tomates cuando sonó el timbre.

—Traje cervezas y vino porque no sabía si era fat o fancy la cena —dijo, entrando con una sonrisa.

Reí y le recibí todo.

—Son hamburguesas —respondí, volviendo a la cocina para poner la carne en la sartén—, así que diría que más fat que fancy.

—¡Qué delicia! ¿En qué ayudo?

Cocinamos entre los dos. Nos sentamos en el sofá con las hamburguesas, un par de cervezas y el ordenador enfrente.

Ella iba pasando las fotos en silencio, entre mordiscos.

Era una serie en blanco y negro de los últimos meses: retratos de mis amigos, de Margarita, de Samuel, de los viajes, de mi familia.

Fotos que sentía más cercanas que nunca.

Había algo más que intimidad: había verdad.

—¿Qué tal las ves? —pregunté.

—Me gustan. Me gustan mucho. Siguen la línea de lo último que hiciste, pero con otra temperatura. Hay algo más vulnerable, casi como si te estuvieras quitando otra capa.

Sonreí. No habría sabido explicarlo mejor.

—Y ella es Margarita, ¿no? —dijo, señalando una foto de Mar mirando por una ventana en Phuket.

Asentí.

Leticia me miró con algo entre ternura y curiosidad.

—¿Y cómo va ese corazón roto? —preguntó, con su acento argentino.

Suspiré hondo.

—Parecido, la verdad. La echo de menos. Y cada día un poco más. Me escribe de vez en cuando, me manda fotos… pero intento no contestar demasiado. Porque sé que si empezamos a hablar, acabo en el JFK cogiendo el primer avión.

Ella se rio.

—Ay, Álvaro. Ya que la vas a ver, aprovechá. Un último encuentro, un cierre. Una especie de polvo de despedida o lo que sea. Algo que te permita soltar y seguir.

No dije nada. Me quedé pensando.

—Laura, la de redacción, me preguntó como diez veces si ya estarías más abierto a salir con alguien. Yo le sigo diciendo que no —añadió.

Reí.

—Haces bien.

Ella me miró con resignación.

—Leti, hablando del viaje, necesito pedirte un favor. Logré cambiar el billete para poder estar en la exposición que va a hacer Margarita.

—Perfecto, no hay problema. Mandame un correo con las nuevas fechas de vacaciones y ya está.

—Gracias.

—Álvaro, ¿hay alguna posibilidad de que te quedes en Barcelona?

Negué con la cabeza. No le dejaría mi puesto tirado, pero en el fondo sabía que si Mar me lo pidiera, lo haría sin dudar.

—No, Leti. En enero estoy de regreso.

—Más te vale. Porque aunque sé que esto para vos es temporal, igual necesito aprovecharte un poco más.

Asentí con una sonrisa.

Ella sabía, por nuestras charlas, que aunque Nueva York me encantaba, era temporal. La ciudad me estaba sirviendo para inspirarme, para aprender, para mirar el mundo con otros ojos. Pero Barcelona seguía siendo casa.

Miré un instante la foto de Mar.

Joder, qué guapa era.

~~~

Las semanas pasaron volando. Entre las entregas, las salidas con el equipo, las vueltas por Central Park y los días que se volvían cada vez más fríos, el viaje se me vino encima sin aviso.

Y de pronto, estaba ahí: en la sala de embarque, esperando el vuelo a Barcelona. Tenía el tiempo justo para llegar, dejar las maletas en casa y salir a la exposición.

El vuelo salió puntual. Dormí casi todo el trayecto. Llegué descansado.

Apenas crucé la puerta del piso, sentí esa paz que solo da el lugar al que uno realmente pertenece.

Sí. En definitiva, volvería a Barcelona.

Vi mis plantas en su lugar, más saludables que nunca.

Entré a la habitación donde Mar solía pintar y, sin querer, recordé las veces que me quedaba en esa puerta, en silencio, solo para mirarla.

Con esa camiseta vieja, manchada de color, caída sobre un hombro.

Los shorts de pijama que me volvían loco.

El olor del incienso. La música de fondo.

Al principio, de pie frente al caballete; luego en el suelo; y a veces terminaba acostada boca arriba, mirando el techo, como si buscara respuestas ahí.

Mar había sido artista toda la vida. Pero verla reencontrarse con eso —verla recordarlo— había sido un espectáculo. Uno que me conmovía más de lo que me atrevía a admitir.

Me duché rápido, dejé las maletas y salí a buscar un taxi.

Mientras avanzaba por la ciudad, miraba por la ventana: los árboles ya sin hojas, las calles tan llenas como siempre.

Cuando el taxi me dejó en Gràcia, el corazón me latía con fuerza.

No le había dicho nada a Mar porque quería que fuera una sorpresa. Pero también sabía que la sorpresa podía ser mía: verla con alguien, verla seguir adelante. Aun así, no podía no estar ahí. Me moría por verla. Por verla en su espacio. En su elemento. La Margarita que cree. La Margarita que crea.

Caminé por las calles estrechas hasta encontrar el sitio. Era un bajo enorme, vibrante. Música, gente, esculturas, cuadros, ropa, vida.

Y ella. De espaldas.

Y frente a ella, Bianca.

Y si antes el corazón me latía rápido, ahora sentía el pulso en la garganta.