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Margarita
La plataforma se lanzaba con la muestra de los artistas a mediados de diciembre, y las semanas previas se convirtieron en un torbellino.
Empecé a ir al piso de Álvaro casi todos los días, decidida a terminar el cuadro para la exposición.
Tenía reuniones para coordinar el montaje, otras con el equipo creativo y de diseño de la marca para desarrollar las piezas de la colección, y en paralelo me tocó montar mi página web desde cero: la muestra incluiría códigos QR junto a cada obra para que el público pudiera conocer más sobre los artistas, y yo no tenía ni una biografía escrita.
Por suerte, la programación me vino exageradamente bien para eso. Y Bianca me salvó con recomendaciones para negociar precios, derechos y condiciones.
El pago era excelente. Pero lo habría hecho incluso sin cobrar. Y ese sentimiento —el de estar haciendo lo que amaba— no tenía precio.
Y entre lienzos, reuniones y código HTML, se me fueron las semanas sin darme cuenta.
De pronto, era siete de diciembre.
Faltaba exactamente una semana para la muestra. Pero, más que eso, era el Día de las Velitas.
Ese día sagrado para los colombianos en el que encendemos velas por quienes amamos, por nuestros sueños, por ver a Shakira en concierto el próximo año, por el planeta, por la paz mundial… por todo.
Y pensé que sí, sin duda, esta era la época en la que más extrañaba Colombia.
No por el veinticuatro. Ni por el treinta y uno.
Por las velitas. Y, claro, por las novenas.
Esos nueve días del año donde todo —todo— gira alrededor de la familia y de esos amigos, que son más familia que amigos. Una tradición que nació como un rezo, y que con el tiempo se convirtió en otra cosa: una fiesta de los lazos, de los afectos, del ruido, de la comida, del calor humano.
Novenas en casas llenas. Voces cruzadas, buñuelos —esas bolitas fritas que saben a diciembre—, villancicos, niños corriendo, abrazos, natilla, regalos, juegos, risas.
Días de caos. Pero del caos que llena el alma.
En Bogotá era imposible cumplir con todas.
Siempre había tres o cuatro en la misma noche, y tocaba brincar de casa en casa, con un plato en una mano y un regalo en la otra.
Volvía rendida, pero feliz. Y con la ropa oliendo a canela, a infancia, al perfume de mis tías.
Los primeros años en Barcelona intentamos replicarlo.
Mi mamá y yo leíamos la novena —la lectura que se hace durante los nueve días antes de Navidad— con villancicos de fondo.
Pero pronto entendimos que no se trataba de las oraciones, sino de la gente.
De los coros desafinados, los juegos, las sobremesas eternas.
Así que hicimos un pacto: los diciembres que no viajáramos a Bogotá, no habría novena. Pero velitas, siempre. Y las compartiríamos con quien quisiera encender con nosotras un trocito de Colombia.
~~~
Ese año, mi mamá había organizado todo para celebrar en su casa.
Invitó a varios compañeros del hospital, a Gustavo, a Bianca y Alex, a algunas amigas mías de la maestría y a Lucas con Paulina.
Al principio dudé si su presencia sería cómoda.
Pero pronto me di cuenta de que sí. En los últimos meses, Lucas se había consolidado en ese pedacito del corazón reservado para los amigos.
Un amigo con quien tenía más recuerdos que con nadie. Un amigo al que le debía más de lo que él sabía.
Pero un amigo, al fin.
Le escribí:
Yo: ¿Estás ocupado? ¿Me acompañas a la tienda colombiana por Sagrada Familia a comprar buñuelos para esta noche?
Lucas: Mar, hay tiendas colombianas por todo Barcelona. Y yo, que fui contigo varias veces a Bogotá, puedo decir que todos saben igual que los de tu abuela.
Yo: Lucas, ¿¡cómo te atreves!? No pienso discutir, porque en velitas no se discute.
Lucas: Ja, ja, ja, está bien. Paso en un rato y vamos.
~~~
Media hora después, Lucas estaba en mi puerta.
—¿Listos? —preguntó.
Asentí. Samuel, enloquecido de emoción, daba vueltas en círculo.
Caminamos con él por el barrio antes de subirnos al coche. Pasamos por el parque. El mismo donde Samuel se me había escapado. Todavía me dolía recordarlo.
—¿Lo has vuelto a soltar? —preguntó Lucas.
Negué con la cabeza.
—Tal vez podría hacerlo en un pipicán —dije, dudando.
—Los pipicanes apestan, Mar.
Reí.
—Ya lo sé. Pero al menos son cerrados.
—Venga, suéltalo un rato. Hay pocos perros, no hay petardos, y casi no hay niños.
Lo miré. Dudé. Luego vi la cara de Samuel, suplicante.
Asentí.
Miré al cielo, casi como una plegaria muda: por favor, que no me vuelva a pasar.
Solté la correa.
Samuel corrió feliz, como si no recordara nada del susto. Lo vimos saltar, revolcarse en el pasto, hacer piruetas con la pelota. Su alegría era tan grande que parecía que el parque entero le pertenecía.
Me reí, contagiada.
Y entonces lo supe: el ardor debajo de las costillas por el miedo no desaparecía, pero la alegría lo empujaba hacia un rincón de la espalda donde no dolía tanto.
Lo suavizaba.
Lo hacía llevadero.
~~~
Nos subimos al coche. Samuel se acomodó panza arriba en el asiento trasero, justo donde le daba el sol.
—Me dijo mi mamá que Paulina no puede ir hoy. Pero todo bien con ella, ¿no? —pregunté.
—Sí, está en Valencia por trabajo, pero estamos muy bien.
—¿Se reactivó la boda?
Negó con la cabeza.
—No, por ahora no. Pero estoy feliz. Estamos felices —dijo con una calma distinta. Se le notaba.
Yo sonreí con ternura.
No por si había boda o no.
Sonreí por él. Por verlo en paz. Por sentir que, después de tanto ruido, había encontrado un lugar donde quedarse tranquilo.
Hubo una pausa.
—¿Y tú? ¿Ha pasado algo nuevo con Álvaro? —preguntó Lucas, con las manos en el volante y la vista al frente.
—Sigo pintando en su piso. Nos mandamos mensajes de vez en cuando. Lo invité a la muestra, pero tiene billetes para el veintitrés, así que no llega a tiempo.
—Pero bueno, cuando llegue podrá haber una charla y quizá intentarlo otra vez.
—No lo sé. La distancia es difícil.
Lucas bajó un poco la velocidad.
—Podrías irte unos meses a Nueva York también. Ahora que no estás atada a una oficina, podrías hacerlo.
Me quedé en silencio.
Recordé su mirada, su voz preguntándome si quería irme con él. Y el hueco que esa pregunta me había abierto en la garganta.
—Sería un sueño estudiar algo de arte allí —dije por fin—. Bianca me mandó un programa que me encantó. Pero también hay muchas cosas que me atan aquí.
—¿Cómo qué?
—Samuel.
—Déjamelo a mí. O a Amelia.
—Ni loca —contesté, seria.
—Bueno, te lo llevas. Resuelto.
Me reí. Sacudí la cabeza.
—¿Qué más?
—Mi mamá.
—Mar, Amelia está más independiente que nunca. Podría visitarte. Y si te quedas más, pues ya verás. Además, a ti también te vendría bien soltarla un poco.
Respiré hondo.
Tenía razón.
Tuvimos suerte: encontramos una plaza para aparcar justo frente a la tienda. Nos bajamos. El lugar estaba a reventar.
Colombianos por todas partes, buscando un pedazo de país para acompañar el fuego de las velas de esa noche.
Hicimos fila. Y retomamos la conversación.
—Es que tampoco quiero irme detrás de un hombre, ¿sabes? —dije mientras avanzábamos unos pasos.
Lucas me miró, pensativo.
—¿Y qué tendría de malo ir detrás del amor?
—Pues que tengo que ponerme primero.
Él sonrió, despacio.
—Mar, irte con Samuel a vivir a Nueva York unos meses, estudiar algo que te apasiona, estar cerca de alguien que amas… ¿no sería eso ponerte primero?
No contesté.
No tenía respuesta.
Sonaba a un sueño.
Y yo estaba aprendiendo a saltar.
Pero ese salto se sentía alto. Tal vez demasiado.
Y no sabía si Álvaro —el que una vez me tendió la mano para darlo— todavía la tenía extendida.
No sabía si sentía lo que yo aún sentía.
Si vivía como yo vivía, con una parte del pecho deseando verlo, tocarlo, tenerlo cerca.
La fila avanzó. Llegamos al mostrador.
Compré buñuelos. Y también pandebonos, roscones y tamales para el veinticinco de diciembre.
Porque como aprendí desde niña: si no hay tamal ese día, no nace el Niño Dios.
~~~
Llegamos al piso de mi madre. Entré con mi llave. El olor me abrazó. A limpio. A hogar.
A natilla, por supuesto.
—Trajimos buñuelos —dije, mientras me quitaba los zapatos.
—¿Son de la tienda buena? —preguntó desde la cocina, sin asomarse.
Lucas y yo soltamos una carcajada.
—De la buena. Obviamente.
Entramos. Tenía el delantal puesto y el pelo recogido. Había natilla lista, arroz con leche en la olla y la mesa medio puesta: mantel navideño, platos verdes, servilletas rojas, un paquete enorme de velas multicolores.
—¿En qué te ayudo? —preguntó Lucas.
—Corta los quesos y el jamón para la tabla, Luquitas.
A mí me pidió que moviera el arroz con leche. Mientras tanto, iba y venía con platos y bandejas.
—¿Y tu emprendimiento, Amelia? —preguntó Lucas.
—Feliz. Terminé el curso que me regalaste. Ya manejo mejor las redes. Tengo varias clientas que me consultan por WhatsApp o videollamada.
—Qué bien —dijo él.
Yo sonreí. Si alguien sabía de reinvención era ella.
—¿Y con Gustavo? —pregunté, entre cucharón y cucharón—. ¿Siguen solo de amigos?
Mi madre arreglaba un jarrón de flores, concentrada.
—Hace poco me dijo que por qué no intentábamos salir como algo más.
—¿En serio? —dije, sonriendo—. ¡Por fin!
Los tres reímos.
—Le dije que lo iba a pensar. Me gusta mucho, sí. Pero estamos tan bien como amigos. Y a esta edad… no sé. A veces siento que necesito más un compañero que una historia de amor.
Lucas y yo nos miramos.
—Quizá puedes verlo así: tener un amigo para toda la vida o un amor bonito el tiempo que dure —dije—. Y yo creo que vale la pena arriesgarse por lo segundo.
Me miró con una sonrisa. Y justo en ese momento, sonó el timbre.
~~~
Esa noche fue una de las más lindas del año.
La casa de mi madre estaba llena de risas, música y olor a buñuelo.
Cada quien trajo algo: panes, postres, vino. Las luces del árbol bailaban sobre los vasos.
Mi mamá reía con Gustavo. Bianca abrazaba a Alex. Lucas en el balcón, prendiendo velitas con el resto, sobre pedazos de cartón. Samuel intentando pescar todo lo que caía al suelo.
Y supe que eso era lo que me hacía capaz de saltar: esa red invisible que sabía que me sostendría sin importar la altura, sin importar el vértigo, sin importar si había o no paracaídas.
Y a esa red, ese año, le sumaba a alguien más: a mí, que empezaba —por fin— a creer en mí misma. Que quería saltar sin garantías, pero con el corazón despierto. Y que seguía persiguiendo eso que lo sostiene todo: el amor.
Porque al final, yo siempre elegiría la historia de amor.
Y esta vez, quería que fuera la mía.