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Margarita
Nos bajamos en la estación de Urquinaona, como diría mi madre, emperifolladas. O mejor aún, como habría dicho mi abuela: vestidas y alborotadas para la exposición de Bianca.
Sentía una energía distinta. El sol brillaba sin esfuerzo en lo alto, arreglarme me había subido el ánimo, y era el día de mi amiga. Todo eso junto me hacía sentir casi en una especie de burbuja luminosa.
—Te ves tan linda, Margarita. Mira que podrías verte así todos los días —dijo mi madre.
Me reí. Mi madre era de esas personas que, incluso un domingo, se levantaban temprano, se duchaban, se vestían, se ponían aretes, anillos, perfume…
y así, impecable, se sentaban a leer en el sofá.
Decía que las sudaderas eran solo para hacer ejercicio o para estar enferma, nunca para «andar por la vida».
—Gracias, mami. Pero esto es solo para días especiales. Ya sabes que lo mío es más… cómodo-chic.
—Ay, mi amor, porque esas telas brillen un poco no dejan de ser unos pantalones Adidas. Y no deja de ser ropa para hacer ejercicio.
Solté una carcajada. Era una de esas discusiones en las que sabíamos que nunca íbamos a ponernos de acuerdo.
Y aun así —aunque no se lo dijera siempre—, había algo en ella que admiraba profundamente: mi madre no se arreglaba para salir, ni para gustar, ni para los demás.
Se arreglaba para ella.
Para sentirse bien.
Para estar lista, por si la vida decidía sorprenderla con un plan.
Seguimos charlando un poco más mientras caminábamos.
Unos metros después, llegamos al edificio de la exposición. Desde fuera, imponía: una fachada de piedra clara, con balcones que parecían esculpidos y árboles altos que enmarcaban la entrada.
Entramos por unas puertas de cristal que se abrían en silencio.
El recibidor tenía el suelo de baldosa antigua y una librería de madera llena de catálogos.
Al fondo, las salas de exposición se desplegaban como túneles blancos con techos altos.
Todo estaba bañado por una luz cálida y medida.
Las obras colgaban en silencio, esperando ser miradas.
Ya había bastante gente recorriendo el espacio. Se movían con paso suave, susurrando, parándose frente a los cuadros, señalando detalles. Y en medio de todo eso, entre el ritmo tranquilo y la arquitectura clásica, estaban las obras de Bianca.
Las reconocí al instante, aunque eran distintas a todo lo que le había visto antes.
Conservaban sus texturas y objetos superpuestos, pero había más.
Mucho más. Flores, satélites, mariposas, pinceladas abstractas, patrones industriales.
Me acerqué a leer la inscripción: óleo, pintura automotriz, acrílico sobre espejo.
Eran piezas imposibles de entender de una sola mirada. Como si alguien hubiese abierto una ventana a su mente y dejado salir fragmentos de recuerdos, emociones, objetos y sensaciones, sin jerarquía. Todo coexistía. Todo colapsaba y armonizaba al mismo tiempo.
—Son maravillosas —dijo mi madre, sacándome del trance.
Asentí, con la boca abierta.
Entonces escuché su voz, familiar, desbordante:
—¡Tonta!
Me giré. Bianca venía caminando hacia nosotras.
Su melena rubia y rizada iba suelta, desordenada con elegancia. Llevaba un conjunto de terciopelo color vino que caía perfecto sobre su cuerpo. Y, asomando apenas entre el ruedo del pantalón, se le veían las puntas de unos tacones fucsia: tan atrevidos, tan ella.
Saludó a mi madre y luego me abrazó largo, apretado.
—Dios mío, Bianca, ¿pero qué es esto? ¿Qué son estas obras? —pregunté con los ojos demasiado abiertos.
Ella asintió con una sonrisa enorme.
—Son un espectáculo, Bi —dijo mi madre.
—Gracias, Amelia. Seguro hay una partecita de ti en alguna de ellas. —Señaló una que estaba en una esquina.
Mi madre abrió los ojos.
—Pues voy ya a ver esa. —Y caminó hacia allí, decidida.
Bianca y yo nos quedamos en medio de su arte.
—Te felicito, tonta. De verdad. Eres increíble. —Y sin poder evitarlo, se me escaparon dos lágrimas.
—Margarita, me vas a hacer llorar —dijo, pasándome el brazo por los hombros.
—Y qué guapa y qué alta estás con esos tacones —le dije, alzando la mirada para buscar sus ojos.
—Y tú estás preciosa. Gracias por venir, por cuidarme, por quererme —me dijo, acercándome más.
Apoyé la cabeza en su hombro y nos quedamos así, en silencio, frente a una de sus piezas.
Sentí una alegría inmensa. Una plenitud simple. Me di cuenta de que esto había sido mil veces mejor que haber ganado un espacio en esa exposición. Ver a mi amiga reinventarse, brillar y ser parte de eso. Ser testigo. Acompañarla. Ese era el verdadero premio.
—Ven, que hay alguien que quiero presentarte —dijo, tomándome de la mano.
Me dejé llevar.
—Margarita, él es Juan Gonzalo. Fue jurado en la convocatoria en la que participaste. Juan, ella es Margarita.
—Encantado. Recuerdo tu trabajo —dijo, extendiendo la mano.
Eso último me hizo brincar el pulso.
—Un gusto —dije, intentando que no se notara la emoción.
—Tus obras me gustaron mucho. De hecho, estuve a punto de contactarte para un proyecto que estoy liderando, pero entre tantas cosas se me fue pasando.
—Gracias. De verdad valoro mucho que lo digas. Y claro, cuando quieras, me encantaría saber más.
—¿Tienes un momento ahora?
Bianca me miró con una sonrisa cómplice.
—Sí, claro —respondí.
Nos sentamos en la terraza del lugar. Había mesas de hierro forjado, una brisa suave que corría entre los edificios y un cielo azul limpio.
Me contó que estaba colaborando con una marca de ropa que quería impulsar artistas emergentes a través de una nueva plataforma. Estaban organizando una muestra con algunas obras seleccionadas y, además, buscaban que los artistas participaran en la creación de piezas para una colección cápsula.
—Tus cuadros me parecen una mezcla hermosa entre sensibilidad y potencia visual. Creo que encajan a la perfección en la línea curatorial del proyecto. ¿Te interesaría sumarte?
—Me encantaría. De verdad, sí.
—Perfecto. Tengo tus datos por la convocatoria. Te contacto la próxima semana para que empecemos a trabajar.
Nos despedimos y volví con el corazón latiendo fuerte. Y aunque, por un segundo, aparecieron esas preguntas de siempre —¿es algo grande?, ¿será importante?— enseguida las desactivó una certeza nueva:
Fuera lo que fuera, era algo. Algo que me emocionaba. Algo que conectaba con esta versión de mí que, hacía apenas unos días, había decidido cuidar.
Era una señal. O, al menos, una respuesta.
Y con eso, bastaba.
Mi madre estaba con Bianca, riendo por algo que no escuché. Me acerqué como un torbellino a contarles.
—¿Qué dices? ¡Eso es increíble! —dijo Bianca.
—Ay, amor. Seguro que de ahí saldrán muchas cosas buenas —dijo mi madre.
Sonreí. Subí los hombros, levanté las cejas. Como si el entusiasmo me quedara un poco grande y no me cupiera solo en la cara.
—Bi, gracias por presentarnos.
—No las des, loca. Te habría contactado igual. Esto lo hiciste tú, Margarita. Es tu trabajo.
Respiré hondo, como queriendo guardar ese instante. A mi madre sonriendo, a Bianca brillando, sus cuadros colapsando dentro de mi cabeza, el sol de otoño, la ciudad, una nueva oportunidad que me emocionaba… todo. Lo respiré. Lo guardé.
Casi sin pensarlo, saqué el móvil y me alejé un poco. Le grabé un mensaje de voz a Álvaro. Era como si necesitara compartir con él esas partículas de oxígeno y carbono que se desvanecían en el aire, pero que yo estaba atesorando en el corazón.
Su respuesta llegó al instante.
Álvaro: Tu voz se sintió como aire fresco. Me alegra mucho que la muestra de Bianca haya sido un éxito, y me emociona muchísimo esa nueva oportunidad para ti, Marea. Me encantaría estar ahí para darte un abrazo. Te lo mereces. Disfruta ese nuevo proyecto. Y celebra. Celebra todo.