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Margarita
Me quedé un rato allí, en el aeropuerto. Quieta. Como suspendida en un metro cuadrado que no quería soltarme. A mi alrededor, el ruido de ruedas de maletas, pasos, voces. Todo seguía. Pero yo no.
Pensé en todas las veces que me había despedido en el aeropuerto de Bogotá, con el corazón apretado, volviendo a Barcelona. Siempre había creído que irse era lo más difícil.
Hasta ese día.
Porque quedarse —ver cómo alguien se aleja mientras tú te quedas— podía ser aún peor.
Era como perderse en un supermercado siendo niña. Ese vacío en el pecho. Esa mezcla de miedo, desconcierto y abandono. Querer correr detrás, subirte al avión, detener lo que se va. Y al mismo tiempo, no moverse.
Solo mirar. Con el corazón latiendo fuerte. Mientras el mundo seguía, como si nada.
~~~
Cuando llegué a casa, mi madre me estaba esperando con Samuel.
Él corrió hacia mí con su cola agitada. Ella me abrazó fuerte, sin decir nada. Y eso era todo lo que necesitaba.
Preparó una tarta de arándanos. El olor del horno llenó la casa, ese olor a hogar, a cosas simples que sostienen. Nos tiramos en el sofá a ver uno de esos realities absurdos de citas: a mí me encantaban; a ella le daban vergüenza ajena.
Yo, en silencio, actualizaba cada tanto la página de seguimiento de vuelos para ver por dónde iba el avión de Álvaro.
Tenía la despedida aún dándome vueltas por dentro. El aeropuerto, la sensación de verlo irse, lo que se queda, lo que se mueve. Pensaba en los cambios que a veces parecen imposibles, hasta que los haces.
Y entonces me salió sola la pregunta:
—Mami…
—¿Sí, amor?
—Cuando decidiste venirte a Barcelona, o que nos viniéramos las dos, ¿cómo tomaste esa decisión? ¿Lo hiciste solo por alejarte de la relación que tenías?
Pensó un segundo antes de contestar.
—Supongo que eso fue lo que me empujó a mirar más allá. Pero no me vine por escapar de alguien, sino por cuidar de nosotras. Quería darte otra vida: más abierta, con más oportunidades. Que ambas pudiéramos empezar de nuevo.
—¿Y te dio miedo?
—Muchísimo.
—¿Tú crees que la decisión correcta siempre da miedo? —pregunté, casi en un susurro.
Ella me acarició el pelo con ternura.
—No sé si hay decisiones correctas, amor. Solo decisiones. Y ya.
Asentí. Me quedé mirando a Samuel, que dormía hecho un ovillo a los pies del sofá.
Nos quedamos un rato en silencio, viendo cómo una mujer del reality intentaba convencer a su madre de que era posible enamorarse sin haber visto nunca a la otra persona.
Entonces, mi madre me miró con ternura.
—Amor… —soltó, sin previo aviso—, ¿tú no crees que, al menos, podrías haber considerado su propuesta? Es decir, irte con Álvaro.
Me giré hacia ella, desconcertada.
No esperaba esa pregunta.
—No, mami. Mi vida está aquí. Te tengo a ti, tengo a Samuel. No me imagino lejos.
—Samuel puede ir contigo. Y yo puedo viajar. O tú volver. Podría ser algo temporal, quién sabe.
Negué con la cabeza. Me sorprendía darme cuenta de que, en realidad, nunca me lo había planteado en serio. Ni por un segundo.
—¿De verdad piensas que irme con él era lo que tenía que hacer? —dije, sin poder disimular la sorpresa.
Me tomó la mano, con suavidad.
—No digo eso. Solo que pensaras en ti. En lo que tú querías. Eso es todo.
Hizo una pausa. Me miró con un cariño hondo, sin apuro.
—Y quiero que sepas algo. Si algún día decides irte, con Álvaro, sola, o adonde sea, te voy a apoyar. Y, más importante: voy a estar bien.
—Yo sé que tú vas a estar bien —le dije—. El problema soy yo. No sé si puedo estar bien lejos de ti.
Me miró con una sonrisa tranquila.
—Bueno, tal vez te toque aprender a planchar.
Reímos las dos.
Luego me puso la mano en la espalda.
—Pero, Margarita, puedes con todo. Y además, soy tu madre. Eso significa que estés donde estés, cerca o lejos, yo siempre voy a estar contigo.
Sonreí. Sus palabras eran como una cucharada de miel: cálidas, suaves, reconfortantes. Como una prueba invisible de que ese hilo entre nosotras —ese que nunca se ve, pero siempre está— seguía ahí, adherido. La abracé con fuerza.
Me aliviaba escucharla. Sentir que me daba permiso. Pero también me asustaba.
Porque sabía que si algún día decidía dar ese salto, no tenía idea de si sería capaz de sostenerlo. Hay lazos que se tejen con tanta vida compartida, con tanta cotidianidad, que no sabes cómo van a seguir latiendo desde lejos.
~~~
Al día siguiente me desperté cansada, pero con una energía distinta.
Como si la despedida, la conversación con mi madre y esas nueve horas mirando un puntito avanzar sobre el océano me hubieran sacado de un trance. Algo dentro de mí se había acomodado, sin hacer ruido.
Estaba atravesando varias despedidas. La de Álvaro, sí. Pero también una más silenciosa, más honda: la mía.
Porque yo ya no era la misma. Y asumirlo dolía.
Sentía que esa necesidad de presentarme a todo, de enviar currículums y fingir entusiasmo en entrevistas también era una forma de despedirme de quien había sido. Incómoda, sí. Triste, a ratos. Pero necesaria.
Como mudar de piel sin saber aún qué forma tendría la nueva. Como dejar de ser, antes de entender en quién te estabas convirtiendo.
Y ahí estaba: una nueva versión de mí pidiendo espacio. A veces con voz suave. A veces gritando. Y elegía escucharla, honrarla.
Y para eso, debía hacerlo sin garantías. Aunque viniera con dudas, con miedo, con la incomodidad de no tener un plan. La alternativa —seguir fingiendo— me pesaba más.
También había algo que ya no podía evitar mirar de frente: me había enamorado. Y esa persona ahora estaba al otro lado del océano.
Así que toda esa maraña —deseo, tristeza, vacío, amor— tenía que salir de algún modo. Necesitaba pintar.
Ese mismo día hablé con Luciano para ir por el lienzo que había empezado en casa de Álvaro.
Cuando abrí la puerta, todo seguía igual, y todo era distinto.
El mismo sofá. La lámpara. Las fotos. Pero el aire era otro. Más hueco. Como si quedara solo el eco de nosotros.
Fui a la habitación donde solía pintar. El lienzo seguía allí, apoyado contra la pared, con sus manchas de azul y amarillo.
Me quedé un momento frente a él, sin moverme.
Y lo supe, sin pensarlo demasiado: ese cuadro no podía irse todavía. Necesitaba terminarse allí. En ese espacio. Con esa historia aún respirando en las esquinas.
Le mandé una foto a Álvaro, con el lienzo de fondo:
Yo: Siento que este cuadro es caprichoso y no se quiere ir. ¿Te molesta si lo termino en tu casa?
Respondió un rato después:
Álvaro: Sabe lo que le conviene. Me honra que lo termines allí.
Sonreí. Me hice un café. Y me senté a pintar.
~~~
Así empecé a ir un par de veces por semana.
Pintaba en silencio. Me encerraba en esa habitación. Miraba sus libros, sus fotos, sus discos. Todo seguía en su sitio. Como si esperara.
Un día, Luciano apareció con las plantas que Álvaro le había regalado. Se le estaban muriendo y, como yo estaba pasando seguido por el piso, decidió devolverlas para que yo las regara.
—Míralo como el alquiler del taller —me dijo, riéndose.
Le mandaba fotos a Álvaro: del cuadro, de las plantas, de Samuel.
A veces respondía. A veces solo dejaba un corazón.
Sabía que su vida ya era otra.
Y aun así, yo seguía allí.
Por él, sí. Porque lo extrañaba.
Pero también por mí. Por mi arte.
Empezaba a entender que, a veces, para soltar de verdad, primero había que quedarse un rato. Escuchar ese eco. Pintar lo que duele.
Y luego sí.
Si había suerte, seguir.