40
Álvaro
Mi madre había llegado al aeropuerto en un vuelo de la mañana, desde Madrid. Le dije que no hacía falta, pero insistió, decía que quería darme un abrazo que le durara hasta Navidad.
Se quedó allí, esperándome hasta que aparecí con Luciano, cerca del mediodía. Él me había pasado a buscar y ayudado con las maletas.
Dejamos el equipaje en el mostrador. El vuelo estaba en horario, pero aún teníamos un rato antes de la despedida, así que fuimos a comprar un café.
—¿Pero qué café tan horrible es este? —dijo mi madre, haciendo una mueca.
Luciano y yo asentimos, riendo. Hablamos de los planes para Navidad. Mis padres querían alquilar una casa en Andorra, y mi madre le dijo a Luciano que estaba invitado si le apetecía. Entre bromas y frases sueltas, el tiempo se fue volando.
Me acompañaron hasta antes de las cintas verdes, donde las filas de gente parecían hormigas arrastrando su mundo a cuestas. Luciano me pasó la mochila que me venía ayudando a cargar. Y entonces la vi.
Mar. Caminando rápido, con expresión decidida, buscando algo. Me buscaba a mí.
Iba en sudadera, el pelo revuelto y pinta de haber corrido toda la mañana o de haberse levantado hacía menos de una hora. Sonreí solo de verla.
—¡Mar! —llamé, levantando la mano.
Ella sonrió, se acercó y saludó a todos. Luego me miró, como si por fin pudiera respirar.
—Perdona por no avisar —dijo, sin dejar de sonreír—. Iba a escribirte, pero no sabía si era buena idea. Luego decidí correr y, bueno… ya estaba en el taxi, y después ya estaba aquí.
—Está bien. Gracias por venir —le dije.
Me abrazó. Se puso de puntillas, con los brazos sobre mis hombros.
—Gracias por todo. De verdad —me susurró al oído.
La abracé con fuerza. Como si pudiera llevarme algo de ella conmigo.
—Te voy a echar de menos. Mándame fotos de tus cuadros. De Samuel también, ¿vale?
Sentí la humedad de sus lágrimas sobre mi cuello.
—Y tú… mándame fotos de Central Park.
—Lo haré. Luciano tiene mis llaves. Si necesitas algo, pídeselas.
—Gracias.
Se secó las lágrimas y se apartó despacio. Me dolía despedirme, pero me alegraba que hubiera estado ahí. Que el adiós se sintiera así. Como un «quedamos bien», sin reproches. Con esa misma espontaneidad tranquila con la que empezó todo.
Me despedí de los tres. Apoyé el móvil sobre el lector, levanté la mano para decir adiós y seguí la fila hacia el control de seguridad.
~~~
Nueve horas de vuelo. Seis de diferencia horaria. Y, como si el tiempo quisiera hacerse el simpático, aterricé solo tres horas después de haber salido.
Escribí al grupo familiar: «Ya llegué». Después, tomé un taxi hasta el piso que la revista me había conseguido por el primer mes.
Era un loft en el East Side. Cocina abierta, sofá gris, cama doble al fondo. Muebles sin demasiado criterio, pero lo esencial estaba. La luz entraba generosa por una ventana enorme. Perfecto para arrancar.
Me duché y salí a caminar con la cámara. No quería dormir todavía. Prefería agotarme del todo y rendirme por completo más tarde. Que el cuerpo entendiera que habíamos cambiado de zona horaria.
El otoño en Nueva York se sentía distinto. Más serio. Más viento. Me subí la cremallera de la chaqueta, metí las manos en los bolsillos y caminé sin rumbo.
Pasé por Times Square, algunas esquinas, charcos iluminados por luces. Disparé sin parar. Había olvidado la energía que da estar en un sitio nuevo. Mirar como turista, dejarte sorprender por todo.
Terminé en Central Park. Pensando en ella.
El parque era un mosaico de hojas secas y movimiento: corredores, perros, turistas. Me detuve frente al lago. El agua tenía ese color incierto, entre gris y verde. Los edificios al fondo parecían flotar.
Saqué una foto con el móvil y se la mandé a Mar. Aunque supuse que estaría dormida. Era la única persona adulta que conocía capaz de quedarse frita antes de las diez de la noche, justo cuando en Barcelona apenas estaban sacando los entrantes.
Yo: Debes estar dormida, pero el piso queda cerca de Central Park, así que vine un rato.
Me respondió al instante:
Mar: Estoy despierta. Estaba siguiendo tu avioncito en una página, y cuando aterrizaste ya no pude dormir.
Sonreí, solo, en medio del parque. En medio de Manhattan.
~~~
Al día siguiente, la alarma sonó y sentí que me acababa de acostar. Estaba agotado. Afuera, la ciudad ya estaba en marcha: cafés para llevar, gabardinas, auriculares, taxis, bocinas. Nueva York a pleno.
La oficina quedaba a unas calles. Subí al piso de fotografía. Pantallas encendidas, tazas de café, gente revisando imágenes. Me presentaron al equipo. El ambiente era relajado, con el tipo justo de desorden que hizo que algo en mí respirara.
Pasé la mañana poniéndome al día: portfolios, dinámicas, conversaciones sueltas. Y agradecí que varios hablaran español. Mi cerebro —aún arrastrando el jet lag y traduciendo todo en mi mente— lo necesitaba.
Esa tarde, fuimos a cenar a un italiano cercano. Pizzas, cerveza, charlas fáciles. Me preguntaron por Barcelona, por el cambio, por qué había decidido mudarme.
—Trabajo, ganas de moverme… y un poco de locura —respondí lo justo.
Salí del restaurante con el estómago lleno y la cabeza despejada.
Y pensé que, quizá, lo de Margarita no había durado mucho.
Pero había sido suficiente.
Suficiente para bajarme las defensas.
Suficiente para recordarme que dejar entrar a alguien también podía hacer bien.
Ahora me sentía listo. Para esta ciudad. Para lo que viniera.
Solo esperaba que, con el tiempo, lo que sentía por ella se volviera un recuerdo bonito.
Y no esto que aún ardía, tan vivo, en un lugar que ya no estaba ahí. Y que no sabía cómo apagar.