39
Margarita
Álvaro me lo estaba proponiendo en serio.
Y yo estaba ahí, hundida en el asiento de su coche eléctrico, mirando un punto fijo del parabrisas, intentando encontrar una forma de decirle que no sabía ni qué iba a hacer con mi vida el mes siguiente. Mucho menos irme a otro país.
Ni siquiera sabía si era capaz de sostener lo que sentía.
Lo quería cerca.
Lo quería conmigo.
Pero eso no bastaba.
—Álvaro —dije al fin—, gracias por pensarlo siquiera, por sugerirlo. Pero yo no puedo.
Él asintió despacio, sin apartar la mirada.
—Lo sé.
—No es un no porque no quiera —continué—. Es un no porque ahora mismo no sé ni cómo ordenar mi vida. Lo tengo todo enredado. Tengo un perro, tengo a mi madre… No puedo.
—Lo entiendo —dijo con una calma que dolía más que cualquier reproche.
—Me aterra perderte —susurré—. Me aterra sentir que todo lo que deseo siempre queda un poco fuera de alcance.
—Me tienes, Margarita. Dime qué necesitas hacer y lo hacemos.
Negué con la cabeza.
No lo tenía.
O lo tenía solo por ahora.
En unos días se iría, y otra burbuja se rompería. Me aterraba imaginar el después: que conociera a alguien allí, que el cambio horario nos desgastara, que yo me cansara de sostener algo a distancia. De fingir que no dolía.
No quería sumar otra herida a una vida que ya se sentía demasiado impredecible.
—Quiero aceptar que quizá todo esto, el arte, nosotros, no sé, fue un escape —dije—. Lo he pasado increíble, pero no es mi vida. Esta no soy yo.
Álvaro me miró, sorprendido.
—Mar, si esto no es tu vida, entonces ¿qué es? Lo hemos construido juntos.
—No lo es, Álvaro. Y quiero dejar de fingir que lo es.
Me dolía hacerle esto. Hacérnoslo.
Pero con su viaje, el final se sentía inevitable.
Prefería elegirlo yo, en mis propios términos. Sin sobresaltos.
Necesitaba concentrarme. Volver a algo que pudiera sostener.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero dejarlo aquí —dije—. Quiero ahorrarnos el dolor de que esto termine mal. Necesito espacio. Necesito aceptar la situación.
Bajó la ventanilla y miró al frente. El aire era espeso, y el interior del coche comenzaba a calentarse.
—¿Estás segura de que es lo que quieres?
—Sí.
Hubo un silencio largo.
Entonces tomó mi mano y me miró, fijo.
—Vale. Solo te pido una cosa —dijo—. Haz lo que necesites hacer. No me respondas si no te nace. Pero no dejes de pintar. Y no lo hagas por dinero ni por nadie. Hazlo por ti. Por placer. Solo por eso.
Asentí.
Una lágrima se deslizó sin que pudiera evitarlo.
Sabíamos que este momento iba a llegar.
Solo lo habíamos ido aplazando.
—Te quiero —dije—. De verdad.
—Yo a ti, Marea —respondió.
Me dio un beso corto, dulce.
Un beso que no intentaba quedarse.
Y por eso dolía tanto.
~~~
Esa noche, al llegar al piso, no encendí ninguna luz. Me dejé caer frente al sofá, abracé un cojín y lloré.
No por Álvaro. No solo.
Lloré por todo.
Porque nada fluía como deseaba.
Porque todo parecía escaparse en el último momento.
Porque, sin importar lo que hiciera, sentía que siempre volvía al mismo sitio.
Los días siguientes pasaron como en una neblina.
Me quedé en pijama más tiempo del necesario.
Acabé con todo lo que había en la alacena, como si el cuerpo necesitara llenar el hueco que se había abierto en el estómago.
A muchas personas, el desamor les quitaba el apetito.
A mí me lo amplificaba.
Mi madre y Bianca intentaron convencerme de que me lo pensara mejor. Que no era momento de tomar decisiones tajantes.
Pero yo sentía que estaba intentando cuidarme. Aunque no supiera del todo cómo.
Tuve un par de entrevistas virtuales.
Me arreglaba solo de cintura para arriba. Me ponía bolsitas de té en los ojos para disimular la hinchazón.
Y cada vez que me conectaba, notaba cómo se tensaba mi cuerpo.
Como si, en el fondo, supiera que ese camino ya no me servía.
Pensé que tal vez, si encontraba una vacante en algo más creativo —una fundación, un museo—, podría encajar.
Aunque fuera programando.
Colgué una llamada. Era una entrevista en inglés, para una marca de gafas hechas con plástico reciclado.
«Al menos hacen algo útil», pensé.
Entonces, vibró el móvil.
Bianca: Mar, llevas muchos días sin venir al taller. Si no apareces hoy, el taller va a ti. Y cuando digo «el taller», quiero decir: yo. En tu casa. Toda la tarde. Y sí, tendrás que cocinar para mí. Tú decides.
No tenía energía para pintar. Pero sí para verla.
Me vestí, agarré mis cosas y fui.
El taller estaba más lleno; casi todos habían regresado de vacaciones. Éramos cinco ese día.
Pinté sin ganas. Casi por inercia.
Y cuando la clase terminó, nos quedamos solas.
—¿Y las entrevistas? —preguntó.
Suspiré.
—Nada interesante. Y tampoco me llaman.
—¿No sientes que quizá ese sea el mensaje?
—No sé, creo que cuando perdí la convocatoria, el universo fue bastante claro. Ese camino no era para mí. Tengo que fluir y seguir buscando.
Bianca me miró, sin juzgar.
—Tal vez fluir no sea lanzarte a cualquier trabajo. Y perder una convocatoria no es un mensaje del destino. A veces un «no» es solo eso: un no. No es un castigo. No es una profecía. Solo es parte del proceso.
—Sí, quizá. Pero cada día siento más presión. Como si tuviera que resolver qué hacer con mi vida. Ya.
—Mar, la vida no es algo que se resuelve. Se vive. Y vivir pasa por hacer lo que amas. Solo porque sí. Porque te sostiene.
Sentía que tanto ella como Álvaro me estaban invitando a lo mismo.
Pero me costaba. Quería ver lo que ellos veían. Necesitaba que me prestaran sus ojos, al menos por un rato.
—Álvaro me dijo algo parecido. Lo intentaré.
—Haz esto: sigue presentándote, sigue buscando. Pero también, sigue pintando. Deja que algo responda. No te cierres tú primero.
Asentí con una sonrisa leve.
—¿Y cómo estás con lo de Álvaro?
Me encogí de hombros y salió de mi cuerpo un suspiro.
—La verdad es que no puedo dejar de pensar que su vuelo es mañana.
—¿Quieres ir a despedirte? —dijo—. Luciano va a ir. Puedo preguntarle a qué hora sale.
Me quedé callada.
—No lo sé. ¿No lo haría todo más confuso? Lo dejamos, y luego voy al aeropuerto.
—Álvaro es tranquilo. Y creo que entiende que la distancia pesa. Quizá despedirse pueda ser una forma de cerrar bien. De quedar en paz.
—Lo pensaré —dije—. Gracias.
Bianca asintió, con esa mirada que bastaba para hacerme sentir, al menos un poco, más confiada.
La extrañaba.
Extrañaba también esa parte de mí que solo aparecía en su taller.
Esa que no sabía bien quién era, pero que, cuando se asomaba, me dejaba en silencio.
Porque la reconocía y la desconocía a partes iguales. Como si fuera tan nueva y tan mía al mismo tiempo.