Nosotros después del arte 38
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Álvaro

Margarita volvió después de un rato.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. Perdona, necesitaba un poco de aire.

—Tranquila. Está bien. Es solo una puerta que se cierra —dije, intentando suavizar el golpe—. Vendrán otras. Algunas también se cerrarán, sí, pero otras se abrirán.

Me miró en silencio.

—Lo sé. Y justo eso es lo que no sé si quiero. Ir de rechazo en rechazo.

—Pero esto también es avanzar, Mar. Es parte del proceso.

—¿Y quién me va a pagar por avanzar, Álvaro? El paro se va a acabar. Y llevo semanas sin buscar nada serio.

—Las cosas llegarán. Solo necesitas algo de tiempo.

—Eso es muy fácil de decir para ti —soltó. Y dolió. No por lo que decía, sino por cómo lo decía.

—Lo sé. Y no lo niego. Pero tú también tienes mucho a favor. Y cuentas conmigo. De verdad. Si quieres, entrega tu piso y quédate aquí.

—No quiero que me salves. Ni que me ayudes. Buscaré un trabajo normal. Y ya está.

—Vale. Si es lo que crees mejor, adelante.

Nos invadió un silencio espeso. Tenía la sensación de que cada frase mía la alejaba un poco más.

—Quiero irme a casa —dijo, sin mirarme—. Nos vemos esta noche en la cena con tu familia.

Asentí. Por un momento, había olvidado que estaban de camino.

Tomó a Samuel y salió por la puerta sin añadir nada más.

Me quedé en el salón.

¿Qué había sido eso?

La entendía, pero me costaba ver cómo se resistía tanto a esperar. A soltar el control. A permitirse no tener todas las respuestas de inmediato.

El móvil vibró.

Era un mensaje de mi hermana.

Sara: Hola, bicho. Ya llegamos. ¿Pasas por nosotros o tomamos un taxi?

Yo: Ya voy. Un café mientras tanto y os aviso al llegar.

Hubiera sido más práctico que viajara a Madrid, pero con todo lo que tenía que dejar organizado, mis padres dijeron que preferían venir ellos. Que un cambio de aire les vendría bien.

Había invitado a Mar a cenar con nosotros esa noche. No presentaba a nadie desde Camila, así que sí, los nervios eran normales. Más aún después de cómo se había ido por la mañana.

Pero quería que la conocieran.

Cuando los vi aparecer en la estación —abrigos ligeros, gafas de sol y esa mezcla entre entusiasmo y cansancio de viaje— sentí un calor familiar en el pecho. Como si, estuviéramos donde estuviéramos, bastara con que fuésemos los cuatro para sentirme en casa.

Nos abrazamos.

Estaba acostumbrado a las despedidas, pero esta era distinta.

Últimamente me sentía en casa. Y eso, de algún modo, también había hecho que volviera a valorar lo que siempre había sido mi hogar: mi familia.

Venían solo por una noche, así que el equipaje era mínimo. Cargamos las maletas en el coche.

—¿Qué tal el viaje? —pregunté.

—Bien —dijo mi padre—, aunque sigo pensando que era mejor venir en coche.

—Papá, siete horas conduciendo —saltó Sara—. A la tercera ya estarías maldiciendo cada curva.

—Pero al menos podría fumar tranquilo —respondió él, medio en broma.

—Claro, porque el problema del tren es que no te deja intoxicarte —añadió mi madre.

Reímos.

Incluso en días complicados, con ellos todo parecía más sencillo.

Cuando llegamos al piso, mi madre echó un vistazo rápido a todo. La conocía: estaba haciendo ese escaneo sutil que hacen las madres cuando quieren entender cómo estás sin preguntarlo directamente.

—Gracias por venir —les dije—. Necesitaba veros.

—Queríamos despedirnos —dijo mi madre, tocándome el brazo.

—Aunque pensábamos que esta vez te quedarías más cerca —añadió mi padre, sonriendo.

—Voy a dejar el piso con mis cosas, así que siempre podréis venir.

—¿En serio? ¿Puedo venir con mis amigas al Primavera Sound y quedarnos aquí? —preguntó Sara.

—Eso suena a destrucción total.

—Prometo que te lo cuido.

—Vale —dije, sonriendo—. Dejaré una copia de las llaves, y otra a una amiga. Margarita.

—Qué nombre tan bonito —dijo mi madre—. Es mi flor favorita.

—No debe de ser una amiga cualquiera si le vas a dejar las llaves —bromeó Sara.

—No, no lo es.

—Entonces invítala a cenar —dijo mi padre.

—Ya lo hice. Está encantada de conoceros. Pero, por favor, que nadie monte un espectáculo.

—¿Nosotros? —dijo mi madre, fingiendo ofensa.

Salimos a caminar antes de la cena.

Barcelona en otoño tenía otro ritmo.

La luz se colaba anaranjada entre las fachadas, el aire levantaba hojas secas, las terrazas seguían medio llenas. Todo se sentía más suave.

Pasamos por el Born. Sara se detenía a mirar escaparates; mi madre y yo caminábamos con café; mi padre con un helado.

Les hice varias fotos. Quería quedarme con algo de ese día.

El restaurante quedaba cerca de la catedral, en una terraza que daba al Carrer dels Arcs. Me gustaba por la cocina catalana con toques japoneses, pero también por el ambiente tranquilo, de conversación larga.

Pedimos vino, agua y algunas tapas.

Y entonces, la vi llegar.

Me levanté a saludarla. Le di un beso.

Noté las miradas curiosas de mis padres. Pero ya estaba hecho.

—Ella es Mar —dije—. Mi madre, Alba. Mi padre, José Luis. Mi hermana, Sara.

—Encantada —respondió ella.

Todos se levantaron para saludarla.

La cena fue mejor de lo que esperaba.

Mar se reía con los chistes de mi padre —que Sara y yo ya nos sabíamos de memoria—, respondía con calma a las preguntas de mi madre y escuchaba con atención las historias de mi hermana.

Yo solo la observaba. Fascinado. Aunque no dejaba de notar ese pequeño apagón en sus gestos, el que ya había sentido por la mañana.

Entonces, mi madre lanzó una pregunta que cambió el aire.

—Mar, ¿y has pensado en irte a Nueva York?

Le di un sorbo al vino.

Mar me miró. Dudó, pero respondió:

—No lo sé. La verdad es que soy muy feliz en Barcelona. No me lo he planteado.

—Pues deberías —propuso mi madre—. Sería bonito que os fuerais juntos. ¿Tú te lo has planteado, hijo?

Sentí el calor subir por el cuello.

—Pero si eran amigos… —murmuró mi padre en voz baja.

Mar volvió a mirarme.

Mentir no era opción.

Pero decir la verdad la ponía en una posición difícil.

Respiré hondo.

—Sí. Me lo he planteado. Pero como ha dicho Mar, ella quiere estar aquí. Y eso está bien. Estamos disfrutando el tiempo juntos.

Ella me apretó la mano bajo la mesa. No supe bien qué significaba ese gesto.

Esa noche, después de dejar a mis padres y a Sara en casa, llevé a Mar.

El trayecto fue más silencioso de lo habitual.

—¿De verdad te lo habías planteado? —preguntó justo cuando llegábamos a su barrio.

—Sí.

—¿Y por qué no me lo habías dicho?

—No sé. Cuando hablamos, te noté dudando incluso de si podríamos tener algo a distancia.

Se quedó callada.

—La verdad —dijo al fin—, nunca pensé que tú pudieras quererlo.

Sentí un calor repentino en las manos.

Aparqué el coche. La miré a los ojos.

—Si hace falta decirlo claro, lo digo.

Respiré hondo.

—No sé si suena a locura, pero me encantaría que vinieras conmigo a Nueva York.