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Margarita
Desde ese día, Álvaro y yo éramos casi inseparables.
Sin darnos cuenta, una rutina se instaló: algunos días él se quedaba en mi casa; otros, Samuel y yo dormíamos en la suya.
Le había comprado una camita, un comedero, juguetes. Como si también quisiera que Samuel se sintiera parte de lo nuestro.
Yo estaba volcada en pintar.
A veces en casa; otras en el taller de Bianca; y otras en el cuarto de invitados de Álvaro, donde —sin decirme nada— me había montado un miniestudio.
Cuando lo vi, se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Y qué vamos a hacer con todo esto cuando te vayas? —le pregunté.
—No voy a entregar el piso —dijo—. Es lo más parecido a un hogar que tengo. El Álvaro del futuro me lo va a agradecer.
Me propuso quedarme allí mientras él estuviera fuera.
No acepté, pero me enamoré un poco más solo por haberlo ofrecido.
Pintaba, lo abrazaba, le daba besos en la nuca mientras él editaba fotos.
Lo olía, intentando grabarme ese olor en la memoria: algo entre fresco y dulce. Como una limonada con azúcar.
Hacíamos el amor con una intensidad que se sentía nueva cada vez.
Como si todo fuera familiar, pero a la vez distinto. Como si, incluso después de mil veces, todavía quedara algo por descubrir.
También empecé a moverme más en el mundo del arte: charlas, exposiciones, encuentros.
Conocí a personas que habían dejado sus profesiones para crear, y eso me dio cierta calma. Todavía me sentía perdida, pero también empezando.
Álvaro, aunque iba a mil, siempre se hacía un hueco para estar conmigo. A veces salíamos a conciertos o muestras; otras, nos quedábamos en casa. Barcelona, con él, se sentía nuestra.
Conocí a sus amigos.
Al principio me sentía pequeña entre ellos, como si todos supieran cómo vivir de lo que amaban y yo apenas estuviera saliendo del colegio.
Pero con el tiempo entendí que incluso quien parece tenerlo todo también está en proceso.
Y que lo único imperdonable sería no intentarlo.
A Álvaro le habían dicho que el proceso de papeles para Nueva York tardaría mes y medio.
Después tendría un par de semanas para cerrar todo antes de irse.
Intentábamos no hablar del tema, pero yo lo sentía cada día: un día menos.
Y a veces, en medio de todo lo bonito, aparecía esa punzada que me lo recordaba.
Y entonces, miraba hacia otro lado.
Mi cuerpo, mi cabeza, mi alma. Todo miraba hacia otro lado.
Otra cosa en la que intentaba no pensar era en los resultados de la convocatoria.
Un día faltaban semanas, y al siguiente, apenas unos días.
Quería ganar.
Quería algo —una señal, un guiño— que le dijera a mi cabeza: vas bien, tranquila, es por aquí.
Pero también me aterraba imaginarlo: esa galería, mi nombre junto al de Bianca.
No quería ilusionarme. Ni decepcionarla a ella.
Y todo el tiempo, esa voz —la de siempre— insistía:
«Mejor no te hagas ilusiones. Mejor preséntate a cualquier trabajo. Aunque sea ese de programadora en la clínica dental que viste ayer. VitalDientes o como se llame».
Y, sin embargo, ahí estaba yo.
El vídeo había empezado a compartirse más de lo que esperaba.
Mensajes, comentarios, gente que no veía desde hacía años escribiéndome cosas como: «sabía que terminarías haciendo esto».
Me emocionaba.
Y me abrumaba.
Porque una parte de mí —la más antigua, la más insegura— susurraba:
«¿Y si los cuadros no son tan buenos? ¿Y si no es para tanto? ¿Quién soy yo para llamarme artista?»
Cuando esa voz venía, salía a caminar con Samuel.
Pedía cita con mi terapeuta.
A veces iba a yoga solo para que alguien me dijera cuándo inhalar y cuándo exhalar.
Lo único que no hacía era pintar.
Sentía que si dejaba entrar esa voz, me lo contaminaría todo.
Y esta versión de mí —tan nueva, tan frágil— merecía al menos un poco de silencio.
~~~
Esa tarde estábamos en casa de Álvaro.
Había llovido por la mañana, pero ahora el sol entraba tibio por la ventana.
Samuel dormía en su camita.
Álvaro ponía la lavadora mientras yo, echada en el sofá con el móvil, pasaba entre recetas, cuentas de artistas y fotos de hijos ajenos.
Y entonces vi el correo.
—Dios, llegó el resultado —dije, incorporándome de golpe.
Álvaro vino enseguida.
—¿Ya lo abriste?
Negué.
—Vamos, ábrelo.
Respiré hondo.
Lo abrí.
El correo me agradecía haber participado y, después de unas líneas, llegué a la parte que estaba buscando.
No había ganado.
Sentí una punzada rápida, casi física.
Una mezcla de decepción y rabia por haber creído —aunque fuera solo un momento— que sí podía.
Leí de nuevo. No, no había duda.
No había ganado.
No tuve que decir nada.
Álvaro pasó un brazo sobre mis hombros y me atrajo hacia él.
Nos quedamos en silencio.
—¿Cómo te sientes? —preguntó al rato.
—No lo sé —respondí. Y era verdad.
No tenía ganas de llorar, pero sentía ese vacío que llega justo antes de que los pensamientos empiecen a desordenarlo todo.
Él me acarició el pelo.
—Tus cuadros son preciosos, Mar. Lo importante de esta convocatoria nunca fue ganar. Fue empezar.
Asentí.
Tenía razón. Aunque doliera, tenía razón.
—Me empujó a tomármelo en serio —dije en voz baja.
—Exacto —respondió—. Ahora solo toca seguir. Como dice Julia Cameron, algo así como que tú te ocupas de la cantidad y la fuerza creativa se encarga de la calidad.
Sonreí, agradecida.
Me abrazó.
Luego dijo que iría a por una botella de champán que tenía guardada para una ocasión especial.
Asentí.
Me enterneció que él también creyera que esto merecía celebrarse.
Como si incluso una derrota —cuando es sincera— tuviera algo de victoria.
—Por las victorias que no parecen victorias —dije al brindar.
—Y por las que están por venir —dijo él.
Y aunque reí, algo en mi cuerpo se sintió denso.
Como si esa alegría prestada no lograra instalarse del todo.
No podía dejar de pensar en todo el esfuerzo que había puesto en esa convocatoria.
En lo que solté. En lo que me atreví.
Y aunque sabía que eso ya era mucho, también dolía.
Dolía no saber si estaba hecha para dedicarme al arte.
Dolía pensar que, quizá, no era suficiente.
Cerré los ojos. Me cubrí la cara con las manos.
—¿Marea? ¿Estás bien? —preguntó Álvaro, desde la cocina.
No respondí.
Salí sin decir nada y cerré la puerta detrás de mí.
No quería que me viera así. Pero necesitaba respirar la decepción.
Caminé sin rumbo, con la rabia subiéndome por dentro como una ola caliente.
Y entonces lo vi claro, con esa lucidez que a veces llega cuando todo duele un poco más de la cuenta:
No todo era tan bonito.
No siempre bastaba con tener ganas.
Y sí, intentar también dolía.
Dolía mucho.
Tal vez ya era hora de dejar de jugar a otra vida y volver a lo que sabía hacer.
Poner los pies en la tierra.
Cerrar esta etapa antes de que me cerrara a mí.