36
Álvaro
Cuando le dije «Nueva York», vi cómo la cara de Mar cambiaba por completo.
—¿Nueva York? —repitió, con los ojos muy abiertos.
Asentí. Sentí vértigo. Algo de vergüenza también.
Seguro que ya había atado cabos: mi pregunta de esa mañana —si alguna vez pensaba en vivir fuera— ya no sonaba tan casual.
—Creo que es la primera vez que te veo nervioso —dijo, ladeando la cabeza.
—Lo estoy —admití, con una sonrisa torpe.
—Álvaro, parece una oportunidad genial. De verdad. Si decides tomarla, me voy a alegrar muchísimo por ti.
Hizo una pausa. Bajó la mirada.
—Y si te preocupa que yo… no sé, me haya hecho ilusiones, tranquilo. Lo de «dejarnos llevar» lo dije en serio.
Asentí.
Genial. Ahora pensaba que mi nerviosismo era por miedo a que se ilusionara, cuando en realidad lo único que quería era tener el coraje de decirle: vente conmigo.
Nos despedimos con un beso corto.
Cerró la puerta. Me quedé mirando la taza vacía que había dejado sobre la mesa.
Intenté trabajar. No pude.
Tomé el móvil y marqué.
—¿Elizabeth?
—Álvaro —respondió enseguida—. ¿Ya lo has decidido?
—Todavía no. Quería hacerte una pregunta hipotética.
—Dispara.
—Si acepto, ¿el visado incluye pareja?
Rio.
—¿Pareja? No te hacía en esas.
—Llamémoslo un escenario posible.
—Pues sí, va todo incluido: visado, alojamiento, seguro médico. El paquete es completo, para que llegues sin líos. ¿Alguna otra duda hipotética? —añadió, con tono burlón.
—Más que una duda es una inquietud. Ya sabes que esto sería un cambio enorme para mí. Llevo años trabajando a mi ritmo, eligiendo mis tiempos… No quiero meterme en algo que después termine pesándome.
—Álvaro, si te ofrecí esto es porque sé que puedes disfrutarlo. No es una oficina gris con gente llenando tablas en Excel. Es un equipo creativo, con recursos, y están buscando justo a alguien como tú. La libertad no se pierde —dijo, segura—. Solo cambia.
Me quedé en silencio.
—Y como te dije: si no encajas, te compras el billete de vuelta y seguimos como hasta ahora. Pero te aviso: no vas a querer volver.
Sonreí, medio incrédulo.
—¿Y seguirías echando un ojo a mis proyectos personales?
—Siempre. Ya sabes que me encanta tu trabajo.
—Vale… —murmuré, más para mí que para ella.
—Entonces, ¿aceptas?
Sentí cómo se me aceleraba el pulso.
Miré por la ventana.
Barcelona seguía ahí, bañada por esa luz obstinada que se resistía a dejar ir el verano.
Era la ciudad donde había aprendido a vivir a mi manera.
Pero algo dentro de mí decía que esto también podía ser el camino.
Que quizá había llegado el momento de dar otro salto.
Pensé en lo que Mar había dicho esa mañana. Tenía razón.
Volver al mundo corporativo no tenía por qué ser igual que antes.
Yo ya no era el mismo, y eso lo cambiaba todo.
¿Y qué era lo peor que podía pasar?
Si no funcionase, volvería.
Si echaba de menos mi tipo de libertad, podía recuperarla.
Lo único que no quería era quedarme con la eterna pregunta: ¿y si lo hubiese intentado?
Respiré hondo.
—Sí —dije—. Acepto.
—¿En serio? ¡Genial! —exclamó Elizabeth—. Te mando los documentos esta noche. Y me escribes cuando tu escenario «hipotético» se vuelva real.
—Lo haré. Gracias, Elizabeth.
Colgué. Me quedé un momento quieto, sintiendo cómo el pulso volvía a su ritmo.
Acababa de darle un giro a mi vida. Sonreí. Tenía miedo. Y ganas.
Y sin poder evitarlo, me descubrí imaginando cómo sería esa nueva vida… con ella.
Le escribí:
«¿Vamos a caminar un rato por la playa?»
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La vi desde lejos, caminando hacia mí, venía con mucha energía y una sonrisa enorme que parecía encender todo alrededor.
—¡Mío! —gritó. Sonreí como un idiota.
Me levanté y caminé hacia ella.
—¿Cómo estás? —le pregunté, rodeándola con los brazos.
—Feliz. Terminé de enviar todo para la convocatoria.
La levanté con fuerza y le di una vuelta, sin pensarlo.
—Te felicito —le susurré al oído—. Eres una artista.
Ella sonrió. Esa sonrisa que nunca sabía si creerse del todo las cosas buenas.
Caminamos un rato por el paseo marítimo, entre corredores, niños jugando y ese ruido constante del mar rugiendo al fondo. Compramos un par de cafés para llevar y nos sentamos en uno de los bancos, mirando las olas.
Había imaginado este momento, no exactamente así, pero parecido. Quería decirle lo que sentía. Lo tenía atascado en la garganta.
Y ahora que la tenía enfrente, me costaba empezar.
—Hay algo que quiero decirte —solté, mirándola a los ojos, que en ese momento se veían más amarillos que verdes.
Ella me miró, seria.
Respiré hondo.
—Marea, siento todo por ti. Todo.
Vi cómo su cuerpo se relajaba apenas.
—Y yo por ti —dijo, tomando mi mano.
—Sé que en ese avión fui injusto. Injusto con lo que estaba pasando entre los dos. Sabía que esto no era solo una amistad. Pero me dio miedo prometer algo que no sabía si iba a poder cumplir.
—Estuvo bien que marcaras límites —dijo ella.
Negué, tomándole la mano.
—Puse límites, sí. Pero no por ti. Por mí. Por miedo. Por proteger algo que creía libertad, y que en realidad era solo evitar sentir.
Hice una pausa.
—Y ahora me doy cuenta de que esa libertad no era real si no podía decirte lo que siento. Ni vivir lo que quiero vivir contigo.
Ella sonrió con ternura.
—¿Y qué quieres vivir conmigo? —susurró.
La miré.
—Todo. Quiero todo.
Me incliné y la besé.
Fue distinto.
Sin prisas, sin vértigo. Solo verdad.
Una especie de «ahora sí» dicho sin palabras.
—¿Y tú qué quieres? —pregunté, todavía cerca, los labios rozando los suyos.
Mar se quedó callada un instante. Luego bajó la mirada.
—Álvaro, aceptaste lo de Nueva York, ¿verdad?
No me moví.
—Eso no cambia mi pregunta —le dije.
—Sí que la cambia —respondió, con la voz bajita—. Porque tú sabes lo que yo quiero. Y también sabes que no sé cómo podría funcionar contigo allí.
—Que me vaya a Nueva York no significa que esto no pueda funcionar.
—¿Entonces ya lo decidiste?
—Sí. Quiero darle una oportunidad. Pero también quiero intentarlo contigo.
Ella se apartó un poco, bebió un sorbo de su café, pensativa.
Silencio.
—Te propongo algo —dijo al fin.
—Te escucho.
—Vivámoslo todo. Sintámoslo todo, mientras estés aquí.
Me mordí el labio. Bajé la mirada un segundo.
—¿Y después?
—Después veremos —dijo—. No quiero pedirte exclusividad sabiendo que vas a estar inmerso en una ciudad nueva, en otro mundo. No quiero atarte.
Me incliné hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, la vista clavada en el mar.
Estaba claro: ni siquiera contemplaba que pudiera pedirle que se fuera conmigo.
Su duda era otra.
Se preguntaba si esto, lo nuestro, podía sostenerse en la distancia.
Y yo lo sabía.
Sabía que podíamos.
Pero ese ni siquiera era el plan.
Mi plan —absurdo, prematuro, inconfesable— había sido invitarla a venirse conmigo.
Pero después de escucharla, habría sido un despropósito.
Ella no estaba en ese lugar.
Deslicé los dedos por su pierna, más por necesidad de contacto que como una respuesta clara.
—A mí no me importaría que lo hicieras —murmuré—. Porque yo solo quiero estar contigo.
—Y yo contigo —dijo—. Quiero exclusividad, sí, pero mientras estés aquí, Álvaro. Y cuando te vayas… que la vida nos muestre si hay un después para nosotros.
Asentí despacio.
Había algo valioso en eso: no apurar, no forzar, dejar que las cosas respiraran a su ritmo.
Y, sin embargo, había algo que se sentía incómodo.
Como si esta conversación —por sincera que fuera— no terminara de alcanzarme.
Ella me miró con ternura, como si pudiera leerme.
—¿Qué dices? —preguntó, sonriendo—. ¿Quieres ser mío un tiempo?
Reí suave.
—Marea, he sido tuyo desde que te conocí.