35
Margarita
La habitación estaba en silencio. La luz entraba por los ventanales de suelo a techo.
Me quedé quieta, observando. Como el resto del piso, el cuarto tenía una mezcla de estilo industrial y calidez.
Había libros por todos lados, una foto enorme en blanco y negro sobre la pared, y una sensación de orden relajado, como si todo tuviera su lugar pero sin rigidez.
Caminé por el pasillo en silencio. El sol ya se colaba por los cristales cuando llegué a la cocina. Álvaro preparaba café, sin camiseta, la espalda bañada de luz. Me saludó con una sonrisa tranquila y un beso corto en la boca.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Me sentía extrañamente liviana. Había dormido profundo, sin interrupciones, sin Samuel poniéndome una pierna encima ni pensamientos girando en espiral. Como si la noche anterior hubiese sido un punto de quiebre.
Mientras el café se preparaba, me apoyé en la encimera y lo observé moverse por la cocina.
En el aire aún flotaba algo de la noche anterior: el olor del risotto, el vapor del agua tibia, su respiración contra mi cuello.
Me sorprendía haberme entregado así, incluso en un momento que antes solía resultarme incómodo.
No lo conocía desde hacía tanto, y sin embargo, con él todo se sentía fácil.
Sin máscaras. Como si pudiera ser, por fin, del todo yo. O muchas versiones de mí, a la vez.
—¿Tienes mucho trabajo hoy? —le pregunté mientras le alcanzaba una taza.
Negó con la cabeza.
—Pensaba quedarme. Editar algunas fotos. Empezaré por las tuyas.
Le sonreí. Improvisamos un desayuno: huevos revueltos, yogur con fruta, pan con queso. Nada del otro mundo, pero especial. Sobre todo considerando que Álvaro normalmente no desayunaba más que un café, y con suerte, un croissant.
Salimos a la terraza. Hacía fresco, pero el sol empezaba a calentar el aire.
Yo pensaba en el vídeo.
Había dudado entre subirlo a mi cuenta personal o abrir una nueva solo para mi arte. Para la convocatoria, quizá era mejor usar la que ya tenía: al menos ahí habría algunos likes. Pero tener seguidores también lo hacía más difícil. Era exponerme. Decir «esto soy yo» y dejar que el mundo opinara.
—Hoy tengo que subir el vídeo —dije, sin mirarlo.
—¿Puedo verlo antes?
Le pasé el móvil. Mientras se escuchaba mi voz, sentí que me encogía por dentro. Quise desaparecer. Cuando terminó, no me atreví a levantar la vista.
—No digas nada —murmuré.
Él rio.
—Entonces solo te digo que lo subas ya. Cuanto más lo pienses, peor.
—No sé ni qué poner en el texto.
—Pon un emoji de pintura y un corazón. El vídeo habla solo.
Lo subí. Así, sin pensarlo demasiado. Dejé solo tres puntos suspensivos. Luego dejé el móvil sobre la mesa, con el corazón latiendo raro. Me levanté, caminé un poco.
—Se siente raro —admití—. Como una mezcla entre orgullo y mucha vergüenza.
Álvaro se acercó y me rodeó con los brazos.
—Si da miedo es porque vas por el camino correcto. Y lo que opinen los demás no es tu problema.
Nos quedamos así, en silencio, mirando cómo la ciudad se desperezaba.
—Mar —dijo entonces—, ¿alguna vez pensaste en vivir fuera de Barcelona?
Me giré para mirarlo.
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé. Me vino a la cabeza.
Algo en su tono, en su mirada, me dijo que había más.
—De chica soñaba con estudiar arte en Roma —dije—. Pero ahora no lo sé. No creo que pudiera alejarme de mi madre. Somos muy cercanas. Y me encanta Barcelona.
Él asintió. Parecía entender, pero su mente estaba en otro lado.
Aun así, la pregunta quedó flotando.
¿Sería capaz de irme con Samuel a otro lugar? ¿De separarme de Amelia, de nuestras rutinas, de los desayunos con ella y Bianca?
No lo sabía. Solo pensarlo se sentía tan lejano como volver a soltar a Samuel en el parque.
Fui a ducharme mientras Álvaro traía el portátil para editar. Al salir, con el pelo aún húmedo y una de sus camisetas, me sentí en casa.
—Te robé esto —dije, señalando la camiseta.
—Por favor —dijo riendo—, si así te vas a ver con mi ropa, llévatela toda.
Me reí, con el calor subiendo por la cara.
—Mira —dijo, girando la pantalla del portátil—. Estas son mis favoritas.
Me acerqué. Mis cuadros se veían vivos. Como si respiraran. Me emocioné más de lo que esperaba.
—¿Quieres que cambie algo?
—No. Están perfectas —respondí, sintiendo cómo se me escapaban un par de lágrimas.
Él me miró con ternura.
—De verdad, Mar. Son preciosos.
Sonreí mientras me limpiaba la cara con los dedos.
El móvil vibró sobre la mesa. Álvaro lo tomó y se disculpó antes de atender.
—Hola, Elizabeth. Sí, lo revisé ayer. Tengo algunas preguntas, pero justo estoy en una reunión. ¿Te llamo luego? Perfecto. Gracias.
Colgó. Su expresión había cambiado.
Se sirvió más café, volvió a sentarse junto a mí. Lo noté distinto.
—¿Todo bien? —pregunté.
Me miró un segundo antes de responder.
—Sí. No es nada malo. La revista me ofreció un puesto fijo. Dirigir un equipo de fotografía y edición.
Lo miré, sorprendida.
—¿En serio? ¡Eso es increíble!
—Lo es —dijo, aunque su tono no lo acompañaba.
—Eso no sonó muy convencido.
Se rio bajito y se encogió de hombros.
—Tiene sus pros y sus contras.
—Déjame adivinar. ¿El contra es que viajarías menos?
—Exacto. Pero últimamente empiezo a verlo como un pro. Este ritmo también cansa. Igual, seguiría haciendo algunos proyectos por mi cuenta.
—Entonces suena bien. ¿Qué más te atrae?
—Aprender. Inspirarme. Trabajar con otros. Liderar un equipo. Me gusta la idea de explorar el mundo audiovisual, es una forma distinta de seguir creando.
—Tal vez ahora explorar no sea viajar, sino entrar en otro mundo.
Asintió. Luego, bajó un poco la voz.
—También tiene sus peros. Volver al mundo corporativo, por ejemplo. Me fui de ahí hace años. Hoy tengo libertad, mis tiempos, mis clientes. No sé si podría volver.
—Pero una revista no es una consultora. El ambiente es distinto. Más creativo.
—¿Tú crees? A veces siento que lo corporativo es igual en todos lados.
—No, no lo creo. Y además, tú tampoco eres el mismo. Tus prioridades cambiaron. Lo que te importa cambió. Eso hace la diferencia.
—Sí, puede ser.
—Y además, puedes ser honesto. Probar. Si no funciona, vuelves a tus proyectos. No pierdes nada.
Hizo una pausa.
—Bueno, hay algo más.
Lo miré y esperé.
—El puesto es en Nueva York.
Nos quedamos en silencio. Mi cuerpo tardó un segundo en procesarlo.
Nueva York.
Lo miré otra vez. Y supe, sin que lo dijera, que una parte de él ya estaba allí.