34
Álvaro
Las últimas semanas habían sido intensas.
Entre los viajes a Madrid, las entregas para la revista y las reuniones, apenas había tenido un respiro.
Pero cuando Bianca me escribió para pedirme ayuda con las fotos, no lo dudé. Quería apoyar a Mar. Y lo que más quería, si era honesto, era verla.
Moví una reunión, pero valió la pena.
Las obras de Mar tenían ese tipo de fuerza que te atrapaba sin saber por qué, como si hablaran un idioma propio.
Y ella también atrapaba. Estaba preciosa.
Tenía ese equilibrio suyo entre lo natural y lo cuidado. Ese día vestía con un aire entre vintage y moderno. Se veía distinta, más tranquila.
Con una calma nueva que me desconcertó.
Me habría quedado con ellas todo el día. Sobre todo, después de saber que Lucas ya era historia. Y más aún después de cómo me miró cuando Bianca nos tomó esa foto. Pero iba justo de tiempo para llegar a la revista.
Salí apurado del taller y entonces escuché su voz detrás de mí.
—Álvaro.
Me giré. Caminaba hacia mí con paso decidido; no supe si venía feliz, nerviosa, o a punto de matarme.
—Dime, Mare…
No llegué a terminar la frase.
Me besó.
Fue su impulso, pero bien pudo haber sido mío.
Me pilló desprevenido, pero fue imposible no seguirle el ritmo.
La tomé por la cintura; ella me rodeó el cuello con los brazos.
Ese beso arrastraba furia. Y deseo. Y todo lo que se había quedado a medias.
Y cuando se separó, solo pensé que podría haberme quedado ahí toda la vida.
—Perdón —dijo.
—No me pidas perdón. Cena conmigo esta noche —dije, aún intentando procesarlo.
—Sí —respondió, sin dudar.
—La última vez cocinaste tú, hoy me toca a mí.
Asintió.
—Te veo esta noche —dijo, sonriendo, antes de volver a la puerta.
Me quedé quieto unos segundos. Ese beso me recordó lo loco que había estado por ella todo este tiempo.
~~~
Corrí, tomé el primer taxi que encontré y llegué con menos retraso del que temía. Por suerte, Elizabeth también acababa de salir de otra reunión.
Tenía esa mezcla de genialidad creativa y precisión quirúrgica.
Directa, brillante, exigente hasta el mínimo detalle.
Trabajar con ella siempre era un reto. Uno que disfrutaba.
Me recibió en el pasillo y, con la energía arrolladora de siempre, me hizo un gesto para que la siguiera.
—Menos mal eres tú mi siguiente reunión —dijo, dejándose caer en la silla—. La anterior fue un suplicio.
—Intentaré no competir en aburrimiento —respondí, sonriendo.
—No lo harás.
—Vaya presión —bromeé—. Cuéntame, ¿hay algún proyecto nuevo o quieres revisar las fotos de Portugal?
—Ni lo uno ni lo otro —dijo, apoyando los codos sobre la mesa.
Me incliné hacia adelante.
—Te escucho.
—Álvaro, sabes que adoro tu trabajo. Y el equipo igual.
Cada vez que podemos meterte en un proyecto, lo hacemos sin pensarlo —hizo una breve pausa—.
Pero esta vez es distinto. Se ha abierto un puesto en la división de televisión en los headquarters en Nueva York.
Buscan a alguien con tu ojo: alguien que tome decisiones visuales y dirija a fotógrafos y editores. Les hablé de ti.
—¿De mí? —pregunté, incrédulo.
—Sí. Han visto tu portafolio y, con mis comentarios, están muy interesados. Quieren saber si te plantearías mudarte. Sería una posición fija, con todos los gastos cubiertos.
Me quedé callado.
Me descolocó más que el beso de Mar.
Un puesto así era enorme.
Y, sin embargo, me removía algo.
No quería volver al mundo corporativo, pero sabía que liderar un equipo, compartir lo aprendido, tener un poco más de estabilidad… podía ser atractivo.
Y Nueva York… era Nueva York.
—Elizabeth, gracias por pensar en mí.
—No me las des. Tienes hasta el viernes para decidir. Si no aceptas, no pasa nada, seguiremos trabajando contigo. Pero piénsalo bien. Es una buena oportunidad.
—Lo haré —respondí.
El resto del día lo pasé en la revista, revisando ediciones pendientes con el equipo.
Pero no lograba concentrarme.
Pensaba en Mar, en Nueva York, en la sensación de que las dos cosas eran saltos al vacío.
Y no sabía si tenía el valor —o la certeza— de dar alguno.
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Por la tarde pasé por el mercado.
Compré setas, solomillo, espárragos y un vino que pensé que podía gustarle.
Quería hacer un risotto: sencillo, pero especial.
También compré trufas de chocolate. Una vez me dijo que la volvían loca. Llevé de varios tipos.
En el fondo, esa cena me tenía más nervioso que la propuesta de Elizabeth.
Mar me había besado sin aviso, como solía hacer: rompiendo el guion, cambiando todo en un segundo.
Llegué al piso, ordené un poco y puse música.
Justo entonces, llegó un correo de la revista: Recursos Humanos. Condiciones salariales.
El sueldo era tentador. Incluso para Nueva York.
Lo suficiente para vivir bien, viajar y tener tiempo para mis proyectos personales.
¿Estaba considerando esto en serio?
Me duché, me puse una camiseta y unos pantalones holgados.
Tocaron a la puerta.
Abrí.
Y ahí estaba.
Sonriente, con el aire tranquilo que le noté en el taller.
Se había cambiado la ropa de la mañana: ahora llevaba una camisa azul abierta sobre un top blanco y vaqueros sueltos.
Sin una gota de maquillaje.
Natural. Cálida. Perfecta.
—Qué piso tan bonito —dijo, dejándose las zapatillas en la entrada.
—Gracias.
Caminó por el salón, curioseando todo, hasta que salió a la terraza. Fui detrás con dos copas de vino.
—La vista es increíble —dijo.
—Fue lo primero que me enamoró del piso —le respondí, pasándole una copa.
—¿Sabes? Me habría encantado conocer a alguien como tú cuando era adolescente. Me habrías ahorrado años de creer que vivir del arte era imposible.
Reí.
—Cuando quieras, el piso es tuyo —solté.
Sonó más comprometedor de lo que pretendía.
Brindamos.
—Por ser como tú cuando sea grande —bromeó.
—Tu arte va a dar frutos, Marea. Solo tienes que confiar.
—Salud —dijo, chocando su copa con la mía.
Me miró. Y fue suficiente.
Sin pensarlo, la besé.
Fue lento al principio, hasta que se volvió hambre contenida.
—Quiero que estés bien con esto —dije, intentando recuperar el aire.
—¿Con que no quieres nada serio? —preguntó, medio riendo.
Negué.
A esta altura, tenía claro que no era eso.
No era que no quisiera algo serio con ella. No quería hacerle daño.
—Con que no sé a dónde nos va a llevar esto.
Ella sonrió.
—Estoy bien con eso. Yo tampoco lo sé. Solo quiero dejarme llevar.
—Entonces nos dejamos llevar —dije.
Dejamos las copas sobre la mesa. Me acerqué.
La alcé entre mis brazos; ella se enroscó en mí, riendo, y me besó otra vez.
Nos movimos hacia la habitación.
Mientras la cargaba, iba mirando alrededor.
—¿Cuántas habitaciones tiene esto?
—Tres —contesté, mordiéndole la oreja con suavidad.
La camisa, el top, la camiseta… todo fue desapareciendo entre risas, respiraciones y manos que se buscaban sin prisa.
El deseo subía como una corriente, hasta que de pronto se detuvo.
Me aparté al instante.
—No es que no quiera —dijo, algo nerviosa—, es que tengo la regla.
—Está bien —respondí con calma—. No pasa nada, paramos.
—No quiero parar —añadió enseguida—. Es mi último día, pero me da miedo manchar algo.
—Mar, puedes manchar todo el piso si quieres —dije, sonriendo—. Pero no hagas nada que no quieras.
—Álvaro… —susurró—, me muero de ganas de sentirte.
Cuando creía que ya no podía desearla más, esas palabras me demostraron lo contrario.
Aun así, no quería que estuviera incómoda.
—¿Segura? Podemos hacer otras cosas, no tenemos que…
—Segura —me interrumpió, mirándome a los ojos—. Solo ven aquí.
Pude sentir su deseo, su entrega, su respiración pegada a la mía.
Me fascinaba esa versión suya: libre, intensa, viva.
Entonces ya no hubo nada más que decir.
Nos besamos hasta que ya no hubo pensamiento, solo cuerpo.
La tomé entre mis brazos, la apoyé contra la pared y la sentí estremecerse.
Y cuando dijo «no pares», todo en mí se encendió.
Su voz. Su piel. El ritmo: todo era ella.
Me volvían loco sus gemidos, el movimiento de su cadera.
Aumenté el ritmo; la sentía retorcerse en mis brazos, sus uñas marcándome la piel.
—Eres una delicia —susurré.
Y, por un instante, el mundo se quedó en silencio.
Soltamos todo lo que habíamos contenido.
~~~
Nos dimos una ducha y, al salir, se envolvió en una toalla.
Siempre me hacía gracia cómo, después de entregarse sin pudor, le volvía cierta timidez.
La atraje hacia mí, tiré con suavidad de la toalla y ella rio.
—Álvaro… —dijo, fingiendo protesta.
Reímos los dos.
—Puedes andar así por toda la casa si quieres —le dije—. Eres perfecta.
Le di un beso en el hombro y añadí:
—Voy preparando todo mientras te vistes.
Mientras ponía la mesa, la escuché curioseando por el salón.
Tomó una cámara de la estantería, la levantó con cuidado.
—Esta no es la que usabas esta mañana, ¿verdad?
Negué.
—Era de Diego.
—Ay, perdona —dijo enseguida, dejándola de nuevo en su lugar.
—No pasa nada —respondí—. Puedes usarla si quieres. Aún funciona.
A otra persona tal vez no le habría contado de quién era.
Pero con Mar era distinto.
Tenía esa forma de abrirse sin miedo, de emocionarse sin pudor, de llorar si algo la tocaba.
Supongo que por eso, con ella, yo también sentía que podía hacerlo.
—Era como tu Bianca —dije.
—Debes extrañarlo mucho.
—Sí —admití, con la voz un poco rota.
Ella se acercó, me tomó la mano y la besó.
—Seguro que sigue cerca. Cuidándote.
Cenamos hablando de todo.
Le conté del último viaje que hice con Diego, de mi padre y de lo rápido que estaba corriendo últimamente.
—Aún no sé en qué momento pasó de sedentario a atleta —bromeé.
Después sacamos el portátil y vimos las fotos de la mañana.
Su obra se veía espectacular.
Y ella, en esas fotos…
Tenía el mismo brillo que en Phuket, en aquel balcón.
Ese brillo que me jodía de lo bonito que era.
—¿Samuel está con tu madre? —pregunté.
—Sí.
—Entonces quédate conmigo.
Se quedó.
Durmió entre mis brazos, respirando tranquila.
Yo, en cambio, no podía dormir.
Pensaba en Diego.
¿Qué me diría si me viera ahora? ¿Me animaría a aceptar el trabajo en Nueva York?
¿Mar vendría conmigo si se lo pidiera?
Estaba loco.
Hacía unas semanas, ni siquiera creía posible tener exclusividad con ella. Ese mismo día me había dicho que nos dejáramos llevar —justo lo que yo quería— y aun así, ahí estaba yo, imaginándola en otra ciudad. Conmigo.