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Margarita
Mi madre me había dicho unos días antes que era afortunada. En Colombia, eso de que el gobierno te pagara mientras buscabas trabajo —el famoso «paro»— no existía. Y tenía razón.
No ganaba lo mismo, pero esa ayuda me había dado algo más valioso: espacio. Espacio para no salir corriendo a aceptar lo primero. Espacio para quedarme quieta y hacer cosas solo porque quería hacerlas. Como si el tiempo, por fin, no me apretara.
Las últimas semanas se habían sentido como un regalo. El verano empezaba a rendirse y las tardes tenían otra luz.
Los cuadros empezaron a tomar forma y yo, poco a poco, bajé la intensidad. Desayunaba sin reloj, retomé yoga en un estudio pequeño a unas calles de casa y, por las tardes, pintaba y leía el libro que me había regalado Álvaro.
A veces era una frase del libro. Otras, un recuerdo de Tailandia. De vez en cuando, nada en particular, bastaba cualquier cosa para traerlo a mi mente. Intentaba no aferrarme a esos pensamientos. Los dejaba pasar, como si fueran parte del clima. A veces lo lograba. A veces no.
Lucas había estado cerca, pero desde esta amistad nueva que estábamos aprendiendo a habitar.
Hacía unos días había venido, habíamos sacado a Samuel y pedido pizza.
Me habló de Paulina, de cómo se habían conocido, de las conversaciones que últimamente habían tenido.
Al parecer, todo lo que pasó había puesto sobre la mesa temas que nunca se habían dicho en voz alta.
Ahora los estaban transitando. Se le veía feliz.
Y me sorprendió notar que yo también lo estaba por él.
De todas formas, mi foco esos días era otro: la convocatoria. Y ya casi todo estaba listo. O al menos, lo más importante: las obras.
Las tres obras habían nacido en ese rincón de mi casa que ahora llamaba taller.
Cuando sentía que alguna estaba casi lista —no perfecta, pero que me gustaba lo suficiente—, la llevaba al taller de Bianca.
Ella tenía ese ojo preciso que sabía decirme: «Aquí falta» o «ya está, no toques más».
Terminé las tres en su compañía, entre risas, silencios y pausas para café o té.
Esa mañana, después de yoga, me había arreglado para grabar el vídeo y tomar las fotos de las piezas allí.
Me puse una blusa especial. La había comprado para mi abuela cuando cumplió ochenta, para su fiesta. Le encantó. Se veía preciosa con ella, radiante, como si el color le encendiera la piel. Pero al día siguiente me la devolvió.
Le reclamé, riéndome.
—Guárdala tú —me dijo—. Vas a tener un momento en el que necesites sentirte afortunada. Yo ya tuve los míos. Y además, me tomaron tantas fotos con ella que si me la repito, la familia va a pensar que no tengo más ropa.
Así que ese día llevaba esa blusa de seda color crema, con pequeñas manchas rojas que parecían huellas de labios antiguos.
Me miré al espejo y sonreí.
~~~
Toqué la puerta del taller.
—Pero qué guapa estás —dijo Bianca, abrazándome.
—Gracias. Tú también.
Dentro, los tres cuadros esperaban en sus caballetes.
El primero era una espiral de lilas, grises y negros: parecía un huracán a punto de soltarse, pero contenido por algo invisible.
El segundo mezclaba verdes y turquesas con pinceladas naranjas que no había planeado, pero ahí estaban, como interrupciones que funcionan.
El tercero era el más cálido: rojos, tierras, algo de dorado.
Tenía textura, profundidad. Como una historia que no pedía permiso: solo se contaba.
—Se ven…
—Maravillosos —completó Bianca.
—¿Qué historia crees que cuentan? —pregunté.
Me sostuvo la mirada y devolvió la pelota:
—Dímelo tú.
Me quedé un segundo en silencio.
—Incertidumbre —dije al fin—. Pero de tres tipos: la que nace del miedo; la que aparece cuando empiezas algo nuevo; y esa en la que no sabes si el vértigo es del bueno o del malo. Simplemente, incertidumbre.
—Me gusta. —Sonrió.
—¿Empezamos por el vídeo o por las fotos? —pregunté.
—Justo sobre eso… —Miró el reloj.
—¿Qué pasó? ¿No puedes?
—Sí, claro que puedo. Pero nosotras dos somos un desastre con las fotos. Además, no se sabe quién tiene peor móvil.
—No.
—Sí. Álvaro llega en una hora —dijo.
—¡Bianca! —protesté, empujándola con el brazo.
—Margarita, no seas inmadura. Es una oportunidad importante y no la vamos a perder porque tengas historial con el fotógrafo.
Negué, riéndome.
—¿Le dijiste que las obras eran mías?
—¿Tú qué crees? Además, sonaba encantado. Preguntó tres veces si ibas a estar aquí.
Sonreí, sin querer.
—Así que, si no quieres que te grabe también, empecemos ya con el vídeo —dijo.
—Dios… ya me da vergüenza hacerlo contigo. Imagínate con él mirando.
—Igual lo verá. Hay que subirlo a redes.
—Y eso me da todavía más cringe.
—Pues te aguantas. Tus redes no son para tus excompañeros de trabajo ni para las amigas del colegio con las que ya ni hablas. Son para mostrar lo que haces. Ya toca salir del armario artístico, señorita.
Asentí, resignada.
Me senté frente a los cuadros y respiré hondo.
Grabamos varias tomas: errores, risas, repeticiones.
Hasta que, por fin, logré decirlo todo sin temblar.
—Hola, soy Margarita de los Ríos. Pinto desde niña. Durante años fue mi refugio, mi oxígeno, mi forma de entender el mundo. Luego crecí y, como pasa tantas veces, guardé los pinceles y escuché las voces del miedo: «Sé práctica, busca estabilidad». Estudié programación y dejé de pintar.
»Hace un tiempo volví, de la mano de una amiga y maestra que me recordó cómo se siente jugar con los colores sin pensar tanto, solo escucharme.
»Estas tres obras hablan de eso: de volver a mirarme con curiosidad, de aceptar lo que no sé, de los cambios, de los vínculos, de todo lo que nos transforma cuando nos atrevemos a sentir, a crear, a jugar.
»No sé si son buenas o no. Solo sé que están hechas con honestidad, con dudas, y con la alegría de haber vuelto a mí.
»Con mucha gratitud, les presento Incertidumbre.
Cuando terminé, Bianca tenía los ojos brillantes.
—Ay, no llores —dije—, que me vas a hacer llorar a mí. Y encima viene Álvaro, que ya perdió la cuenta de cuántas veces me ha visto llorando.
—Margarita, verte llorar es el día a día. —Rio.
Yo también reí. Era verdad.
Me abrazó y, por un momento, sentí que algo dentro de mí se acomodaba.
Entonces tocaron la puerta.
—Gracias por venir —dijo Bianca.
—Con gusto —respondió él.
Y ahí estaba: vaqueros oscuros, camisa denim, la mochila de siempre. No muchas personas podían combinar denim sobre denim sin que pareciera un descuido. Él era una de esas pocas. Se veía increíble.
Lo abracé.
Olía a limpio, como recién salido de la ducha.
Fresco, simple, tranquilo.
Tenerlo cerca me hacía sentir como si el aire cambiara, como si todo respirara distinto.
—Hola, Marea. —Sonrió.
—Hola —respondí, bajito—. ¿Cómo estás?
—Muy emocionado. ¿Dónde están las obras?
Sin pensarlo, le tomé la mano.
Fue un gesto instintivo, rápido, casi una descarga.
Lo llevé hasta los caballetes sin soltarlo.
Sentí ese pequeño cortocircuito familiar.
—Mar, son preciosos.
—Gracias.
—No, en serio. Son increíbles —dijo, con un brillo en los ojos que me desarmó.
El silencio quedó flotando entre nosotros hasta que Bianca intervino, y entonces solté su mano.
—Bueno, director de arte, ¿cómo prefieres hacer las fotos?
—Hay buena luz natural. Haré unas en el caballete, otras desde arriba.
—Perfecto; tú dirás cómo ayudo —dije, agradecida.
—Yo voy por café y croissants —anunció Bianca, agarrando las llaves. Nos guiñó un ojo y salió.
Asentí, cómplice.
—Te juro que tiene veinte tipos de café en la cocina y, mínimo, dos paquetes de pan congelado en la nevera.
—Lo sé. —Sonrió—. Es su forma de desaparecer.
—Gracias por esto —dije.
—No me las des. Me alegra hacerlo.
—¿Y el trabajo? —pregunté mientras él montaba el trípode.
—Intenso. Dos clientes nuevos. Uno, fascinado con las reuniones presenciales, así que he ido mucho a Madrid. Aprovecho y veo a mis padres y a mi hermana; la última vez me secuestró una tarde para hacerle fotos.
—Suena bien. Me alegra que pases tiempo con ellos. Hace mucho que no voy a Madrid.
—La próxima te aviso —dijo.
—Aunque no sé si Lucas estaría muy feliz con que viajes conmigo.
Reí.
—Lo que viste ese día fue justo eso: un beso de cierre. Supongo que lo necesitábamos para confirmar que ya no quedaba nada. Ahora somos amigos. Amigos de verdad —dije, marcando las palabras, porque con Álvaro la amistad era un concepto un poco… flexible.
—Qué bien —respondió, mirándome con calma—. A veces el amor no se va, solo cambia de forma.
—Sí. Supongo que cuando ya no duele, puede quedarse. No igual, pero quedarse.
Asintió.
Y entonces, volvió esa corriente silenciosa entre nosotros.
La misma de hacía un instante. La misma de Phuket.
La que no se nombra.
Él siguió fotografiando, concentrado; yo fingí revisar las bases de la convocatoria en el portátil, aunque en realidad no podía dejar de mirarlo. Me mataba cómo se veía detrás de esa cámara, cómo se apartaba, distraído, los mechones que le caían sobre la frente.
Al rato, la puerta se abrió.
—¿Están vestidos? —canturreó Bianca.
Reímos. Hicimos una pausa para el café y los croissants que traía.
Bianca habló de su nueva muestra; le había vuelto esa pasión que tenía cuando hablaba de su trabajo. Contó también los retos con Alex, sus «reconfiguraciones»: menos abierta que antes, pero aún abierta. Complejo, pero parecía funcionarles.
—Pero estamos bien —cerró—. Al menos hoy.
Reímos.
—Me alegro —dijo Álvaro.
Ella lo miró de reojo.
—¿Y tú? ¿Saliendo con alguien?
—No —contestó él.
Yo jugueteé con la taza para disimular la sonrisa.
Luego, él levantó la cámara.
—Quiero hacerte unas fotos a ti también.
—¿A mí?
—Sí. Quiero retratarte en esta versión tuya.
—Vale —dije, nerviosa.
Me colocó frente a los cuadros; me pidió que girara, que mirara al costado. Hizo un par con Bianca y conmigo.
Después, Bianca tomó la cámara:
—Una de los dos.
Él se acercó y pasó el brazo por mis hombros.
—Álvaro, mira a Mar a los ojos —ordenó Bianca, divertida.
Lo hice.
El silencio llenó el taller.
Estaba demasiado cerca; compartíamos el mismo aire.
El mismo que, hacía un rato, él ya había vuelto distinto.
Ahora era aún más espeso, más caliente.
Por un segundo, tuve que recordarme que no era el momento. Ni el lugar.
—Creo que tengo unas cuantas comprometedoras. —Rio Bianca.
Álvaro miró la hora.
—Tengo que irme. ¿Cuándo vence el plazo?
—En cuatro días.
—Perfecto. Mándame las especificaciones y te envío las fotos editadas.
—Gracias.
Guardó la cámara, se colgó la mochila.
Antes de irse, me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.
Luego salió.
~~~
Cuando se fue, Bianca esperó a que la puerta se cerrara, dejó el café en la mesa y me miró con esa sonrisa que anunciaba problema.
—Mar, ¿qué estás esperando para comerte a ese hombre otra vez?
Me reí, pero no contesté.
Tal vez debía intentarlo.
¿Qué era lo peor que podía pasar?
Me quedé mirando la puerta cerrada, con el corazón todavía acelerado.
Pensé en salir corriendo detrás de él.
¿De verdad me había convertido en alguien capaz de hacer eso?