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Margarita
Abrí la puerta y Samuel salió disparado como un rayo, moviendo la cola con esa alegría que siempre lograba arrancarme una sonrisa.
—¡Samu, cómo estás, pequeño! —dijo Lucas, agachándose para recibirlo.
El peludo se le lanzó encima, entre lametazos y brincos. Apenas me dejaba acercarme. Me quedé en el marco de la puerta, mirándolos.
Entonces Lucas levantó la vista.
Sus ojos estaban tranquilos, pero había algo más. Una leve tensión en la mandíbula, un rastro de cansancio. Lo conocía bien. Y aun así, algo en su mirada se me escapaba.
—¿Podemos hablar? —preguntó, con suavidad.
—Sí, claro. Pasa.
—¿Estabas pintando?
La camiseta vieja, el rodete improvisado, mis manos llenas de acrílico… todo me delataba.
—Sí. —Sonreí, sin disculpas—. Ven, te muestro cómo quedó el mini taller.
Entró y miró alrededor. Sus ojos se detuvieron en el caballete, en los pinceles desordenados, en la mancha seca de pintura en el suelo.
—Mar, este rincón quedó espectacular. Y ese cuadro… por Dios, es precioso. Debimos haber montado esto hace mucho tiempo.
Asentí. No dije nada, pero su frase me tocó entre las costillas y el omóplato. En un lugar raro. Blando.
—¿Te molesta si hablamos mientras saco a Samu? Se me pasó el tiempo pintando y no lo he sacado.
—Al revés —dijo él—. Me encanta. Vamos.
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El aire estaba tibio. Samuel iba delante, tirando de su correa como si llegara tarde a una reunión con el CEO de su empresa. Nosotros caminábamos despacio, como si el silencio fuera parte de la conversación.
Hablamos de cosas pequeñas al principio. El calor, el trabajo de Lucas, lo bonito que tenía el pelo Samuel. Nos reímos un poco. Él me preguntó por los cuadros en los que estaba trabajando. Le conté lo justo, sin entrar en detalles.
Y luego, el silencio volvió. Esta vez más largo. Más denso.
Caminamos unos metros más. Hasta que, sin decirlo, supimos que era hora de parar.
Nos sentamos en un banco bajo un árbol, frente a una fuente. Las hojas se mecían con el viento. Un niño perseguía palomas cerca. Samuel se echó a nuestros pies, jadeando feliz.
Lucas apoyó los codos en las rodillas. Yo jugueteaba con la correa.
—He estado pensando en nosotros —dijo él al fin—. Quiero saber cómo te sientes.
Tomé aire. Busqué las palabras con cuidado. Como si fueran piezas de cristal.
—Es una mezcla extraña —respondí—. Pero intentaré ser lo más honesta que pueda.
Él me miró con esa calma que siempre me daba. Como si su sola presencia dijera: puedes decir lo que sea, aquí no hay peligro.
—Como siempre —murmuró, tomándome la mano.
Recordé tantas veces en que esa mano fue mi ancla.
Cuando dudaba. Cuando sentía miedo. Incluso cuando le dije que no quería —que no podía— casarme, me escuchó sin rabia.
Recordaba su silencio, su tristeza y cómo, aun así, me dijo que me entendía.
Que no sabía si podríamos recuperarnos de eso, pero que no me culpaba.
Y tuvo razón: no lo hicimos.
Pero incluso entonces, me dejó decir que no.
—Lucas, te quiero —dije al fin—. Tal vez siempre lo haga. Pero ese beso… —Tragué saliva—. Se sintió distinto.
—Como un beso entre amigos —completó él, sin apartar la mirada.
Asentí. Una lágrima se me escapó, silenciosa.
—Lo siento —susurré.
Él la secó con el dorso de los dedos, con ese gesto tan conocido.
—No lo sientas —dijo con una media sonrisa—. Sentí lo mismo.
Se hizo un breve silencio.
—Fue lindo saberlo con certeza. Aunque duela.
Lo abracé. Y ahí, entre sus brazos, las lágrimas nos encontraron a los dos. No eran de tristeza. Eran de algo más complejo: gratitud, duelo, despedida.
—Siento no haber entendido que no necesitábamos el matrimonio —murmuró contra mi pelo—. No vi que ya estabas conmigo, a tu manera. Que ya estabas comprometida.
—Los dos hicimos lo mejor que pudimos con lo que teníamos —respondí.
Cuando nos separamos, aún con los ojos húmedos, le tomé las manos.
—No quiero perderte, Margarita —dijo—. Pero tampoco quiero quedarme aferrado solo a la sombra de lo que fuimos.
Pensé en lo que me dijo mi madre, días atrás.
—Quiero que tengas un lugar en mi vida —dije.
Él asintió, sin soltar mis manos. Y en ese gesto, ya había una respuesta.
—¿Crees que podemos ser amigos?
—Creo que ya lo somos —respondí.
—No conozco muchas parejas que hayan durado tanto y aun así hayan conseguido seguir siendo amigos.
—Yo sí. —Reí—. Estar rodeada de divorciados con hijos enseña que, incluso después de odiarse, aprenden a convivir.
—Nosotros no tenemos hijos —añadió.
—No —respondí—. Pero no hace falta tenerlos para querer seguir en la vida del otro. Si ambos queremos, podemos. Y además, tenemos a Samuel.
Soltó una risa breve. Bajó la mirada al suelo. Luego la volvió a levantar.
—Solo quiero que seas feliz —dijo—. Y estar ahí para verlo. Así que sí, quiero seguir en tu vida. Desde ese nuevo lugar que iremos descubriendo poco a poco.
—Y yo —susurré.
Nos abrazamos otra vez.
Un abrazo largo. Cómodo. Distinto.
Dentro de mí, sentí una oleada de paz.
Era cerrar una puerta, sí.
Pero sin echarla abajo. Sin golpes. Sin ruido.
Despedirme de una vida que había sido hermosa, pero que ya no era la mía.
No se sintió como una pérdida.
Se sintió como un reencuentro con otra versión de nosotros.
Entonces pensé que tal vez el amor no se quedaba corto para nombrar sus distintas formas.
Que el amor, al final, era solo eso: amor.
Y que cuando era real, siempre encontraba la forma de quedarse.
Aunque fuera desde otro lugar.