Nosotros después del arte 31
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Álvaro

Viajaba en el AVE a Madrid para una reunión con un cliente: una cadena de hoteles que había remodelado uno en el centro y quería relanzar su imagen. Me habían contratado para hacer las fotos del lanzamiento.

No era el tipo de trabajo que más me entusiasmaba —las reuniones me agotaban—, pero vivir de lo que te gusta no significa disfrutarlo todo.

Estos encargos pagaban bien, y cada vez que entraba a una oficina corporativa recordaba por qué salí corriendo de ese mundo.

Bastaba ver a la gente salir a almorzar como si fuera el único respiro del día.

Y bueno, ir a Madrid siempre me daba alegría. Ver a mis padres. Pasar tiempo con Sara.

Escuchaba música en el tren cuando sonó una canción que Mar me había mostrado en el vuelo a Tailandia. Me dijo que estaba obsesionada con ella. Puerta del Sol se llamaba.

Me pareció una canción sexual sin serlo. O tal vez era yo. O era ella, que desde ese viaje me había dejado descolocado por completo.

Quise escribirle, pero me contuve. Bianca me había dicho que llevaba días sin contestarle, que estaba encerrada trabajando en unos cuadros para una convocatoria. Y me alegré. Porque desde que la conocí supe que tenía algo dentro a punto de estallar. Y su arte, seguramente se beneficiaría de eso.

Llegué a casa de mis padres poco después de las nueve de la mañana.

—¡Álvaro! —dijo mi madre, saliendo de la cocina.

Me abrazó fuerte. La abracé más fuerte.

—¡Pero mírate! —dijo Sara—. Pensé que se me iba a olvidar tu cara.

—Nunca se te va a olvidar esta belleza. —Reí.

Nos dimos un abrazo apretado.

—¿Café? —preguntó mi madre.

—Siempre.

—¿Y José Luis?

Por alguna razón, siempre llamaba a mi padre por su nombre.

—Salió a correr —respondió ella.

—Bueno… «correr» —dijo Sara, haciendo comillas en el aire.

Reímos. Mi madre puso molletes con tomate y aceite sobre la mesa.

—¿Tienes tiempo para tu hermano esta tarde, bicho? ¿Comemos juntos?

—Había quedado con unas amigas, pero puedo cambiarlo. Solo si me llevas a un lugar al que quiero ir desde hace semanas.

Sabía con exactitud cuál. Siempre elegía sitios imposibles sin reserva, carísimos, con platos fusión diminutos. Estudiaba interpretación, le sobraba entusiasmo, y a mí me gustaba verla feliz. Al final, siempre terminábamos donde ella quería.

—Me estás extorsionando.

—Te estoy salvando de comer mal.

—Va. Haz la reserva y mándame la ubicación.

Justo entonces, entró mi padre, empapado de sudor.

—¡Vaya, sí corriste!

—No me subestimes. Mañana podríamos salir juntos.

—Me encantaría, pero esta noche vuelvo a Barcelona.

Nos sentamos los cuatro. La conversación fluyó entre anécdotas viejas y planes futuros. Me di cuenta de cuánto echaba de menos compartir una mesa así, con ellos.

La última vez que había desayunado con alguien fue con Mar.

Aunque en su caso, el desayuno siempre parecía una comida completa: tostadas, huevos, fruta, café y, si había algo dulce, mejor.

Me encantaba verla comer así, sin culpa, sin prisa. Como si el cuerpo le agradeciera cada bocado.

Había algo en esa forma de habitar el momento que me hacía querer estar cerca.

Pensé en ella, y la eché de menos.

~~~

De camino a la reunión, miré Madrid por la ventanilla del taxi. La ciudad me llenaba de recuerdos, pero ya no me veía viviendo ahí. Supongo que, con el tiempo, cambia el lugar al que sientes que perteneces.

La reunión fue en una oficina de cristal, con alfombra gris, sillones incómodos, café de máquina y frases motivacionales en las paredes. Ajustamos detalles, presupuesto, cronograma. Nada fuera de lo común.

Al salir, le escribí a Sara. Había conseguido mesa en un restaurante junto al Retiro. Llegué antes. El sitio era sofisticado: lámparas de mimbre, techos cubiertos de vegetación, luces cálidas. Pedí una cerveza y me quedé mirando hacia el parque.

—¡Bicho! —Escuché a mis espaldas.

Me giré. Ahí estaba: gafas de sol, sonrisa enorme, energía de verano. Me levanté para abrazarla. Cada día la veía más adulta, aunque seguía teniendo algo de niña en la forma de hablar.

Pedimos varias cosas para compartir mientras me contaba su verano: conciertos, fiestas, Marruecos con sus amigas. En dos semanas volvía a clases.

—¿Emocionada?

—Depende del día. A veces siento que nací para esto. Y otras, que debería irme a plantar árboles a la selva.

—Me gustaría decirte que mejora con los años, pero no. —Reímos los dos.

—Por ahora he hecho un par de castings. Papeles pequeños. A ver qué pasa.

—Ojalá salga algo que te ilusione.

—Por cierto, necesito nuevas fotos. Las del portafolio ya son historia.

—Mis tarifas han subido. Ya no me vendo por un chocolate del Aldi como la última vez.

—¡Por favor! Si esos chocolates te pierden. Pero está bien, prometo pagarte con cheesecake de esa cafetería que te encanta.

—Vaya incremento de tarifa. —Reí—. Está bien. Cuando vuelva con más tiempo, te las hago.

Luego vino lo otro.

—¿Y David?

—Se acabó —respondió, seca.

Lo había escuchado mil veces. Pero esta vez sonó distinto.

—Definitivo —añadió.

Intenté no sonreír. David era un idiota. Se había metido con una de sus amigas, vivía borracho, y siempre volvía con disculpas baratas y alguna bobada de supermercado.

—¿Y tú cómo estás?

—Ay, venga. No te hagas el que no se alegra.

—No importa lo que yo piense. Dime cómo estás tú.

Bajó la mirada.

—Lo hace difícil. Llama, escribe, llora. Ya ni sabe por qué pide perdón.

—Podrías bloquearlo.

—Eso mismo me dijo mi terapeuta. Pero me hace bien verlo mal. Suena horrible, lo sé.

—Suena humano. Ya sabrás cuándo soltar del todo.

Ella asintió. Luego me miró:

—¿Y tú? ¿Hace cuánto no te enganchas en serio con alguien?

—Uf… —Solté una risa seca—. Mucho.

—¿Desde Camila?

Asentí.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Casi nunca hablas de ella —añadió Sara.

—Porque no hay tanto que contar. La quise mucho, nos llevábamos bien, teníamos planes. Me aferré a eso. Pero hacía rato que me sentía desconectado. Me gustaban otras personas, tenía ganas de desaparecer. Me odiaba por pensar así, y aun así, seguí. Me convencí de que era una etapa.

—¿Y qué lo rompió?

—La muerte de Diego.

Sara bajó la mirada.

—Fue como si se me viniera todo abajo. Perdí el eje, el sentido. Y me volví una pareja de mierda. No estaba presente. Estaba en otro lugar. De fiesta. Salía todo el tiempo.

Me pasé la mano por el cuello. Sara no me interrumpió.

—Ella me pedía que hiciéramos cosas, que habláramos, y yo simplemente no podía. O no quería. No lo sé. La apartaba. Todo me parecía demasiado. Camila empezó a verse cada vez más con un amigo y, bueno, un día me lo dijo: que había pasado algo entre ellos.

Sara frunció los labios. No dijo nada enseguida. Solo me miró.

—No debió ser fácil escuchar eso —dijo al final, en voz baja.

Negué con la cabeza.

—No me dolió como pensé que dolería. Me dolió más darme cuenta de lo lejos que ya estaba de todo eso. Me dijo que iba a dejarlo, que lo nuestro podía arreglarse. Y fui yo quien dijo que no. Que lo que no funcionaba… éramos nosotros.

Bajé la mirada al vaso.

—Y lo peor fue saber que yo la había empujado hasta allí. Que llevaba tiempo soportándome. Que había sido un idiota. Que no la había merecido.

Se quedó un momento en silencio.

—Bicho, que sepas que la sigo en Instagram —intentó aligerar—. Tiene vida de catálogo: marido más guapo que tú, gemelos rubios, casa con jardín.

Solté una risa.

—Me alegro por ella, de verdad. Se lo merece.

Sara me miró con esa mezcla de ironía y ternura.

—Y tú también te mereces algo bueno.

Asentí.

—Cuando dejes de contarte esa historia de la libertad —añadió.

Solté una risa corta.

—Sara, no es una historia. Es que no es fácil mantener la libertad, tomar decisiones, moverse como me muevo yo… cuando estás con alguien.

Ella me sostuvo la mirada.

—Tal vez lo que pasa es que tienes miedo de que te rompan el corazón.

Tal vez sí. Tal vez había algo en protegerme.

No respondí de inmediato.

—Puede ser —dije al final, sin estar del todo convencido.

Pedimos un par de postres. Un café para mí, un té chai para ella, que claramente era más azúcar que té. Subió fotos de todo.

Pedí la cuenta, pagué, y salimos al aire tibio de la tarde madrileña.

—Tengo el DM lleno de fueguitos —dijo, riendo—. Mis amigas no paran de escribirme para que te presente. Qué asco, ¡si podrías ser su padre!

Solté una carcajada.

—Padre no, por favor. Un tío joven, si acaso.

Reímos los dos. Tomamos un taxi de vuelta a casa.

Pensé en Camila. Tal vez, al final, todo había salido bien para todos.

Y pensé en Mar.

En lo mucho que me desconcertaba. En lo mucho que me gustaba.

Me costaba entenderla y, al mismo tiempo, sentía que la entendía entera.

No quería casarse, pero tampoco toleraba lo casual.

Era informática, pero se le iluminaba la cara al hablar de pintura.

Fuerte, pero la vi llorar más veces de las que podía contar.

Serena, pero capaz de desordenarlo todo en segundos.

Contradictoria. Y eso me encantaba de ella.

Sabía que aún quedaba algo entre nosotros.

Pero también que lo que yo podía ofrecerle —al menos ahora— no era lo que ella buscaba.

Aun así, una parte de mí todavía quería intentarlo.

Incluso si estaba volviendo con su ex, no me importaba.

Solo quería tenerla cerca otra vez.