30
Margarita
Ese día amanecí con algo parecido a una resaca emocional.
No de esas que te parten la cabeza, sino de las que te dejan blanda por dentro, como si todo hubiera pasado demasiado rápido.
No podía sacarme de la cabeza el beso con Lucas. Pero más que el beso, era la mirada de Álvaro. El latido fuerte de su corazón cuando me abrazó. Eso era lo que volvía, una y otra vez.
Al final, no había nada entre nosotros. No le debía nada. Pero eso no hacía más fácil saber que me había visto besar a otro. Supongo que eso decía más de lo que sentía yo.
Y, como si no fuera suficiente, se sumaba otra culpa: ¿y si no hubiéramos encontrado a Samuel? Solo de pensarlo se me cerraba la garganta. No sabía cuándo volvería a soltarlo. Intuía que no sería pronto.
Salí al balcón con una taza de café. El día estaba cálido, con una brisa suave. Dejé que el sol me diera en la cara y cerré los ojos un momento.
Mientras disfrutaba del aroma y del calor entre las manos, pensé en lo difícil que es nombrar lo que sentimos. Metemos todo en el mismo saco: familia, pareja, amigos. Todo es amor. Pero ¿y si ese fuera justo el problema? Que la palabra nos queda corta. Que no alcanza para sus distintas formas.
Porque no era lo mismo lo que sentía por mi madre, por Samuel, por Bianca, por Lucas… o por Álvaro, en Phuket.
El beso con Lucas se había sentido bien. Lo quería. Y lo más probable era que una parte de mí siempre lo haría. Con él, el amor nació desde la amistad. Dos personas valientes que cruzan la línea solo para ver qué pasa.
Durante años, hubo fuego y hubo calma. Se alimentaron mutuamente, aunque a veces una brillara más que la otra.
Hasta ese beso.
En ese beso solo sentí la calma.
La ternura. El cariño de quien te conoce.
No estaba mal. Hay amores que duran toda una vida gracias a eso.
Seguía siendo amor, sí.
Pero de esos que ya no queman. Solo abrigan.
Y había algo más. Algo que todavía no sabía nombrar, pero que me habitaba entera.
Un sentimiento nuevo, silencioso, que tenía que ver con otra persona. Y que, aunque no dijera nada, se sentía vivo.
Dejé la taza en el lavavajillas junto con mis teorías sobre el amor y fui al cuarto que ahora era oficina, habitación de invitados y —desde hacía poco— algo más.
Había pedido todo por Amazon: un caballete mediano, una paleta, trapos, pinceles, lienzos, acrílicos.
Bianca me había ofrecido su taller, sus materiales, su espacio. Pero esta vez quería que todo naciera desde cero. Desde mí.
Montar el taller fue más difícil de lo que imaginé. En mi cabeza, el cuarto era más grande. Apenas puse el caballete, no se podía caminar.
Pasé horas moviendo el escritorio, la cama y el caballete, como si armara una partida de Tetris. Samuel me seguía de cerca, convencido de que jugábamos. Yo sudaba. Él me traía su pelota. Aproveché para sacar cosas que no usaba, ordenar lo que estaba en el suelo.
Lo que pensé que serían diez minutos se convirtió en tres horas.
Hasta que, de pronto, el espacio apareció.
No era grande.
Pero era mío.
Encendí un palo santo.
Puse el difusor con menta —si tuviera que oler algo todos los días, sería esa mezcla— y algo en el ambiente cambió.
Estaba cansada.
Pero ese rincón me llamaba.
Saqué un lienzo pequeño, solo para probar las pinturas. Pero el cuerpo me pedía más.
Desde Tailandia tenía algo dando vueltas en la cabeza. No era una imagen, era una sensación. Una especie de libertad. Tal vez el recuerdo de esa niña que me invitaba a jugar más, a soltar, a crear.
Así que decidí sacar un lienzo grande y empezar una de las obras para la convocatoria.
Muchas personas dibujan primero y luego pintan.
Yo no.
Quizá porque nunca estudié arte, o porque el dibujo simplemente se me daba fatal.
En mi cabeza, un cuadro no nacía de una línea. Llegaba como una mancha, una intuición de color que, a medida que la seguía, empezaba a revelarme su forma.
Puse música y empecé a jugar con los colores.
La banda sonora de Amélie sonaba de fondo y me llevaba directo a la adolescencia en la que pintaba durante horas, repitiendo esas canciones una y otra vez, creyendo —con una fe ingenua pero luminosa— que algún día podría dedicarme a esto toda la vida.
Era una versión de mí que todavía no tenía tanto miedo de vivir.
Pinté recordando cómo se sentía volver a mancharme las manos sin pensar en el resultado. Solo por el placer de estar ahí.
Y así, el tiempo dejó de tener forma. Los días se deslizaban, uno tras otro, sin nombre. Y en medio de ese caos, empezó a aparecer algo parecido a una rutina: desordenada, imperfecta, pero mía.
Mi mamá venía de vez en cuando. Yo me levantaba del taller solo para comer algo rápido y sacar a Samuel. El móvil vibraba de vez en cuando: mensajes de Bianca, de Lucas, respuestas de LinkedIn. No los abría. No quería distracciones. Quería estar allí.
En mi casa. Sabiendo que lo más probable era que no volvería con mi ex. Que me gustaba alguien demasiado libre para mí. Que no tenía idea de si algún día encontraría trabajo.
Pero también sabiendo algo más: que Samuel estaba conmigo, que tenía un rincón para pintar, y que pintar era gratis. Y eso, de alguna forma, me alcanzaba. Me sostenía. Como si todo lo demás pudiera esperar.
Hubo días sin ducharme. Días en los que comí cualquier cosa. Días en los que tapé lo del día anterior y volví a empezar.
Tuve que poner alarmas después de que, una vez, se me pasó el tiempo y no le di ni almuerzo ni cena a Samuel. La culpa fue tan grande que le cociné dos pedazos de ternera, como si pudiera compensarlo así.
Samuel la mayor parte del tiempo dormía a mis pies. O me tocaba la pierna con la pata, como recordándome que tenía un compromiso con él y eso me obligaba a salir.
No pensaba en decisiones.
No pensaba en el futuro.
Solo pintaba.
Hasta que una tarde, con el cuerpo manchado de acrílico y la cabeza en otro mundo, escuché el timbre.
Era Lucas.