Nosotros después del arte 29
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Álvaro

Conocía a Luciano desde Berlín. Era de esos tipos que ya no tomaban ni una gota de alcohol, pero todavía sabían cómo montar una buena fiesta.

Tenía esa devoción extraña por los amigos: llamaba, escribía, aparecía.

Se acababa de mudar a Barcelona y su piso estaba hasta los topes de gente. No me sorprendió.

Estaba hablando con una mujer que me presentaron —caras nuevas, conversaciones sin demasiado peso— cuando vi entrar a Bianca de la mano de Alex.

Con Bianca siempre me había llevado bien. Tenía algo que me gustaba: esa forma de ser sencilla, sin pretensiones, incluso siendo alguien bastante reconocida en la escena artística. Normalmente me alegraba verla. Pero ahora, Bianca solo me recordaba a Mar.

Después de un rato, se acercaron.

—¿Tú nos estás evitando? —dijo Bianca, medio en broma.

—Jamás —respondí, sonriendo—. Qué gusto veros.

Nos abrazamos.

—Alex —dije—, Bianca me contó que estabas en París. ¿Qué tal?

—Maravilloso —respondió—. El clima perfecto. Fuimos unos días al campo. También salí con algunos amigos. Me supo mal perderme la fiesta de la madre de Mar.

Asentí. Aunque, si soy honesto, a mí me habría gustado perdérmela también.

—Voy a servirme algo —dijo Alex—. ¿Os traigo?

—Sí, gracias. Lo que te lleves tú —contestó Bianca.

—Yo estoy bien —dije, levantando el vaso—. Mojito sin alcohol, cortesía de Luciano.

Bianca miró el móvil.

—Es Mar —dijo—. Contesto un segundo.

—Claro —respondí.

Bastó con oír su nombre para que todo volviera: su piel húmeda, su voz riéndose de algo mínimo, su cuerpo sobre el mío en mitad de la noche.

—Hola, tonta. —Alcancé a oír que decía Bianca, alejándose un poco.

No escuché más. Solo la vi volver con la cara cambiada.

—Álvaro, me tengo que ir —dijo, sin rodeos.

—¿Pasó algo?

—Samuel. Salió corriendo del parque. No lo encuentran.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—Quiero ayudar —dije, ya de pie.

—Vale. Pide el taxi.

Busqué a Luciano. Le prometí que volvería. Pero no podía quedarme tranquilo sabiendo lo que ese perro significaba para ella.

~~~

En el taxi, Bianca miraba por la ventana. Teléfono en mano.

—Va a aparecer —dijo, más para sí misma que para mí.

—Sí. Lo vamos a encontrar. Está bien, ya verás.

Asintió. Respiró hondo. Y luego, como si necesitara empujar su cabeza a otro lado, cambió de tema.

—Mar me mandó las fotos de la fiesta de Amelia. Quedaron increíbles.

—Me alegra —respondí.

—Fue una noche especial.

Tal vez para ella. Para Amelia. Para todos.

Para mí fue otra cosa: ver a Mar con ese vestido verde. Verla con Lucas. La forma en que la miraba. Cómo se le acercaba sin esfuerzo. La familiaridad. Ese lenguaje silencioso que solo tienen quienes ya compartieron una vida. Encajaba con todos. Con su madre. Con su familia. Con los amigos.

—Todavía no entiendo por qué lo dejasteis —dijo Bianca—. La «amistad» que teníais, quiero decir.

—Creo que para Mar, la exclusividad pesa mucho.

—¿Y para ti?

La miré. No quería decir lo que pensaba: que ya había fallado antes. Que me callé cosas que no debía. Que, intentando sostener algo, terminé perdiéndome.

—Para mí también es importante, en ciertas relaciones —dije—. Pero los últimos años me ha funcionado así: sin grandes promesas, sin etiquetas.

Bianca me observó unos segundos.

—No es que no creas en la monogamia. Es que tienes miedo —dijo.

—¿Miedo?

—A intentarlo.

Negué con la cabeza, pero no con convicción.

—No quiero hacerla sufrir. ¿Qué pasa si un día no me siento igual? Si me voy, si conozco a alguien más. No quiero sentirme atado otra vez.

—Eso puede pasar —dijo Bianca—. Como también puede pasar que un día sea ella quien se enamore de otro. O que estén tan metidos el uno en el otro que ni se lo pregunten. Dale crédito, Álvaro. Es una mujer adulta. Sabrá manejarlo. Lo hablarán, lo resolverán. Y si no, lo dejarán y ya está.

Hizo una pausa y sonrió.

—Al final el amor es eso: riesgo. Lo más jodido, lo más hermoso y todo lo que hay en el medio.

Amor, esa palabra. La había usado. La había arruinado. Y ahora no sabía si ya no creía en ella, o si simplemente había dejado de reconocerla cuando aparecía.

—Estas semanas han sido intensas —dije al fin—. Pero eso no significa que nos hayamos enamorado.

—¿Estás seguro? —interrumpió, sin presionarme, solo dejándolo caer.

—Ya da igual —dije, bajando la mirada—. Tú viste a Mar con Lucas. Hacen una pareja increíble.

Bianca tardó un segundo en responder.

—Mar dice que no cree en el amor de su vida. Yo creo que Lucas sí fue el suyo.

Y esa frase me cortó.

—Aunque —añadió enseguida—, como dice Amalia Andrade: uno siempre cambia al amor de su vida por otro amor, o por otra vida.

—No sé quién es, pero tiene un punto.

—La conocí por Mar. Pero a lo que voy es esto: puede que Lucas vuelva a hacerla feliz. Pero también la veo distinta. Como si necesitara algo nuevo.

—¿Algo como qué?

—Algo como pintar más, y algo como tú.

No supe qué decir.

—Le dije a Mar que no era lo suficientemente libre para estar contigo —añadió—. Pero ahora pienso que quizá lo tenía al revés: tú eres el que no se está dando la libertad de sentir.

No respondí. Sí sentía. Pero el compromiso, el peso de quedarme, el miedo a herirla.

—Por aquí —dijo Bianca, señalando por la ventana.

El taxi se detuvo.

~~~

Bajamos. Y entonces la vi.

Frente al edificio. Lucas le sostenía la cara entre las manos. Y la besaba.

No fue un beso largo. Pero fue suficiente. El tipo de beso que no se da si estás dudando.

Bianca me miró. No dijo nada.

Nos acercamos.

—Supongo que Samu ya apareció —dijo Bianca, abrazándola—. Perdón por la demora. Estábamos al otro lado de la ciudad.

—Sí —respondió Mar, con voz baja—. Lucas lo encontró.

«Claro», pensé.

La saludé. La abracé.

Su cuerpo pequeño. Su olor. La tensión que todavía cargaba encima. Y la mía, que traté de contener. El corazón me latía con fuerza, como si intentara avisarme algo.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Bien. Fue horrible, pero ya pasó.

Tenía la cara hinchada. Los ojos enrojecidos. Y, aun así, o quizá por eso, estaba más hermosa que nunca. Pantalón ancho. Blusa sencilla. Sin una gota de maquillaje. Perfecta.

Pensé en Phuket. En cómo me miraba en el barco. En su piel bajo el agua. En cómo reía, con la cabeza hacia atrás. En cómo se entregaba. Y en cómo temblaban mis manos al tocarla.

—Deberíamos volver —dije.

—Perdón por hacerlos salir del cumpleaños.

—No seas tonta —dijo Bianca—. Queríamos venir.

—Sí —añadí—. Lo importante es que Samuel está bien.

Lucas se acercó.

—Yo también me voy. Te llamo más tarde.

Mar asintió.

—Gracias, de verdad —dijo, mirándonos con ternura.

La vi alejarse hacia el portal.

Sentí cómo mi cabeza daba vueltas. Un golpe seco en el centro del pecho. Esa certeza brutal. Tardía. Real.

Bianca me miró.

—Pido el taxi —dijo—. Y de camino compramos un vino.

—Sí. Lo necesito más que los mojitos sin alcohol de Luciano.

Ella sonrió, como si ya supiera.