Nosotros después del arte 28
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—¿Llamamos a la Guardia Urbana? —preguntó.

Asentí, intentando tomar aire sin desarmarme del todo.

No pensaba rendirme, pero ya no sabía con qué parte de mí seguir sosteniéndome.

Me llevé las manos a la cara. Sentí el ardor del llanto seco, el temblor constante en las rodillas, esa presión en el pecho que no cedía.

Y entonces, bajé las manos.

Y lo vi.

En la esquina del parque.

Lucas venía caminando con Samuel, sujetando su collar con una mano.

Me quedé inmóvil un segundo.

Y después corrí. Como si todo mi cuerpo reconociera la vida en ese punto exacto del mundo.

Me lancé sobre ellos.

Samuel me tiró al suelo, me lamió la cara, movió la cola con desesperación.

Lloré con todo lo que me quedaba.

Vi a mi madre abrazar a Lucas.

—¿Dónde lo encontraste, Luquitas? —preguntó.

—Estaba afuera del supermercado. Justo donde suele esperarte cuando haces una compra rápida. Fui pasando por los sitios que más conoce: el café, la panadería, el parque grande… y al final, ahí estaba. Quieto, como esperando que alguien viniera por él.

Lucas me ayudó a incorporarme. Lo abracé con todo el agradecimiento que me cabía en el cuerpo.

—Gracias.

—Dale las gracias a él —dijo, con una sonrisa leve—. Se asustó, pero en cuanto vio un lugar conocido, se quedó ahí. Esperando.

—Samuel es un perro brillante —dijo mi madre, acariciándole la cabeza.

Después tomó la correa.

—Amor, subo con él. No quiero que vuelva a sonar nada.

—Sí, ma. Gracias por todo.

Me abrazó antes de irse.

Los abrazos de mi madre eran el lugar más reconfortante del universo.

Me quedé sentada en el bordillo con Lucas. Respirando hondo, por primera vez en horas.

La cara me ardía. Los ojos, hinchados. La garganta, seca.

—No me imagino lo que sentiste —dijo, tomándome la mano.

Y ahí vinieron otras lágrimas. Más suaves. De puro alivio.

Lucas me abrazó fuerte.

—Ya pasó, linda —susurró.

No me decía «linda» desde que estábamos juntos.

Y se sintió bien que lo hiciera.

Ese abrazo tenía algo distinto. Más que gratitud. Más que nostalgia.

Me miró. Me limpió una lágrima con el pulgar.

Y en sus ojos, por un segundo, me pareció ver la versión de nosotros que habíamos sido.

Entonces me besó.

No lo esperé.

Pero tampoco me aparté.

Fue un beso suave. Familiar.

Como volver a un lugar que ya no existe, pero cuyo eco todavía te reconoce.

Al separarnos, levanté la mirada.

Bianca venía acercándose.

Y detrás de ella, más lejos…

Álvaro.