Nosotros después del arte 27
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Ese viernes había sido tranquilo. Nada me anticipó la ansiedad, el miedo y la culpa que me iban a desbordar solo unas horas después.

Mi madre había venido a visitarme. Cocinamos juntas, cenamos tranquilas y ahora tomábamos té, hablando de todo un poco.

—Las fotos de la fiesta están increíbles —dijo, deslizando el dedo por la pantalla del móvil.

—Es lo que pasa cuando alguien a quien le pagan por ir a Phuket a tomar fotos termina haciéndole una sesión a una tarta —dije.

—Bueno, nosotras tenemos lo nuestro —respondió, alzando la barbilla con ese aire coqueto tan suyo.

Las dos reímos.

—Es un buen tipo —añadió después.

—Lo es.

—¿Han vuelto a verse?

Negué con la cabeza.

—¿Y con Lucas?

—Sí. Hemos salido un par de veces como amigos. Pero estamos bien.

—Me alegra, amor —dijo, acariciándome la mano—. Por cierto, ya empecé el curso que me regaló. El de contenido digital.

—¿Ah, sí? Qué bien, ma. ¿Y qué tal?

—Muy bien. Ya abrí una cuenta: Salud real para personas reales. Tengo un par de ideas para los primeros posteos.

—A ver, cuéntame.

—Una sería: «Si supieras lo que las bacterias de tu microbiota hacen por ti, no estarías todo el tiempo intentando matarlas».

Sonreí.

—Está genial. ¿Y la otra?

—«No le temas al cortisol. Témele a no entender cómo funciona a tu favor o en tu contra».

—Buenísima también. Esa cuenta la seguiría sin pensarlo.

—Gracias, amor —dijo, con una sonrisa.

Cuando terminamos, llevé las tazas al lavavajillas.

—¿Me acompañas a sacar a Samuel? —pregunté.

—Claro. Vamos.

Nos pusimos los zapatos, le puse la correa y salimos. Dimos la vuelta habitual al edificio, llegamos al parque y lo solté para que corriera.

Samuel jugaba con otros perros cuando, de pronto, se escucharon petardos. De esos que lanzan en verano los que no miden el miedo que provocan en los animales.

Samuel se quedó inmóvil. Lo vi paralizarse, con los ojos muy abiertos.

—No pasa nada, Samu. Ven. Nos vamos a casa.

No se movía. Estaba rígido, esperando el siguiente estruendo. Y cuando llegó, el ruido fue tan fuerte que yo misma sentí el oído estallar.

En un segundo, salió corriendo hacia el edificio.

—¡Samuel! —grité, echando a correr tras él. Mi madre corría a mi lado.

—¡Agárrenlo! —gritaba ella.

Llegamos a la puerta. Nada. No estaba.

El cuerpo latía entero con un miedo que no encontraba salida.

—¿Dónde está, mamá? ¿Dónde está Samuel?

—Debe estar cerca, amor. Vamos a buscarlo.

Recorrimos las calles llamándolo. Preguntábamos a la gente, pero nadie lo había visto.

—Escribe en el grupo del edificio —dijo mi madre—. Tal vez alguien lo vea o nos ayude a buscarlo.

Saqué el móvil. Me temblaban tanto las manos que apenas podía escribir.

En minutos, varios vecinos bajaron a ayudarnos. Casi todos conocían a Samuel.

Treinta minutos. Nada.

El miedo empezó a transformarse. Ya no era solo ansiedad: era una presión interna, densa, como si algo se inflara por dentro sin dejar espacio para respirar.

Pensé en sus patas estiradas en el sofá, en cómo me buscaba cuando lloraba, en su cabeza apoyada sobre mi pierna cada noche.

—Lo vamos a encontrar —dijo mi madre, al notar que estaba a punto de quebrarme—. Yo llamo a Lucas. Tú llama a Bianca. Cuantos más seamos, mejor.

Asentí. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.

—Hola, tonta —contestó Bianca.

—Bi…

—¿Qué pasó? —preguntó enseguida, notando mi voz.

—¿Dónde estás?

—En casa de Luciano, celebrando su cumple. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Estábamos en el parque y… —intenté hablar, pero la voz se me quebró— Samuel salió corriendo cuando escuchó unos petardos, llevamos más de media hora buscándolo y no aparece.

—Voy ya para allá. Mar, ¿me escuchas? Samuel va a aparecer.

—Sí —logré decir entre sollozos.

Colgué.

«Samuel va a aparecer», me repetí en silencio.

Caminamos varias calles, pero con cada una el pánico crecía, desgastándome por dentro, como si algo se fuera vaciando a fuerza de miedo.

—Respira, amor —decía mi madre, sujetándome el brazo—. Solo respira.

Lo intentaba. De verdad. Pero era como si el cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo. Como si esa función mínima, automática, se hubiera interrumpido de golpe. El aire entraba, pero no alcanzaba.

—Margarita —dijo mi madre, deteniéndose—. Samuel va a aparecer. Pero necesitamos mantener la calma.

Cuidar, contener, sostener.

Eso no se terminaba nunca.

Tenía treinta y cinco años y, aun así, era ella la que me enseñaba a mantenerme en pie.

Yo solía creerle cuando decía que todo iba a estar bien.

Pero esa noche, esa noche no podía.

El pensamiento era una cuchilla: ¿Y si no lo encuentro? ¿Y si no vuelve? ¿Y si la vida se acaba justo aquí, en este instante?

—Hagamos algo —propuso ella—. Quédate aquí, cerca del edificio, por si regresa. Yo voy con los vecinos a recorrer el barrio. Lucas viene desde su casa; va a buscar por los sitios donde cree que podría estar. Tu tarea es respirar. Y pedir ayuda a lo que sea en lo que creas.

Asentí.

Y eso hice.

Yo, que no rezaba, pedí.

No sé si a Dios, al universo, a la madre tierra o a todo a la vez.

Pedí sin forma, sin palabras correctas. Pedí mucho.

Entre esas súplicas, miraba el grupo del edificio.

Buscaba a mi madre. A Lucas. A Bianca.

Pasaron veinte minutos que se sintieron como una vida entera.

Y entonces la vi.

Mi madre venía corriendo.

—¿Nada?

Negó con la cabeza.