26
Llegó el día de la fiesta de mi mamá.
Habíamos elegido una finca preciosa, a las afueras de Barcelona. El salón de piedra tenía techos altos de madera, ventanales enormes y aroma a lavanda fresca. La luz del atardecer se colaba entre los árboles, dorando todo lo que tocaba.
Bianca y yo fuimos las primeras en llegar, junto con Samuel, que llevaba un moño rojo al cuello y se robaba todas las miradas.
Bianca, con su conjunto color berenjena —pantalón ancho y top cruzado—, parecía una rockstar.
Yo llevaba un vestido de seda verde esmeralda, de cuello cerrado y espalda descubierta.
La tela caía ligera, casi líquida, y se movía con cada paso como si respirara conmigo.
Por fuera, parecía tranquila. Pero por dentro, tenía un nudo que no se deshacía.
Sabía que Álvaro vendría.
Pero ahora que lo imaginaba estando cerca, tan cerca y tan lejos, se me encogía el pecho.
Mientras ordenábamos los centros de mesa, lo vi entrar.
Álvaro estaba elegante, de una forma que no le había visto antes: pantalón negro, camisa blanca arremangada justo lo necesario, cinturón de cuero claro.
El pelo, recogido a la perfección en un moño bajo, sin un solo mechón fuera de lugar, le daba un aire más pulido, casi formal, pero sin perder esa naturalidad suya entre relajada y segura.
Era raro verlo tan de evento, tan impecable, pero le quedaba espectacular.
Y peor: parecía no tener ni idea de lo bien que se veía.
—¡Álvaro! —lo saludó Bianca—. ¡Hace siglos no te veía!
—¡Bianca! Qué gusto verte. —La abrazó—. ¿Y Alex?
—Está en París con sus padres, pero vuelve para el cumpleaños de Luciano. Me imagino que te invitó también.
—Sí, perfecto. Nos veremos ahí —dijo con ese tono tranquilo suyo.
Cuando me miró, sonrió.
—Estás preciosa, Marea.
Ese «Marea» todavía me descolocaba. Por un segundo, se me cruzó la imagen de él saliendo de la ducha en Tailandia. Aparté la mirada.
—Gracias. Tú también te ves muy bien.
No dijimos mucho más.
Poco después, llegó mi madre. Y como siempre, eclipsó a todos.
Vestido azul petróleo, largo y fluido; el cabello recogido en un moño bajo, labios rosa suave y pendientes dorados.
Estaba radiante. Gustavo iba a su lado, vestido de lino beige con camisa blanca.
Tenían una complicidad discreta pero evidente.
—Mamá, estás increíble.
—Y tú también, amor. —Me dio un beso—. Todo está precioso. Gracias, gracias a las dos… y a ti, Álvaro, por ofrecerte a hacer las fotos.
—Un placer, Amelia —contestó él.
Gustavo se acercó también.
—Me alegra verte, Mar.
—Igualmente —dije, tratando de leerlo.
Parecía un buen tipo. Durante semanas, mi madre había hablado de él.
Y durante años, a mí me había aterrado la idea de que tuviera pareja de nuevo.
Siempre pensé que el amor podía hacerla frágil otra vez.
Pero últimamente la sentía distinta. Más firme.
Más ella. Quizá por eso, ahora no me parecía tan mala idea.
Fueron llegando los invitados: amigos, colegas, familiares que habían venido desde Colombia.
Y entre la multitud, lo vi.
Lucas.
Se entretuvo saludando porque, como era obvio, conocía a todo el mundo. Mi familia hablaba diez cosas a la vez y él, como siempre, hacía malabares para seguir todas las conversaciones. Llevaba pantalón beige, camisa azul celeste, y en la muñeca, el reloj que le regaló mi madre.
Estaba guapo. Tranquilo. Familiar.
—Qué guapa estás —dijo, abrazándome.
—Gracias. Tú también —respondí, sincera.
—Adivina qué le compré a tu madre.
—Seguro algo que ella misma te pidió.
—Esta vez no. Me dijo que la sorprendiera. Me dejó descolocado.
Me reí. Mi madre solía decir exactamente lo que quería. Que pidiera una sorpresa, eso sí era nuevo.
—Se sigue reinventando. —Sonreí.
—Le compré un curso de creación de contenido digital. A ver si le gusta.
Y ahí estaba, eso que siempre amé de Lucas: su cariño genuino por mi madre, no como «suegra», sino como persona.
—Gracias —le dije.
—Ha sido un placer.
—Saludé a Álvaro al llegar —dijo, tanteando el terreno.
—Sí. Yo lo invité. Es amigo mío. Y se ofreció a hacer las fotos.
Sonó más a explicación de lo que me habría gustado. O de lo que creía que ameritaba.
—¿Siguen siendo solo amigos?
—Sí. Ahora más amigos que nunca. Pero mejor hablemos de eso después, ¿sí?
Asintió.
—¿Te ayudo con algo?
—Sí, por favor. Pide que traigan más agua a la barra. Y revisa el sonido. Está bajísimo.
Después de eso, Lucas se dedicó a apoyarme en todo: a mi madre, a los invitados, a que nada faltara.
A ojos de cualquiera, seguíamos pareciendo la pareja de siempre.
Y en parte lo éramos: los que organizábamos, resolvíamos, sosteníamos. Los que sabíamos funcionar juntos.
A ratos, buscaba a Álvaro con la mirada. Mi madre lo paseaba por las mesas, lo presentaba. Lo trataba como parte de todo. Y yo lo agradecía. Pero no dejaba de pensar: si no hubiéramos tenido esa conversación en el avión, ¿estaría ahora a mi lado? ¿Reiríamos juntos?
Por momentos quise acercarme. Tal vez bailar. Pero supe que no era buena idea.
Así que lo observé de lejos. Cámara en mano. Discreto. Casi contenido.
Más tarde me acerqué.
—¿Cómo van esas fotos?
—Muy bien. Creo que tengo algunas que te van a gustar.
—Gracias.
—No hay de qué.
Se notaba que no quería hablar mucho. Y yo tampoco sabía qué decir. No podía entender cómo habíamos pasado de tocarnos el alma a esto. A este silencio. A esta distancia pulida.
La noche fue hermosa. Mi madre no paró de reír.
Servimos ensalada de tomates con burrata, luego fideuá de marisco y de postre, su tarta favorita: miel y frambuesas. Vino blanco helado. Luces cálidas. Conversaciones largas.
En un momento, Gustavo se me acercó justo cuando iba a buscar comida para Samuel.
—¿Te acompaño?
—Claro.
Caminamos hasta el coche. Samuel nos siguió con precisión canina. Le serví su plato y Gustavo se agachó para acariciarlo.
—Tú comes mejor que yo en las guardias, campeón —dijo con una sonrisa.
—Mi mamá me contó lo unidos que fueron en la universidad —comenté, al verlo mirarla desde lejos.
Gustavo asintió, con una sonrisa pequeña, casi nostálgica.
—¿Y nunca pasó algo más entre los dos? —pregunté, consciente de lo imprudente que sonaba. Pero había algo en mí que necesitaba su versión.
Él negó con la cabeza.
—¿Sabes qué es lo raro? —añadió, después de un momento—. Que durante años pensé que tu madre y yo podríamos haber sido algo más. Tu papá incluso tenía celos de nuestra amistad, y no lo culpo. En el fondo, yo siempre sentí muchas cosas.
Me tomó por sorpresa su honestidad. Pero no me incomodó. Había ternura en su forma de decirlo.
—¿Se lo has dicho?
—No. Cuando éramos jóvenes, me decía que yo era el mejor amigo que alguien podía tener. Hace unos días volvió a repetírmelo.
—No te conozco tanto, Gustavo. Pero a mi madre sí. La puedo leer como una radiografía. —Sonreí—. No sé de dónde saqué algo tan médico. Debe ser por tu culpa.
Él rio.
—Lo que quiero decir es que sé cómo te mira. Es especial. Tal vez sintió lo mismo. Pero la vida nos hace elegir. O elige por nosotros. Y eso no significa que el otro camino no se deseara. Solo que, en su momento, no fue el elegido.
Y al decirlo, sentí que también me hablaba a mí.
—Gracias, Mar. No digas nada, por favor. Solo necesitaba un empujón.
—Pues considérate oficialmente empujado.
Volvimos al salón.
Álvaro fue de los primeros en irse. Dijo que al día siguiente me enviaría las fotos.
Quise pedirle que se quedara. Pero sabía que no debía. No si solo venía como fotógrafo.
Lo vi alejarse. Y sentí una punzada leve. Ese eco que queda cuando algo se apaga sin romperse.
Al final, Gustavo llevó a mi madre. Bianca se despidió. Le pedí que se fuera tranquila. Yo me quedaría a hablar con Lucas, y él luego me llevaría a casa.
—Todo salió espectacular —dijo Lucas cuando por fin nos sentamos.
—Sí. Qué alegría verla tan feliz.
—Y pensar que tú y yo quizá no nos jubilemos nunca.
Reí.
—Y yo, a este paso, desempleada —dije con una sonrisa resignada—. Aunque hay algo que quería contarte: me apunté a una convocatoria artística.
—¡Qué bien, Mar! Eso sí que no lo veía venir. —Sonrió, ladeando un poco la cabeza—. ¿El viaje te inspiró mucho… o te inspiró él?
—¿Qué quieres preguntar, Lucas?
—Lo sabes —dijo, sin intentar suavizarlo—. Puse mi corazón en un mensaje de WhatsApp y tú estabas, no sé, de luna de miel en Tailandia.
Lo miré seria.
—Sí, fueron días increíbles. Pero ya está. Álvaro y yo no tenemos nada.
—¿Y nosotros?
—No lo sé. ¿Estás seguro de lo que escribiste? ¿O fue impulso?
—Hubo celos, sí. Pero también verdad. Verte hoy, con tu familia, vernos tan nosotros, me recordó lo que extraño.
—¿Y si extrañas lo conocido? Lo cómodo. Más que a mí.
—Te extraño a ti —dijo. No me tocó. Pero su voz sí.
No supe qué sentir.
Tenía al hombre que había amado frente a mí. Y una parte de mí quería abrazarlo. Volver a lo conocido. A lo seguro.
Pero había otra parte. Más nueva. Más mía.
La que se había despertado en esa isla.
La que todavía temblaba al recordar otra risa. Otra voz. Otra piel.
—Lucas, quiero ser honesta. No sé lo que siento. Y no olvidemos que, hace menos de un mes, estabas comprometido.
—Entonces vayamos despacio —dijo—. Quiero estar en tu vida. Y que tú estés en la mía. Ya veremos hacia dónde nos lleva.
Me quedé en silencio.
—Sabes que, por ahora, no puedo ofrecer más que amistad.
Asintió, con los ojos fijos en mí.
—Lo sé —murmuró—. Pero aún así, quiero quedarme.