Nosotros después del arte 25
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Pasé los primeros días de regreso como si estuviera bajo el agua.

Envuelta en una bruma de jet lag: me despertaba a medianoche sin saber dónde estaba, las maletas seguían abiertas en el pasillo, hacía compras distraídas en el súper, paseaba a Samuel sin rumbo fijo.

Cada día que pasaba sin mensajes de Álvaro, el viaje se sentía menos real. Como si la rutina estuviera disolviendo todo lentamente. Como si nunca hubiéramos estado ahí.

Y me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir. No quería buscarlo. Pero lo esperaba.

Cada sonido del móvil me hacía mirar la pantalla con una mezcla de esperanza y resignación.

Era absurdo. Habíamos acordado esto. Habíamos sido claros.

Y sin embargo, me dolía igual.

Tampoco había respondido a Lucas.

Aún no entendía ese mensaje.

¿Celos? ¿Un impulso? ¿Una copa de más?

¿De verdad estaba dispuesto a dejarlo todo con Paulina y volver?

Esa mañana, por fin, le contesté.

Yo: Lucas, ya estoy en Barcelona. Creo que lo mejor es hablarlo en persona. Mi mamá me dijo que te invitó a su fiesta de jubilación. ¿Te parece si conversamos al final?

Respondió enseguida:

Lucas: Me alegra que ya estés aquí. Sí, el viernes nos vemos y hablamos.

Suspiré.

Era mejor así. Frente a frente. Sin pantallas de por medio.

~~~

Me arreglé y salí rumbo al taller de Bianca.

Íbamos a dejar listas las últimas cosas para la fiesta de mamá: unos jarrones sencillos, una caja rústica para los regalos, flores secas que ella quería repartir en botellitas de cristal.

Bianca me abrió la puerta con uno de sus abrazos envolventes.

Fuerte, cálido.

—Te extrañaba, tonta.

—Yo también —dije, sonriendo—. Te traje algo.

Le entregué un cuaderno hecho a mano con papel de fibras de bambú y un paquete de té tailandés.

—Mar, está precioso. Y este té huele a gloria. ¡Gracias!

—Nada que agradecer —dije—. Ahora cuéntame tú: ¿cómo va todo?

—No, no, no —me interrumpió, levantando un dedo—. Me cuentas tú primero. ¿Qué tal estuvo?

Me encogí de hombros y le lancé una sonrisa tímida.

—Increíble, Bi. De verdad.

—¿Y Álvaro?

—Mejor aún —dije. Y las dos nos reímos con complicidad.

—Ay, por Dios… ¡pero si llegaste con cara de enamorada!

Bajé la mirada, sin saber qué responder de inmediato.

Igual… ¿y si me había enamorado un poco?

No. Obviamente no.

Solo había sido el viaje. El lugar. El momento.

—¿Enamorada? Para nada —dije, con un tono más seco del que esperaba—.

Lo pasamos muy bien. Álvaro fue encantador, el sexo espectacular.

Pero discutimos en el avión y decidimos dejarlo ahí.

Solo amigos. Es lo mejor. Él no quiere nada serio, y yo tampoco.

Y eso de ser «amigos» que no lo son no es para mí.

Bianca me miró en silencio.

Con esa expresión suya que decía «te lo advertí» sin decirlo.

—Vamos, dilo. —Reí—. Di «te lo dije, no eres tan libre».

—No quiero decirlo —respondió—, pero no me sorprende. Igual me alegra que hayas vivido algo así. Te lo merecías.

—Sí. Era justo lo que necesitaba. Desconectar. Estar en la naturaleza.

—¿Sexo 24/7? —dijo, alzando una ceja.

Nos reímos.

—Sea lo que sea, volví inspirada.

—¿Eso quiere decir que no te vas a molestar tanto conmigo por algo que hice?

Sentí cómo se me levantaban las cejas.

—¿Qué hiciste?

Soltó el pincel y me miró como si contuviera una carcajada.

—¿Bianca?

La última vez que habíamos tenido una conversación parecida fue cuando me abrió un perfil de Tinder sin avisarme.

Y eso no había salido bien para nadie.

—Te inscribí en la convocatoria.

—¿Cómo que me inscribiste?

—Tonta, solo quiero que lo intentes. Por jugar. Por hacer algo por ti. Sin presión. ¿Me odias? —preguntó, con cara de culpa contenida.

Negué con una sonrisa.

—Aunque… un poco sí. Pero bueno, mientras busco trabajo, puedo intentarlo.

Su sonrisa se ensanchó, como si le iluminara la cara entera.

—Estoy orgullosa de ti. Te fuiste a Tailandia con un tipo que no era nada tuyo, a disfrutar como quisiste. Y ahora te animas a esto. Tal vez sí seas una Mar libre. No una superlibre, pero… digamos que en versión beta.

Reí. Y lo peor era que sentí que tenía razón.

Aunque tal vez no.

Si supiera todo lo que pasó en ese avión —Lucas, Bela, lo que no dije—… probablemente me bajaba de categoría otra vez.

—Qué tonta. —Fue lo único que me salió decir. O lo único que me permití.

Bianca trajo su portátil y me mostró la página de la convocatoria.

Ahí estaba: mi nombre, una pequeña biografía escrita por ella y una foto que no reconocía.

Debió tomarla sin avisar, meses atrás.

Yo estaba de perfil, con la luz entrando por la ventana del taller, el pincel suspendido en el aire.

Me vi desde fuera.

Mi cara tenía esa concentración serena que aparece cuando te olvidas del mundo.

Y me pareció honesta.

Luego revisamos lo que pedían: tres obras, acabadas o en proceso, y un vídeo del artista hablando de su trabajo.

Todo para dentro de un mes.

—No me asusta tanto el tiempo como grabar el vídeo —dije, acariciando el borde del portátil—. ¿Qué voy a decir? ¿Que soy informática, que pinto los martes por hobby y que lo único que he vendido fue una casita de gallinas para guardar huevos que me compró mi abuela?

Bianca soltó una carcajada.

—Si dices eso, te dan el premio solo por auténtica. Créeme, Mar, en este mundo saturado de postureo y discursos vacíos, alguien que pinta sin pretensiones es justo lo que se necesita.

Me quedé mirando la pantalla.

Lo del vídeo me daba pánico.

Pero no tanto como mostrar mi arte.

Dejar que otros entraran ahí: a ese espacio que siempre había sido solo mío.

Íntimo. Silencioso. Seguro.

Y ahora, por primera vez, dejarlo expuesto.

Visible.

Vulnerable.