Nosotros después del arte 24
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Esa mañana, como si nuestros cuerpos también supieran que era la última, hicimos el amor al despertar.

Nos exploramos con curiosidad, con ternura, con esa mezcla de deseo y confianza que ya conocíamos en el otro. A decir verdad, el sexo con Álvaro se había sentido así desde el principio: como un descubrimiento constante.

Me sentí vulnerable, pero sostenida; deseada, pero también cuidada. Siempre intenso. Incluso cuando era suave, no perdía fuerza.

Y ahora lo sabía con certeza: provocábamos en el otro algo que iba más allá del cuerpo.

Después, desayunamos juntos, ya con las maletas listas para ir al aeropuerto.

Álvaro fue a hacer el check-out mientras yo pasaba por el bar a buscar un par de botellas de agua para el camino.

Cuando salí al lobby, lo vi.

Estaba hablando con Bela.

Ella le rozó el brazo al decir algo, y él se inclinó hacia ella.

Reían, con esa confianza fácil que solo tienen quienes ya se han gustado.

Me detuve un segundo y fingí revisar el móvil.

Sentí un calor seco subir por el pecho.

Al notar mi presencia, Álvaro levantó la voz:

—¿Lista, Mar?

Asentí.

Bela se giró con su sonrisa impecable.

—Me encantó conocerte, Margarita. Espero que volváis pronto.

Su tono era dulce. Demasiado.

Me pareció extraño. Hacía un minuto la había visto coqueteando con Álvaro. ¿De qué iba?

Aunque tal vez el problema no era ella, sino yo.

Yo, que todavía no terminaba de entender del todo este mundo «libre» donde mirar, tocar o insinuar no significaba nada.

Y donde eso se suponía que estaba bien.

No dije mucho. Caminamos hacia la camioneta.

Durante el trayecto al aeropuerto no hablamos.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la ventana, fingiendo dormir.

No quería hablar.

Quería procesar.

¿Por qué me sentía así?

Estos días habían sido perfectos.

¿Entonces por qué esta bola en la garganta?

¿Por qué ese nudo al ver a Bela?

¿No se suponía que esto era parte del trato?

Llegamos al aeropuerto más rápido de lo que quería.

Todo fluyó: check-in, maletas, seguridad.

En minutos, ya estábamos sentados en el avión rumbo a Doha.

Le escribí a mi mamá que estábamos por despegar.

Y ahí, en medio del scroll, lo vi:

Un mensaje que me desestabilizó al instante.

Lucas: Mar, no debería decir esto, lo sé.

Pero estos días lo he pasado mal. Pensarte allí con otro me está volviendo loco.

Sé que suena egoísta, probablemente lo es, pero tenía que decirlo.

Esto me hizo darme cuenta de que me importas.

Todavía me importas. Si me dijeras que a ti también, lo dejo todo.

—¿Todo bien? —preguntó Álvaro, tal vez notando mi cara.

—Sí —respondí, sin mirarlo, poniendo el móvil en modo avión.

¿Lo extrañaba? Sí.

¿Lo quería? También.

¿Seguía enamorada? No lo sabía.

Pero sí sabía que una parte de mí quería volver a esa vida. A lo que conocía.

Y también sabía que lo que sentía por Álvaro no era poca cosa.

Había algo ahí que no quería soltar.

—Mar —dijo, frunciendo el ceño—, ¿te pasa algo? ¿Te arrepientes de algo?

—¿Arrepentirme? No. —Negué con la cabeza—. Fue maravilloso. Estos días han sido increíbles.

—Me alegra —dijo, con calma—. De verdad. Lo que vivimos fue muy especial. —Hizo una pausa—. Pero sé que algo te pasa. Si no quieres contármelo ahora, está bien.

Álvaro había sido sincero conmigo. Sobre lo que quería y lo que no.

Y yo también quise serlo.

Me tomé unos segundos. Y entonces lo dije:

—Es Lucas.

—¿Qué pasa con él?

—Me escribió. Que me quiere. Que me extraña.

Se quedó en silencio. Me miró fijo, más con una curiosidad tranquila que con celos.

Como si de verdad quisiera entender, no reclamar.

—¿Y tú? ¿Qué sientes?

—No sé. Supongo que una parte de mí siempre va a quererlo. Pero ahora, no sé ni quién soy.

—¿Y sabes quién quieres ser?

—Quiero arriesgarme más —dije—. Estos días, el trabajo, el viaje, tú. Todo me dice que necesito vivir distinto. Soltar el control.

—¿Y él encaja en esa nueva versión de ti?

—Tal vez. Me apoyaría. Pero él es lo conocido. Sé estar con él.

Álvaro me miró con ternura.

—Eres una mujer increíble, Mar. No me sorprende que él no haya podido seguir adelante. Tantos años contigo, eso debe dejar una huella enorme.

Sonreí. Me dolió un poco.

—Si todavía lo quieres, quizá sea una oportunidad. De volver desde otro lugar. Una nueva tú, con un nuevo él.

No supe qué sentir.

Me estaba animando a recuperar una historia pasada, después de una semana que se sintió irreal. De lo perfecta, íntima e intensa que fue.

Todo se había sentido presente. Honesto. Como si la vida nos hubiera regalado una tregua.

Un paréntesis.

Y además, no podía ignorar lo que vi.

La risa con Bela.

Esa cercanía. Ese algo que no supe nombrar, pero que me incomodó.

No fue una traición. Lo sabía.

Pero algo en mí se activó.

Me ardió.

Como si me dieran acceso a algo hermoso, y al mismo tiempo me recordaran que no me pertenecía.

Quise tragarme la incomodidad.

Decirme que no era nada.

Pero no pude.

El cuerpo habló antes que la cabeza.

—A ti lo que pasó estos días no te importó nada, ¿verdad?

Él echó un poco la cabeza hacia atrás. Como si mis palabras lo hubieran descolocado por completo.

—Marea…

—Álvaro.

—Suena más bonito Mío. —Intentó sonreír.

Yo no. Solo lo miré.

—Estos días fueron increíbles —dijo—. Lo siguen siendo. Pero no quiero cohibirte de nada.

Asentí.

Pero sentí cómo la rabia empezaba a acumularse en el pecho.

—Claro. Se me olvidaba. Solo era disfrutar, ¿no?

—No lo digas así —dijo, bajando la voz—. No voy a ponerme en el medio de algo tan importante para ti. Si lo quieres, entiendo que lo pienses. Solo quiero que hagas lo que de verdad te haga bien. No sé qué esperabas que dijera… o qué querías que hiciera.

—Quería que no coquetearas con otra teniéndome a cuatro pasos.

¿Y eso qué era?

Una parte de mí —más adolescente, más impulsiva— había tomado el control.

Una que no sabía callarse.

Una que todavía quería sentir que algo era suyo.

Álvaro desvió la mirada hacia la ventanilla, como si necesitara un segundo para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse.

Luego volvió a mirarme.

—Bela solo se despidió. Me disculpé por no contestar la última vez. Eso fue todo.

—Claro. Igual no tengo derecho a preguntar. Somos «amigos», ¿no?

—Sí —dijo, despacio.

El silencio que siguió fue denso.

Respiré hondo.

Pensé en esos días.

En lo que habíamos hecho.

En lo que habíamos sentido.

En lo que creía que él también había sentido.

—Álvaro, lo que vivimos parece mentira.

Él asintió con una sonrisa.

—Pero esto sí me hizo darme cuenta de algo —seguí—.

Tal vez no tengo el nivel de conciencia o madurez, o lo que sea, para tener una relación como la que acordamos.

Una en la que me animas a volver con mi ex, o donde tengo que actuar como si no me afectara que coquetees con alguien más. Y si ninguno quiere algo distinto…

Hice una pausa.

Esperando.

Deseando.

Que dijera: yo sí quiero.

No lo hizo.

Así que seguí:

—Entonces creo que lo mejor es darnos un poco de espacio. Ser amigos, pero de verdad.

No como lo fuimos estos días.

Sentí tristeza.

Pero también una necesidad fuerte de cuidarme.

No podía entender cómo alguien que me hacía sentir tan segura podía, al mismo tiempo, hacerme dudar tanto.

Y ya lo había aprendido —a golpes—: esa seguridad tenía que venir de mí.

Y si para estar en paz necesitaba distancia, entonces eso era lo que tenía que elegir.

—Si eso es lo que quieres, está bien —dijo él—. Voy a echar de menos esto, pero lo entiendo.

«No es lo que quiero. Es lo que me estás obligando a hacer», pensé.

Me hervía la sangre verlo tan tranquilo.

Asentí.

Fueron las dieciséis horas más largas de mi vida.

Durante el primer vuelo no dormí nada. Cada uno en lo suyo.

Yo abría un libro y las imágenes del viaje volvían solas: la sesión de respiración, la niña del barco, los peces, los elefantes, el verde intenso, el olor a sal.

Quería guardar todo eso. Más allá de Álvaro.

Ese viaje había sido un respiro para mi alma.

En el segundo vuelo, el cansancio me venció.

Cuando desperté, faltaban tres horas para aterrizar en Barcelona.

Pensé en la semana que venía: volver al taller con Bi, hacer la compra, buscar trabajo.

Y claro, hablar con Lucas.

Y ahí estaba la ironía:

Un hombre, a mi lado, me decía que solo podía ofrecerme amistad.

Otro, a miles de kilómetros, estaba dispuesto a dejarlo todo.

Tomamos un taxi.

Álvaro insistió en acompañarme hasta casa.

—¿Quieres que te suba la maleta? —dijo en la puerta.

—No, gracias. No pesa y hay ascensor.

—Vale.

—Gracias por todo, Álvaro. De verdad.

Ese viaje me había cambiado más de lo que entendía.

Él sonrió.

Me abrazó. Largo.

Como si tampoco quisiera soltarme.

—Hablamos estos días, ¿sí?

Asentí. Aunque en el fondo, no estaba segura.

Cuando se fue, me quedé ahí, sola, con la maleta a un lado y el cuerpo todavía lleno de él.

No lloré.

No todavía.

Solo me quedé quieta, tratando de entender en qué momento algo tan vivo había empezado a doler así.

No sabía qué dolía más: lo que habíamos sido o lo que no íbamos a ser nunca.