Nosotros después del arte 23
51%

23

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a hacer snorkeling.

Nos llevaron en lancha hasta una bahía donde el mar parecía una piscina de cristal. Solo que viva: peces de colores, corales inmensos, destellos que se movían bajo la superficie, incluso vimos pasar un grupo de delfines tan cerca que casi podías escuchar cómo respiraban.

A cada minuto, aparecía algo nuevo: una forma, un brillo, un movimiento distinto.

Y, entonces, escuchaba su voz, entusiasmada, inconfundible:

—¡Marea, tienes que ver esto!

Nadaba hacia él, riendo bajo el tubo, segura de que siempre habría algo más esperándome. Algo más brillante, más hermoso.

Cuando subimos al barco, los dos estábamos eufóricos.

El mar tiene esa manera de recordarte que estás vivo. Que perteneces a algo mucho más grande.

—Eso fue increíble —dijo, con el pelo mojado y una sonrisa que le llegaba a los ojos.

—Me encantó —respondí, aún con el corazón acelerado.

Me envolví en la toalla, con la sal todavía en los labios.

—Me gusta mi apodo, ¿sabes? Se escuchaba muy bien eso de «¡Marea, ven a ver esto! ¡Marea, no te lo puedes perder!»

Él soltó una carcajada.

—¿Ah, sí? —Rio—. ¿Y el mío? ¿No ibas a ponerme uno?

—Tal vez no he encontrado un apodo porque cualquiera que pienso te hace mío. —No supe de dónde salió lo que dije, porque en cuanto lo hice, me arrepentí.

Él me miró en silencio, con una expresión suave, como si intentara descifrar lo que acababa de oír.

Por un momento no dijo nada.

Yo contuve la respiración.

—Soy tuyo —respondió entonces, con una sonrisa apenas visible.

No supe si reír o rodar los ojos.

—Eres todo menos mío, Álvaro.

—Cuando estoy contigo, sí lo soy.

—Bueno —intenté sonar ligera—, entonces cuando estés conmigo te puedo decir Mío.

—Me gusta —dijo, acercándose—. Marea y Mío. Suena a buena pareja.

Sonreí.

Pero su frase me incomodó.

No porque no fuera bonita, sino porque me recordó que eso era justo lo que no éramos.

Pensé en Bela. En cómo me había dicho que él simplemente no volvió a contestar. Y no sé cómo, en un momento que era perfecto, la cabeza me ganó. Él debió notarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó, mirándome sin entender del todo.

—¿Qué estás buscando conmigo, Álvaro? —solté.

Frunció el ceño. Como si necesitara procesar bien la pregunta antes de responder.

—No lo sé, Mar, que nos dejemos llevar. Que lo pasemos bien. Que vivamos esto sin presión.

—¿Y eso qué significa? —repliqué—. ¿Un rollo? ¿Como el que tuviste con Bela? ¿Eso de que todo es bonito hasta que un día desapareces? —Me salió más cortante de lo que quería.

—Mar —dijo con calma—, con Bela fui honesto desde el comienzo. Y cuando sentí que ella esperaba algo más, tomé distancia. Se lo dije en persona, en Madrid. No desaparecí porque sí; pensé que dejar de contestar era la forma más clara de no seguir alimentando algo que yo no podía ofrecer.

Asentí.

—Entonces este es ese momento, ¿no? En el que me dices la verdad a mí también.

Me miró un segundo antes de hablar.

—Eres mi amiga, Mar. Y me gustas. Mucho. Quiero seguir viviendo esto contigo, pero…

—Pero sin compromiso —completé, en voz baja.

El silencio se volvió espeso.

La lancha avanzaba despacio, marcando un ritmo leve, constante.

Me apartó un mechón de pelo y lo dejó caer entre sus dedos.

—No quiero darte falsas expectativas. No quiero hacerte daño. Me encantas. Si alguna vez pensara en algo serio con alguien… probablemente serías tú. Pero ahora mismo no sé si puedo.

Sentí la espalda tensarse. No dije nada.

Miré hacia el mar, como si la respuesta estuviera allí afuera.

La verdad era simple: yo tampoco estaba lista para algo serio.

Me acababan de despedir. Y lo más confuso: aún no sabía qué quería con Lucas.

Quizá lo de «algo serio» era solo una costumbre.

Algo aprendido, no elegido.

Lo que vivía ahora con Álvaro era distinto. Ligero, honesto, presente.

Y quizá eso —justo eso— era lo que necesitaba.

—¿En qué piensas? —preguntó, con voz baja.

—En que, en realidad, ahora mismo tampoco quiero algo serio —dije, con más certeza que duda—. Nos han hecho creer que si no estás en una relación, estás incompleta.

Y puede que no fuera así.

Quizá solo estaba cansada de tener que nombrarlo todo.

Él respiró hondo.

Como si mis palabras le dieran permiso para quedarse.

—Por un momento pensé que te había perdido —susurró, con una media sonrisa—. ¿Entonces estás bien con esto, con lo que sea que estamos haciendo?

Me tomé unos segundos antes de responder.

—Sí. Podemos intentarlo. Una amistad… distinta.

Se acercó un poco más.

—¿Alguna condición?

—Más que condición, una pregunta: ¿cuántas amigas así tienes?

Él alzó las cejas, sorprendido.

—¿Cuántas crees?

—No sé… ¿un par?

—Ninguna.

Bajé la mirada, procesando.

—No sé si podría estar contigo y pensar que el próximo fin de semana podrías estar con otra.

—No quiero prometer algo que no pueda cumplir —dijo despacio—. Pero ahora mismo no hay nadie más. Solo tú me das vueltas en la cabeza.

—Entonces mi única condición es la honestidad. Si aparece otra persona, me lo dices.

Puede que para entonces ya no me importara… o sí.

Pero quería saberlo.

—Te lo diré.

—¿Y tú? ¿Quieres que te lo diga si me pasa?

Él sonrió, apenas.

—Tienes libertad, Mar. Puedes contármelo. O no.

Era dulce. Y agrio. A la vez.

Esperaba que la libertad se sintiera mejor al vivirla que como sonaba en mi cabeza.

—Tenemos un trato, supongo —dije.

Él me miró con brillo en los ojos.

Me acarició la mano. Me besó.

El beso supo a sal, a sol, a algo muy parecido al amor.

Solo que, esta vez, era otra cosa.

El resto del día lo vivimos así: tranquilos, sin demasiadas palabras, como si todo se entendiera igual.

Volvimos al hotel, nos duchamos, descansamos un rato.

Nos tocamos como si aún estuviéramos bajo el agua: con calma, con entrega, sin prisa.

Me sentía en paz. Como si, por fin, hubiera aflojado algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

~~~

Después del mar y su euforia, los elefantes trajeron otro tipo de asombro. Más callado. Más íntimo.

Nos levantamos temprano y condujimos casi dos horas por caminos irregulares, hasta llegar a un lugar escondido entre la selva. No era un centro turístico. Era un santuario.

Nada de montar, ni alimentar. Solo observar.

Ellos eran los dueños del espacio. Nosotros, apenas visitantes.

Álvaro iba tomando fotos desde que bajamos del coche. El aire era húmedo, espeso, cargado de verde. Caminábamos de la mano por senderos de tierra cuando, sin previo aviso, una pareja de elefantes apareció frente a nosotros.

Nos detuvimos.

Tan cerca que podía ver cómo se movían sus pestañas.

El sonido de su respiración —lenta, pausada, casi meditativa— llenaba el aire.

Me parecieron sublimes. No había otra palabra.

Álvaro también se quedó quieto, inmóvil, como si lo sagrado del momento lo hubiera alcanzado. La cámara colgaba de su cuello, olvidada.

Apreté su mano.

No me daba miedo.

Eran enormes, sí. Imponentes.

Pero no me sentí amenazada. Solo pequeña.

Pequeña como parte de algo mayor.

Como en el mar.

Me invadió una certeza suave: la de estar exactamente donde debía, sin hacer nada, sin cargar nada, solo respirando, solo siendo.

Pensé en la niña que había visto unos días antes. La que arrastraba un barco descomunal con las manos dolidas.

Tal vez eso era lo que intentaba mostrarme: que había llegado el momento de soltar la cuerda, de dejar de empujar lo que ya no quería moverse, de no forzar. De quedarme con lo que estaba.

Con lo que ya era suficiente.

Observamos en silencio cómo se alejaban, lentos, adentrándose en la selva.

Álvaro me miró y dijo en voz baja:

—En otra vida, esos somos tú y yo. Caminando juntos.

No respondí.

Pero pensé: «En esta también podríamos serlo».

~~~

Esa era nuestra última noche.

Cenamos en un restaurante tailandés de esos que parecen más experiencia que comida. Pero el pad thai, tenía que admitirlo, valía cada ceremonia.

—No puedo creer que ya volvamos mañana —dijo.

—Ya sé, ha sido increíble. Me he sentido tan viva…

Él me miró con esa mezcla suya de ternura y deseo contenida en una sonrisa que no terminaba de dibujarse.

—Tú me has despertado todo, Mar.

Sentí cómo algo se abría en el pecho.

Como si dentro de mí también se estuviera despertando algo.

Nos quedamos ahí, conversando con una copa de vino entre las manos.

Recordamos momentos del viaje, nos reímos de cosas pequeñas que ya sonaban lejanas.

Y en algún momento —sin decirlo— nos acercamos más. Un poco más.

Como si el cuerpo supiera antes que nosotros que esto estaba por terminar.

—¿Y qué tienes pensado hacer cuando llegues? —preguntó, con media sonrisa—. Además de llenar de besos a Samuel, claro.

Reí.

Ya me iba conociendo.

—No sé, tengo muchas ganas de pintar. Quiero ir al taller de Bi, pero también montar algo en mi casa, aunque sea pequeño.

—Esa idea me encanta —dijo.

—Y bueno, terminar de organizar la fiesta de jubilación de mi mamá. Ya está casi todo, pero con Bi tenemos que ultimar un par de cosas.

—Por cierto —añadí, mirándolo—, estás invitado, Mío.

Él sonrió.

—Gracias. Allí estaré.

—¿Ya tienes fotógrafo? —preguntó después, con media sonrisa.

—Aún no.

—Entonces déjame hacerlo.

—No tienes por qué. Con que estés es suficiente.

—Déjame hacerlo —dijo—. Me haría feliz ayudar.

Lo miré un segundo, intentando disimular la emoción.

—Vale, gracias —dije al fin, con una sonrisa suave.

Volví a la lista de invitados.

—Mi madre me pidió invitar a Gustavo. —Rodé los ojos—. Ya veremos si su relación sigue siendo paciente-doctor-operador de apéndices.

Álvaro soltó una carcajada.

Luego me miró con una sonrisa que prometía algo.

—Tengo algo para ti —dijo.

Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un pequeño sobre.

—Toma —dijo, entregándomelo.

Adentro, una cadena de plata.

En el centro, un dije diminuto de dos elefantes en filigrana, como si alguien los hubiera tejido con hilos de paciencia.

—Verlos así, tranquilos… tan cómodos el uno con el otro —dijo él, bajando la voz—. No sé. Así me he sentido contigo.

Me quedé en silencio. El corazón en la garganta. Intenté decir algo, pero solo asentí.

Me levanté despacio y lo abracé.

Terminé sentada sobre sus piernas mientras él me ponía el collar con cuidado, como si fuera algo que no se debía apurar.

—Gracias —susurré al fin, apenas audible.

—A ti, Marea —respondió.

Esa noche dormimos entrelazados.

Fue la mejor noche de todas.

La más leve. La más llena.

Nada me hizo sospechar que, al día siguiente, todo se rompería.