Nosotros después del arte 22
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Ya en la habitación me di un baño y, de un momento a otro, el clima cambió. Hacía viento y algo de frío. El cielo estaba cubierto de nubes grises.

Me puse una camisa por encima, preparé un café en la máquina y salí a la terraza con mi libro.

El aire olía a humedad, a hierba mojada, a esa mezcla viva de naturaleza que parece pegarse a la piel.

Me quedé ahí un buen rato sin abrir el libro. Solo respirando.

Había algo sagrado en esa pausa: en simplemente estar.

Me sentía tan a gusto que, por un momento, incluso olvidé la conversación con Bela.

Durante años, llené los días de tareas, mensajes, reuniones, como si solo existiera cuando estaba ocupada.

Pensé que, en este sistema, detenerse así —unos minutos, unas horas, unos días— era casi un acto de protesta.

Reclamar el derecho a no hacer.

A no deber.

A existir sin demostrar.

Y ahí estaba yo: sentada, sin propósito, sin plan. Pero viva.

Y eso bastaba.

El café se estaba enfriando cuando abrí el libro al fin, sin prisa.

Estaba absorta en la lectura cuando escuché el sonido de la puerta abriéndose con la tarjeta.

Levanté la vista. Álvaro entraba, igual de cargado que el día anterior, pero con una expresión más cansada.

—Mar, quédate ahí —dijo apenas me vio.

Dejó el morral en el suelo, levantó la cámara y empezó a tomarme fotos.

—¿Qué haces? —pregunté, riendo—. Estoy cero presentable para eso.

—Estás perfecta —dijo, sin dejar de disparar—. Siéntate como estabas, toma la taza.

—¿Todos los fotógrafos son así de mandones? —bromeé.

—Ni te imaginas —respondió, con una media sonrisa, cambiando de ángulo.

—¿Ya? —dije, entre divertida y curiosa.

—Espera… —susurró. Tomó un par más y finalmente dejó la cámara sobre la mesa.

—Ahora sí —añadió, sonriendo.

Decidí que la conversación con Bela podía esperar.

Ahora solo quería tenerlo cerca. Sentirlo.

Me lancé hacia él sin pensarlo. En un segundo estaba entre sus brazos, mis piernas enredadas en su cintura, y él riendo mientras me sostenía fuerte por las caderas.

—También me alegra mucho verte —dijo, riendo contra mi boca.

—Me gusta cómo se te ve mi camisa —añadió, con una sonrisa traviesa.

—¿Me la puedo robar? —pregunté.

Él bajó la voz, rozando mis labios.

—Si me dejas quitártela… es toda tuya.

Reí.

—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunté, todavía entre risas.

—Esto —respondió, besándome mientras me hacía retroceder hasta el borde del escritorio.

El deseo fue inmediato, compartido.

Sus manos se deslizaron por debajo de la camisa; su boca encontró mi cuello.

Yo lo abracé por la espalda, respondiendo sin pensar.

La camisa cayó al suelo. No llevaba nada debajo.

Sus manos me recorrieron con lentitud, encendiendo la piel bajo su tacto.

Deslicé los dedos por su espalda y empecé a quitarle la camiseta.

Él se la quitó del todo y la dejó caer.

Seguimos besándonos, sin pausa, con esa urgencia que ya no busca permiso.

Álvaro se arrodilló frente a mí.

Bajó lentamente mis shorts, luego las bragas, y me besó entre las piernas con más decisión que la primera vez.

Una confianza nueva, firme.

El cuerpo empezó a hablar solo: movimiento, respiración, temblor.

Yo también quería tocarlo, explorarlo.

No por deber, sino por deseo. Por curiosidad.

Me bajé de la mesa, lo tomé de los brazos y lo llevé hasta la cama.

Álvaro se dejó caer sin protestar, las manos al costado del cuerpo. Me miraba con una calma expectante.

Me subí sobre él, notando cómo su respiración cambiaba apenas al tenerme encima.

—¿Te gusta tener el control? —preguntó, con una media sonrisa.

—La verdad, sí —admití—. Pero contigo es una causa perdida.

Él solo rio.

Bajé despacio por su torso, sintiendo cómo se tensaban sus músculos bajo mi boca.

Deslicé los dedos por el borde de sus bóxers y los bajé con lentitud, sin romper el contacto visual, saboreando el gesto.

Lo besé entre las piernas.

Mi mano acompañó el movimiento, siguiendo el ritmo de su cuerpo.

Su respiración se volvió más densa, más irregular.

Lo miré de nuevo.

Seguía mirándome. No solo con deseo: con apertura.

—¿Tienes un condón? —pregunté, apenas en un susurro.

Asintió. Fue hasta su maleta.

Y sin saber cómo, terminé encima de él, entre risas suaves y respiraciones entrecortadas.

Sus manos se aferraron a mis caderas. Las mías, a su pecho.

Sentía nervios. Pero también una certeza cálida.

Lo sentí entrar en mí.

Él hizo un sonido bajo, profundo, al sentirme. Me incliné para besarlo.

El movimiento se volvió un lenguaje propio.

Lento al principio, contenido. Después, más intenso.

La respiración mezclada, la tensión creciendo.

Sus manos subieron por mi pecho.

Y en ese instante, todo fue cuerpo. Todo fue ahora.

Dejé escapar la tensión en un gemido que no intenté contener.

Y, al poco, lo sentí rendirse también.

Soltó el aire como si el mundo se hubiera detenido.

Nos quedamos ahí.

Uno junto al otro.

Respirando sobre la misma piel.

—Joder, Margarita… —murmuró, con la voz aún rota.

Me miró con una sonrisa lenta, como si todavía estuviera regresando a sí mismo.

—¿Sigues creyendo que no tienes el control? —susurró.

Sonreí.

Y me dejé estar ahí, un momento más, antes de que volviera el mundo.

Uno en el que sabía —con todo el cuerpo— que no tenía el control de nada.

Mucho menos de esto.