21
La clase de yoga de ese día tenía más gente: seríamos unas diez personas. Bela se presentó, era brasileña.
Cuando llegó mi turno, me presenté.
—Margarita. From Colombia.
Bela asintió desde el frente del salón.
La clase empezó sin mucha ceremonia: hatha suave, pero en ese calor, nada se sentía suave.
Cada postura era un pequeño incendio. El aire espeso, la humedad pegada a la piel.
Bela corregía con firmeza dulce. Caminaba entre las esterillas con una seguridad silenciosa, sin imponer nada. Y tenía ese acento leve, casi musical, que le quedaba bien con su energía serena.
Me intimidaba. No porque fuera dura, sino porque tenía esa energía tranquila, demasiado tranquila, de quien sabe exactamente quién es.
Pensé: claro, ese era el tipo de mujer que le gustaba a Álvaro.
Al final de la clase, me acerqué.
—Thanks. I really liked it —dije.
Ella me sonrió.
—Margarita, ¿verdad?
—Sí.
—Con gusto. ¿Quieres tomar un café?
Me sorprendió. Había sentido curiosidad por ella, sí. Pero no esperaba una invitación tan directa.
—Claro —respondí, sin pensarlo mucho.
Nos sentamos en una mesa cerca de la piscina. El sol aún no estaba alto, pero el calor ya se pegaba a la piel.
Pedimos dos cafés y un par de bowls de fruta. Bela pidió el suyo sin plátano.
Hablamos de todo un poco.
Me contó que había vivido varios años en Madrid —de ahí su español perfecto—, que antes estuvo en Ámsterdam, y que hacía cinco años se había instalado en Tailandia.
Daba clases casi todo el año en el resort, pero viajaba a India o a Bali cada vez que podía.
Yo le conté un poco de mí: que vivía en España, que venía de una relación larga y que acababan de despedirme.
No entramos en detalles. Pero fue suficiente para conocernos un poco.
—Ayer te vi con Álvaro —soltó, casi casual, tras una pausa breve.
—Sí, vino por trabajo y aproveché para venir unos días. Me dijo que se conocieron aquí hace un par de años.
—¿Te contó algo más?
Negué con la cabeza.
Ella bajó la mirada, como si estuviera decidiendo si decirlo o no. Al final, no hizo falta que insistiera.
—¿Pasó algo entre ustedes? —pregunté, lo más neutral que pude.
Asintió.
—Nada serio. Pero fue bonito. Fluido. Sin expectativas. Después seguimos hablando un tiempo. Y una vez coincidimos en Madrid.
Sentí una punzada seca, no de celos, sino de desconfianza.
Álvaro no me había mentido. Pero sí había omitido.
—¿Y quedaron en contacto? —pregunté. Me oí un poco más intensa de lo que pretendía.
—Yo sí le escribí después de Madrid —dijo—. Pero él dejó de contestar.
Abrí los ojos, sin poder evitarlo.
—Ya sé cómo suena. Pero fue honesto desde el inicio. Me dijo que quería pasarlo bien, sin compromisos. Supongo que cuando empecé a buscarlo más, esa fue su manera de recordarlo.
Asentí, sin decir nada.
—¿Y tú y él? —preguntó Bela—. ¿Lograste que se comprometiera con algo?
Reí. No por burla. Reí porque la pregunta tenía algo de ingenuidad.
—No. Somos amigos. Bueno… amigos que se atraen, pero amigos al fin —lo dije como si fuera simple. Pero no lo era.
Porque, en realidad, nunca habíamos puesto reglas. Sabía que había algo más entre nosotros.
Y también sabía que Álvaro no era de quedarse mucho rato en ningún lado.
—Bueno, si están en la misma página, todo bien —dijo Bela, encogiéndose de hombros.
Asentí. Pero no estaba del todo segura de en qué página estábamos.
Después hablamos de otras cosas.
Me recomendó una reserva de elefantes donde los animales eran libres y solo se les observaba, sin tocarlos.
Me dijo que quería conocer Colombia en su próximo viaje a Brasil, así que yo le di un par de recomendaciones, le hablé del Tayrona, de Salento.
La conversación se volvió liviana. Cálida.
—Fue un gusto conocerte, Margarita. Seguro que nos cruzamos otra vez.
—Igualmente.
Se fue con su mat bajo el brazo. Caminaba con ligereza.
Yo me quedé sentada, mirando el agua brillante de la piscina, respirando el aire espeso, húmedo.
No estaba triste. Ni molesta.
Era más bien una angustia suave. Como un eco.
Estaba aquí, abriéndome a alguien. Disfrutando.
Y de repente, la intimidad volvía a parecer un riesgo demasiado grande.
¿En qué cambiaba esta conversación, si Álvaro había sido honesto?
Quizá en nada.
Pero igual dolía que, en algún momento, simplemente hubiera desaparecido.
Quizá la angustia no era lo que Bela dijo.
Sino lo que venía después.
Al otro día, Álvaro estaría libre. Supuestamente pasaríamos el resto de las vacaciones disfrutando juntos.
Y sí, podía hacer como si nada. Podía seguir con la risa fácil y la piel encendida.
Pero no quería eso.
Quería saber en qué historia estaba metida.