Nosotros después del arte 20
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Me despertó un beso en la frente y su voz en susurro:

—Mar, ya me voy. Disfruta el día.

Estaba oscurísimo. Alcancé a oír la puerta al cerrarse y volví a caer dormida.

Un par de horas después sonó mi alarma. Me puse el top deportivo y unos shorts, y bajé medio dormida al estudio del hotel.

La actividad se llamaba «Soltar y estar». Éramos solo cinco personas. El instructor se presentó con una sonrisa limpia:

—Tac. Como tic-tac —dijo en inglés, y continuó en ese idioma.

Joven, moreno, hombros anchos, una calma que se sentía física. Cada uno compartió su nombre y país. Luego, comenzamos.

Primero movimientos suaves, estiramientos lentos. Tac se movía con presencia, sin exageración, como si no necesitara levantar la voz para que le hiciéramos caso.

Después explicó que haríamos una respiración para entrar al subconsciente.

—Puede que se sientan raros: mareo, cosquilleo, emociones —advirtió—. Todo está bien. Sigan respirando.

Me tumbé sobre el mat. Al principio, no sabía si creerle. Era solo aire entrando y saliendo. Pero, poco a poco, algo comenzó a aflojarse. Cada exhalación barría una capa, como si me despejara por dentro. Sentía que descendía: no en el cuerpo, sino en algún lugar más hondo.

El suelo se volvió más blando. El aire, más denso. La cara me ardía.

Y entonces, apareció una imagen.

Una niña —yo— no mayor de cinco años. Llevaba botas lilas y arrastraba con esfuerzo un barco, un barco real. Enorme. De papel grueso, pero más grande que ella. Sostenía la cuerda con las dos manos. Le dolían. Pero no lo soltaba.

—Exhalen todo… y quédense sin aire —dijo Tac.

Lo hice. Me quedé ahí, suspendida en un silencio limpio. Por unos segundos, no respiré. No pensé. Solo la vi: esa niña mirándome desde algún lugar antiguo. No sonreía. Solo me miraba. Como esperando.

Volví a abrir los ojos cuando la sesión terminó.

Tac repartió libretas pequeñas.

—Escriban lo que sintieron. Lo que vieron. Lo que quieren soltar.

Escribí sin pensarlo mucho:

«¿Qué significa ese barco? ¿Por qué lo arrastro todavía? ¿Qué tanto me pesa?»

No compartí nada en voz alta. Solo escuché a los demás, que hablaban de padres, despedidas, emociones sueltas. Tac me miró un instante antes de cerrar la sesión.

—¿Estás bien? —preguntó al acercarse.

—Sí. Gracias. —Asentí.

—Kapun krap —dijo, con una leve reverencia.

Subí al restaurante con hambre feroz. Me serví frutas, huevos y un caldo que olía a jengibre. Me senté frente al jardín. Las flores brillaban como si acabaran de abrirse. Los pájaros eran la única música.

Revisé el móvil.

Mamá: Todo bien por aquí.

Adjuntaba una foto de Samuel, panza arriba, patas al aire, dueño de todo el sofá. Sonreí. Le respondí con una nota de voz, le mandé un par de fotos del mar. Hice lo mismo con Bianca.

Abrí la conversación con Lucas. Su último mensaje decía «Buen viaje».

Le escribí:

Yo: Gracias. Llegamos bien. Te escribo al regresar.

Lo hice con cuidado. Como quien marca un límite suave. No era que hablar con él estuviera mal. Era que ahora quería estar aquí. No en otro tiempo. Ni en otro lugar.

Subí, me tiré en la cama sin quitarme la ropa. Pensé que dormiría una hora, pero cuando abrí los ojos eran más de las cuatro.

Me puse el bikini, agarré el libro y bajé a la piscina.

El calor era espeso, el agua un alivio. Pero mi cuerpo seguía tenso.

Esa sesión había removido algo que no entendía. En teoría ya lo había soltado todo: pareja, trabajo, ciudad.

¿Entonces qué era eso que todavía me pesaba?

¿Qué me estaba pidiendo esa niña?

Me senté en el borde de la piscina, con las piernas sumergidas. El agua se sentía templada, pero mi cabeza seguía lejos.

Y entonces lo vi.

Álvaro.

Venía entrando al lobby con la cámara al cuello, el morral medio abierto y los tubos del trípode asomando. Tenía el cuerpo cansado, pero una expresión luminosa.

Lo vi detenerse. Hablaba con una mujer. Ella reía. Él también.

Al enfocarme, la reconocí: era una de las instructoras del hotel. Alta, piel tostada, melena suelta. Había visto su foto en el programa de actividades.

Se despidieron con un abrazo corto. Cómodo. Como dos que ya se conocen.

Una punzada me recorrió el estómago.

No supe si eran celos. Preferí llamarlo curiosidad con sabor agrio.

Él giró la cabeza, me vio. Sonrió. Caminó hacia la piscina.

—Hola —dijo al dejar el equipo en la tumbona de al lado. Me dio un beso rápido, pero firme.

—¿Cómo te fue? —pregunté.

—Increíble. La luz estaba perfecta. Y encontramos un pescador que nos dejó subirnos a su bote. Hicimos varias tomas desde ahí. Salió todo como quería.

—Qué bueno. Se te ve feliz.

Asintió con una sonrisa.

—¿Y tú? ¿Te gustó tu clase?

—Sí. Aunque fue más rara de lo que imaginaba. Respiración de fuego, imágenes raras… todavía estoy un poco revuelta.

Él rio suave, comprensivo.

—Este lugar tiene algo. Te saca cosas.

—Vi que estabas con una de las instructoras. ¿La conoces de antes?

—¿Bela? Sí. Estuve aquí hace un par de años. Coincidimos en varias clases.

Asentí. No dije nada más.

Pero algo en esa respuesta se me quedó en el pecho.

No era solo que conociera a Bela. Era que, de pronto, tenía preguntas que no podía hacer. No todavía.

No estábamos en ese punto.

No éramos eso.

Y yo no quería parecer una celosa. Mucho menos una que se inventa problemas en medio del paraíso.

Pero igual me lo pregunté: ¿había pasado algo entre ellos la última vez que estuvo aquí?

Y si sí… ¿Por qué me importaba tanto?

—Voy a dejar esto en la habitación, me cambio y vuelvo. ¿Te pido algo? —dijo de pronto, cortando en seco el torbellino.

—Yo me encargo —respondí, casi por reflejo.

Pedí dos cervezas, guacamole, spring rolls y papas rústicas.

Volvió en bañador azul y camisa de lino. Se quitó la camisa, dio un sorbo a la cerveza, probó un rollito y se tiró al agua.

Nadó un par de veces y luego se acercó a mí, que seguía sentada al borde.

—¿Vienes?

Asentí y bajé por la escalerita.

—Me encanta ese color en ti —dijo, acercándose.

El bikini era rojo. No suelo elegir ese color; lo compré porque, milagro, me quedaba bien: tengo el pecho pequeño y caderas anchas y encontrar bañador a veces es una misión complicada. Cuando uno te abraza bien arriba y no te corta abajo, te lo llevas aunque sea fucsia con lunares.

—No es mi favorito —admití.

—Debería serlo.

Crucé las piernas alrededor de su cintura. Me sostuvo por la espalda.

—Te pensé mucho hoy —dijo.

—¿Sí? Yo te imaginé muy ocupado con la costa kárstica.

—También. Pero quería volver y verte.

—Yo también te pensé —admití.

Pero algo en mí seguía desconectado. Como si la sesión me hubiera dejado la piel más fina.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo… no sé. Esa sesión me dejó revuelta.

—¿Quieres contarme?

Negué.

—Quizá más adelante. Creo que tengo que aprender a jugar con cosas de mi tamaño.

Él echó la cabeza hacia atrás y rio suave.

—¿La conversación va a tomar un ritmo erótico?

—Ya sé, sonó rarísimo. —Reí también—. Solo quise decir: pasarlo bien sin tanto plan. Sin peso.

—Conmigo puedes jugar. Prometo intentar ser de tu tamaño —dijo, con picardía.

Reí también, pero al segundo mi mente empezó a girar.

¿De verdad podía «jugar» sin más?

Lo había visto hablando con otra y todavía sentía la piel encendida.

Cuando pensaba en jugar… ¿sería que lo que temía era que jugaran conmigo?

Sin pensarlo, me solté de su cuerpo y me senté en el borde de la piscina.

Él me siguió. Se colocó entre mis piernas y apoyó las manos sobre las mías, firmes en el borde.

El silencio era espeso, como si algo estuviera por romperse.

Me miró, esperando algo.

Entonces solté.

—Mañana voy a probar la clase de Bela —dije, como quien no quiere, pero quiere.

Y él solo asintió.