19
Se quitó la camiseta, sin apartar los ojos de los míos.
Yo tragué saliva, esperando que no lo notara. Me gustaba su abdomen, su espalda, pero sobre todo, la manera en que habitaba su cuerpo. Tranquilo. Presente. Como si no fuera consciente del efecto que tenía.
Lo acerqué hacia mí. Él apoyó una mano en mi cintura y la otra en la pared, y yo quedé atrapada entre ambos. Sentía su respiración, el latido acelerado bajo mi pecho. Me besó el cuello despacio, sin prisa.
Yo deslicé mis dedos por su abdomen; estaba frío. Bajo mi mano, noté cómo se endurecían los músculos, como si su piel despertara al contacto.
Luego empezó a desabrocharse el pantalón. Me quedé inmóvil. No sabía si mirar o apartar la vista.
Él lo notó y sonrió.
—¿Quieres seguir? —preguntó.
Lo dijo con cuidado, sin presión, como quien da espacio.
Asentí.
Me miró un segundo más, como si necesitara confirmar que lo decía en serio.
—Sí quiero —respondí, en voz baja.
Asintió con una sonrisa. Con la mano que tenía en mi cintura me acercó más a él y me besó con fuerza, con urgencia.
Sentí su cuerpo entero. Sólido. Firme. Vivo.
Me gustó comprobar que mi deseo encontraba eco en el suyo, pero me gustó aún más la manera en que su mano recorría mi espalda bajo la tela: sin prisa, como si cada centímetro importara.
Me quitó la camiseta con cuidado. Después, bajó la cremallera de mi falda. Yo lo dejé.
Quedamos en ropa interior: él, en bóxers negros; yo, en un conjunto blanco que de pronto me pareció demasiado pequeño para el momento.
Nos quedamos mirándonos. La distancia era mínima. El aire, denso.
Entonces me besó. Al principio, despacio, con un cuidado que parecía buscar una respuesta más que una reacción.
Yo respondí con la certeza de quien llevaba demasiado tiempo conteniéndose.
Mi cuerpo empezaba a rendirse. A abrirse. Pero mi cabeza todavía ofrecía resistencia.
Con Lucas había compartido casi toda mi vida adulta. El sexo era bueno, sí, pero sobre todo era cálido. Familiar. Lo que da el tiempo. Antes de él, apenas un par de experiencias torpes, fugaces, adolescentes.
Y ahora, Álvaro.
Pensé en las mujeres que habría tenido. En lo fácil que se movía. En cuánto debía saber de todo esto.
Temí que me viera como una mujer que ya no recordaba del todo cómo se hacía. Como alguien que había perdido la ligereza, que solo sabía lo básico.
El pensamiento me atravesó como un rayo. La respiración se me quebró.
Él lo notó.
—¿Estás nerviosa? —preguntó, bajando la voz.
Lo estaba. Mucho. Pero no quería admitirlo.
Sentía que a esta edad los nervios se dominaban. Hasta que llega alguien y te recuerda que el cuerpo tiene su propio idioma… y que la cabeza no tiene el control de nada.
—Un poco —admití.
—Podemos parar —susurró—. No quiero hacer nada que no quieras.
Negué despacio. Me incorporé apenas, lo tomé por el cuello y lo atraje hacia mí.
—Solo me asusta cuánto me gustas —le dije al oído.
Él sonrió. Esa sonrisa leve que se siente más de lo que se ve.
—Mar, tú a mí me encantas.
Y entonces no hubo más que decir.
La poca ropa que quedaba cayó sin resistencia. Me tomó de la mano, y caminamos hacia la ducha, como si siguiéramos un acuerdo silencioso.
El agua caliente nos envolvió. Cerré los ojos mientras su boca buscaba mis clavículas. Cada beso parecía tocar una fibra distinta. Sus manos me sujetaban con firmeza, pero sin apurar nada. Me dejaban elegir el ritmo.
Lo giré y tomé el jabón. Toqué su espalda, sus hombros. Me volvía loca su espalda. Luego me dio la vuelta y me abrazó por detrás. Sentí su pecho contra mi espalda mojada. Su boca bajando por mi cuello. Me mordió con suavidad y un escalofrío me cruzó desde el omóplato hasta las piernas.
Una de sus manos bajó. Me tocó entre las piernas primero con mucha suavidad, apenas rozándome. Luego con más ritmo, con más presión, justo donde tenía que ser.
Después me giró hacia él y empezó a besarme el cuello, los pezones tensos, el abdomen, hasta llegar entre mis piernas.
Su boca me buscaba con curiosidad, como si cada movimiento fuera una forma de entenderme mejor.
Con cada roce sentía cómo algo ardía más adentro.
Solté un gemido. Él levantó la mirada y sonrió. Entonces sus dedos se unieron al movimiento.
Lo levanté. Quería sentirlo también. Él continuó con su mano mientras yo bajaba la mía para tocarlo.
Sentí su erección latir contra mi palma.
Gemí solo de sentirlo. Aceleré el ritmo; su mano siguió el mío. Yo apretaba más; él respondía. Yo más rápido; él igual.
Y entonces me venció el pulso del cuerpo: el orgasmo me tomó de sorpresa, como una descarga sin aviso. Me arqueé. El gemido se perdió entre el agua. Un segundo después sentí cómo él también se rendía.
Nos quedamos ahí, recuperando el aire. Me miró con una sonrisa.
—Me vuelves loco, Mar.
Sonreí y lo besé. Él me volvía completamente loca a mí.
Terminamos de lavarnos en silencio, con esa calma que llega después del fuego.
Al salir de la ducha me pasó una toalla. Se secó con tranquilidad, dejó la suya y salió desnudo a buscar el pijama.
Yo, aún con algo de pudor, salí envuelta en la toalla y me vestí.
Nos acostamos. El cansancio cayó como una piedra. Apoyé la cabeza en su pecho y empezó a acariciarme el pelo con ese gesto lento, distraído.
—No puedo creer que estés aquí conmigo —susurró.
—Ni yo —respondí, medio dormida.
—Creo que voy a tener que secuestrarte para llevarte a todos mis viajes.
Reí con los ojos cerrados. Por un momento olvidé que él venía a trabajar.
—¿A qué hora sales mañana?
—Temprano. A eso de las cinco y media me recogen.
—Despiértame. Quiero levantarme contigo.
—¿No prefieres dormir?
—No. Prefiero despedirme.
Me miró con ternura y asintió.
Volví a apoyar la cabeza en su pecho, sintiendo el peso dulce del sueño caer sobre mí.
—Álvaro… —murmuré— gracias.
—¿Por qué exactamente?
—Por esto. Por hoy.
Tardó un segundo en responder.
—Gracias a ti, Marea.
Me dejé abrazar.
Y antes de quedarme dormida, pensé que si todo terminaba al día siguiente, al menos ese día me había permitido sentir.