18
El aeropuerto de Phuket era diminuto comparado con el de Doha, pero infinitamente más amable.
Había algo en su desorden que se sentía familiar.
El aire era húmedo, denso, con ese olor a sal, hierba y tierra mojada que solo existe en los trópicos.
Me recordó a casa, pero no a un lugar exacto.
Era algo más: humedad, vegetación, algo que florecía en el aire.
El calor era sofocante, sí, pero una brisa suave se colaba de vez en cuando, verde y viva, como si el aire respirara.
Al salir, un hombre sostenía un cartel con el nombre del hotel.
—¿Álvaro y Margarita? —preguntó, con una sonrisa.
—Sí —respondí.
—Un placer, soy JJ.
Nos dio la mano y tomó las maletas. Álvaro, por supuesto, insistió en ayudarle —detalle que me encantó— y subimos a una camioneta.
La ciudad nos recibió caótica: motos deslizándose como peces entre coches, puestos de fruta, cables cruzados como lianas.
Poco a poco, el ruido se fue apagando. El paisaje cambió: vegetación espesa, caminos irregulares, olor a tierra mojada.
El trayecto duró unos cuarenta y cinco minutos, aunque sentí que habíamos viajado mucho más lejos.
Cuando llegamos, se me abrieron los ojos.
El hotel era un refugio escondido entre montañas. Una construcción principal de color amarillo suave, rodeada de árboles, flores y pequeñas terrazas. Al fondo, apenas visible, un destello del mar.
—No es el típico resort de Phuket —dijo Álvaro al bajar del coche—. Está en el lado más salvaje de la isla. Más montaña.
—Es precioso —respondí, sin exagerar.
—Y la playa está a unos minutos caminando.
—Quiero explorarlo todo ya.
El lobby era completamente abierto. Techo de bambú, muebles de madera, cojines de colores.
En una pared de piedra caía una cortina de agua que sonaba como lluvia lejana.
Dos recepcionistas sonrientes nos ofrecieron un té azul —hecho con flores de mariposa, nos explicaron— mientras detallaban horarios, clases de yoga y actividades.
Nos dieron la llave y subimos.
Antes del viaje, Álvaro me había preguntado si prefería una o dos habitaciones. Le dije una. Parte de este viaje también era eso: compartir espacio, vernos sin filtro. Aun así, ahora, el corazón me latía más rápido.
La habitación me robó un suspiro.
Una cama enorme con sábanas blancas, suelo color aguamarina, una pared con un cuadro en tonos azules y, frente a todo, un ventanal del suelo al techo que se abría a un balcón con vistas a tejados, palmeras y, al fondo, el mar. Entraba una brisa tibia.
—¿Te duchas tú primero? —preguntó.
—Ve tú. Escribo a mi madre y saco algunas cosas de la maleta.
Se quitó la camiseta y, por un segundo, el aire pareció espesarse. No era solo su cuerpo —la piel ligeramente bronceada, los músculos dibujados sin esfuerzo—, sino la naturalidad con la que se movía. Como si no supiera el efecto que causaba.
Me descubrí mirándolo más de lo debido.
Cuando se cerró la puerta del baño, me senté en el borde de la cama y agarré el teléfono. Le escribí a mi madre: «Ya llegamos. Todo precioso. Estoy bien».
Al salir de la conversación, vi la notificación del banco: me habían cobrado el alquiler.
No era una sorpresa. Pero igual sentí un golpe.
Abrí LinkedIn casi sin pensarlo. Apliqué a cinco ofertas en menos de un minuto, como si mover el dedo pudiera silenciar lo que se estaba activando adentro.
No solo no tenía trabajo. Estaba en un hotel de ensueño, en una isla remota, con alguien que me gustaba demasiado, y sin idea de qué haría con mi vida.
Y lo peor era eso: que todo se sintiera tan bien.
Como si no me lo hubiera ganado.
Esa voz interna no necesitaba gritar. Solo susurrar lo de siempre: que no podía estar tan tranquila. Que disfrutar sin culpa era una forma de irresponsabilidad.
Cerré el teléfono y lo dejé boca abajo. Me quedé sentada, en silencio, escuchando el agua al otro lado de la pared.
No sabía si algún día lograría pensar distinto.
Pero quería, con todas mis fuerzas, que mi cabeza no me robara ese momento también.
Álvaro salió al rato con una toalla en la cintura. El vapor lo envolvía como si no quisiera soltarlo.
Yo intentaba recordar cómo se respiraba.
Entré al baño con mi ropa y la bolsa de aseo. El agua estaba perfecta: tibia, firme.
Después del nudo, la culpa y las aplicaciones de LinkedIn, fue como volver al cuerpo. Como volver a empezar.
Al cepillarme los dientes, sentí que me quitaba de encima el polvo acumulado del avión. Y también un poco del que traía dentro.
—¿Lista?
—Lista.
El hotel era precioso, pero había algo en esa belleza armónica que empezaba a incomodarme.
A veces me pasaba: cuando todo parecía estar bien, me daban ganas de salir corriendo.
¿Era porque no sabía cómo estar en paz, o porque no me creía capaz de sostenerla?
El restaurante era una terraza amplia, madera, lámparas artesanales, plantas por todas partes. El aire olía a citronela, curry y flores tropicales. Mi estómago rugió.
Pedimos gambas al tamarindo. Cuando llegaron, fue imposible hablar.
—Esto está increíble —dije, sin pudor.
—Estoy enamorado del tamarindo —respondió.
Reí. Para mí era un sabor familiar; para él, un descubrimiento.
Miré su salmón y luego a él.
—Tu plato tiene una pinta espectacular.
—Puedes robar del mío y yo finjo que no me molesta que no compartas el tuyo.
—Creo que ya hay confianza para que cojas del mío —respondí, sonriendo.
Le subieron las cejas.
—¿Estás compartiendo comida conmigo? Esto va en serio —bromeó.
Reímos. Comimos como si el viaje nos hubiera vaciado y después bajamos a la playa.
El cielo empezaba a tornarse violeta. Caminamos descalzos por la orilla, con las sandalias en la mano.
—Ese sonido del mar es mi favorito del mundo —dije.
—Piscis o Acuario —aventuró.
—Qué fuerte. —Reí—. Estamos en Tailandia juntos y ni siquiera sabemos nuestros signos.
Él se encogió de hombros, como si no le pareciera nada del otro mundo.
—¿Y tú? Espera… por favor, que no seas ni Sagitario ni Capricornio —dije, llevándome la mano al pecho y echando la cabeza apenas hacia atrás, como si aquello fuera gravísimo.
Su risa fue inmediata.
—¿Por qué? ¿Qué tienen de malo esos signos?
—Sagitario es… no sé, como que nunca sabe lo que quiere. Y Capricornio, demasiado terco.
—Ay, Marea… —dijo, entre risas.
—No —contesté, riendo también—. Eres Sagitario, ¿verdad?
Él se detuvo y me tomó de la cintura.
—Quizá puedo ser un Sagitario que sorprenda.
Claro. Sagitario.
Eso explicaba esa mezcla rara de libertad y cercanía. Esa forma de estar sin quedarse, pero sin irse del todo.
Nos sentamos en la arena. Detrás, la montaña; delante, el cielo preparándose para el espectáculo. El sol empezó a hundirse en el mar y todo se tiñó de naranjas y rosas fuertes, como si alguien los hubiera inventado. Álvaro me dibujaba círculos lentos en la espalda. No había prisa. Solo ese ahora.
Hubo un silencio cómodo.
Al cabo de un rato, él lo rompió:
—Me gusta cómo miras el mar.
—¿Ah, sí?
—Sí. Es como si te recordara algo.
—Me recuerda todo lo que está bien en la vida —respondí.
Me dieron ganas de decirle algo que no había dicho en años. Pero no lo hice.
Se acercó despacio y apoyó la nariz en la curva de mi cuello. Su aliento era tibio. Un escalofrío me recorrió como un hilo eléctrico. Giré la cara. Lo busqué.
El beso fue distinto. Más profundo. Más cuerpo que aire.
Sus manos firmes en mi cintura; las mías subieron, lentas, hasta enredarse en su nuca.
Sentí la arena blanda bajo las piernas, el mar respirando cerca, el cielo todavía encendido.
Su lengua encontró la mía con una cadencia serena. Mi respiración se rindió a la suya.
Por un instante, el mundo se redujo a eso: su boca, la mía y ese ahora perfecto.
Se separó apenas, con la respiración desordenada, los labios aún rozándome.
—Eres preciosa —dijo en voz baja.
Sonreí.
Y entonces sentí algo en el pelo. Una gota. Luego otra. En cuestión de segundos, una lluvia tibia empezó a caer. Lenta primero; después con fuerza.
—Vaya —murmuré, riendo—. Ni una nube hace un minuto.
—Bienvenida al trópico —contestó Álvaro, sonriendo.
Nos levantamos de la arena y echamos a correr tomados de la mano. En cuestión de segundos, el agua caía a cántaros, pegándose a la piel como si no quisiera soltarla. Reíamos, esquivando charcos; el aire olía a sal, hojas mojadas y a tierra recién abierta.
Cuando llegamos al sendero del hotel, los dos estábamos empapados por completo. El agua le caía por la frente, por el cuello, mojando la camiseta blanca que ya se le pegaba al cuerpo. Yo sentía la falda pesada, el pelo chorreando, la piel húmeda y temblorosa.
Entramos a la habitación sin hablar. Cerró la puerta. Nos miramos, aún riendo, con la respiración entrecortada.
Nos quitamos los zapatos; el suelo quedó salpicado de gotas. Él se acercó, me tomó por la cintura, y sus dedos me apartaron un mechón de la cara. El pulgar se detuvo un instante en mis labios.
El silencio tenía un sonido nuevo: la lluvia golpeando los ventanales.
—Bueno… ahora vamos a tener que ducharnos otra vez —dije, mirando nuestras ropas empapadas.
Él sonrió, sin moverse.
—¿Eso fue una invitación?
Lo miré de reojo, con una media sonrisa.
—Depende… ¿la aceptarías?
Su mirada se sostuvo un segundo más. Después dio un paso hacia mí.
No dijo nada. No hizo falta.