Nosotros después del arte 17
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Nos llamaron a embarcar.

La emoción me hizo respirar hondo.

El sonido de los altavoces, el murmullo de la gente, el golpe seco de las maletas rodando… todo parecía el inicio de algo que todavía no sabía nombrar.

Álvaro me miraba con atención plena, como si no hubiera nada más alrededor. Me cedía el paso, apoyaba la mano en mi espalda, se adelantaba para acomodar mi maleta de mano. Gestos pequeños, precisos, que borraron la inseguridad que había sentido minutos antes.

El primer vuelo, Barcelona–Doha, pasó rápido.

Hablamos un rato, empezamos una película —él se durmió a la mitad— y terminé apoyando la cabeza en su hombro. Su brazo me rodeó con naturalidad. Sus dedos dibujaban círculos lentos en mi pelo.

Me dormí así, arrullada por el ronroneo constante del avión y su respiración tranquila.

Desperté con el traqueteo de los carritos del desayuno. El olor a café y pan caliente llenaba la cabina.

—¿Descansaste? —preguntó.

Tenía los auriculares puestos y un libro abierto sobre las piernas.

—Sí —respondí, desperezándome—. ¿Y tú?

—También. Me desperté hace un rato y me puse a leer.

—¿Cuánto falta?

—Menos de dos horas.

Desayunamos hablando de cosas sin importancia, entre bandejas diminutas y huevos revueltos más fríos que calientes, con pan y mantequilla en su versión más pequeña.

En Doha, el aire acondicionado me caló hasta los huesos. El aeropuerto era descomunal: mármol brillante, pantallas infinitas, anuncios en decenas de idiomas. Todo lujo, todo tránsito.

Compramos unos dátiles rellenos —brillantes, pegajosos, casi demasiado perfectos— y luego café. Caminamos con los vasos de cartón en la mano hacia la nueva puerta de embarque.

—No puedo creer que falten siete horas más —dije.

—El vuelo es larguísimo —respondió, como si no le importara en absoluto.

—¿Cuál ha sido el más largo que has hecho?

—Los Ángeles–Singapur, directo. Casi dieciocho horas.

—¿Dieciocho? —dije—. ¿Y qué se hace tanto tiempo ahí dentro?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

—Lo mismo que en estos. Dormir un poco, leer, comer algo, ir al baño. Repetir.

Asentí. Nos quedamos unos segundos en silencio, viendo pasar a la gente con esa prisa rara que solo existe en los aeropuertos.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo entonces.

—Claro.

—¿Por qué terminaste con Lucas?

Ahí estaba. Tal vez no era tan de palo después de todo.

Me vino a la cabeza lo que Lucas había dicho unos días antes.

—Porque queríamos cosas distintas —dije—. Él quería casarse. Yo no. Y a veces eso basta.

—¿Nunca quisiste?

Me quedé pensando. No recordaba si alguna vez lo había visto realmente posible para mí.

—No lo sé. En mi familia los matrimonios no fueron precisamente inspiradores.

Lo miré antes de atreverme a devolverle la pregunta:

—¿Y tú?

Se encogió de hombros.

—No lo descarto. Pero ahora lo veo lejos. Pasé mucho tiempo viviendo la vida que otros esperaban de mí. Hoy solo intento vivir sin demasiadas expectativas.

No sonó a evasión. Sonó a decisión.

Nos llamaron a embarcar de nuevo.

El segundo vuelo se me hizo eterno. Era de día y el café de Doha me mantenía despierta. Álvaro, en cambio, se durmió apenas se abrochó el cinturón.

Yo iba en el asiento del medio. Él, en el pasillo. A la ventana, una chica joven que durmió todo el vuelo, sin moverse ni para comer.

Leí durante horas, saltando de un libro a otro sin lograr concentrarme del todo.

En la primera comida, Álvaro despertó por fin.

—¿No has podido dormir?

—No. Olvidé pedir el café descafeinado.

—¿Escuchamos música?

Asentí.

Me pasó uno de sus AirPods.

Empezamos sin reglas claras: canciones recientes, otras heredadas, algunas que ya no podíamos escuchar sin pensar en alguien. Nos reímos, guardamos temas en listas, nos quedamos en silencio cuando alguna letra hacía demasiado ruido por dentro.

Puso Under Pressure.

—¿En serio? —Sonreí—. ¡Es viejísima!

—Pero me anima siempre.

Solté una risa.

Y supe que, si me gustaba antes, después de eso, ya no había vuelta atrás.

Pasamos así más de una hora: canciones que nos hacían llorar, canciones malas que amábamos igual, canciones atadas a recuerdos que no sabíamos explicar.

El sueño volvió despacio. Me acurruqué sin pensarlo.

Cuando desperté, noté que había babeado un poco su hombro.

—Perdón —dije, riendo—. Te dejé babas.

—No pasa nada —respondió, con ternura—. Me alegra que hayas dormido.

Me sorprendía lo fácil que era estar así. A los ojos de cualquiera, parecíamos una pareja de años. No dos amigos fingiendo no saber lo que estaba pasando.

Me besó la cabeza.

—Diez minutos para aterrizar —anunciaron por el altavoz.

Miré por encima de la chica dormida: un cielo azul inmenso y, abajo, una franja turquesa que parecía inventada.

Tailandia nos esperaba.

Y yo también sentía que algo me esperaba a mí.