16
Los días siguientes fueron un pequeño caos amable.
Le conté todo a mamá y a Bianca: el cruce incómodo en la puerta entre Álvaro y Lucas —con flores incluidas— y que, en unos días, me iba a Tailandia. La reacción fue tan exageradamente entusiasta que terminé contagiándome. Acordamos pasar una tarde juntas, sin objetivo claro, solo por estar.
Fuimos a un centro comercial por Pedralbes, de esos con techos altísimos, paredes de cristal y un olor constante a perfume caro.
Me probé un vestido, un bañador, algo de ropa deportiva y un pijama.
Tenía de todo en casa, sí, pero quería un par de prendas que me hicieran sentir distinta. No nueva. Distinta.
—Me encanta lo que has elegido, bebé. Todo te queda precioso —dijo mamá, mirándome como si me estuviera despidiendo.
—El pijama es mono —añadió Bianca—, aunque yo me habría atrevido un poco más.
Sonreí.
Nos sentamos después en una cafetería del centro comercial. Mesas redondas, ruido de fondo bajo, gente que parecía saber con exactitud a dónde iba.
—Lo vas a pasar increíble —dijo Bianca—. Phuket es precioso.
—Ojalá —respondí.
—¿Ya tienes claro el plan? —preguntó mamá.
—Más o menos. Los primeros días Álvaro estará trabajando, pero reservó en un sitio con clases de yoga y actividades, así que me entretendré. Luego quizá explore un poco la isla, estamos viendo.
Mamá me sostuvo la mirada.
—Amor, me da un poco de susto que te vayas tan lejos con alguien que todavía estás conociendo. ¿Tú sabes que es de fiar, verdad, Bianca?
Reí por lo bajo.
—Amelia, sí. No somos mejores amigos, pero lo conozco desde hace años. No es un psicópata —dijo Bianca con naturalidad.
—Además —añadí—, ¿no querías que viviera más aventuras? Que me equivocara un poco.
—Una cosa es decirlo y otra verte hacerlo —admitió mamá, sonriendo.
—La verdad es que siento que ya lo conozco —dije—. Y mi intuición me dice que es un gran tipo.
—¿Tu intuición o tu…? —empezó Bianca.
—¡Bianca! —la cortó mamá.
Las tres reímos.
—¿Y cómo fue el encuentro entre Lucas y Álvaro? —preguntó mi madre, como quien no quiere pero sí quiere saber.
—Gracias por ese momento —le dije, irónica.
—Yo no le dije que fuera —se defendió—. Él sigue siendo… especial.
Bianca apoyó los codos en la mesa.
—Amelia, sabes que tienes que superar a Lucas, ¿verdad?
—Ya lo superé —contestó mamá, muy segura.
Bianca y yo nos miramos, compartiendo esa media sonrisa que no contradice, pero tampoco confirma.
—A ver, quizá no son el uno para el otro ahora —matizó mamá—, pero sé lo mucho que se amaron y crecieron juntos. Creo que hay espacio para él en nuestras vidas.
Asentí. No discutí. A veces, dejar que alguien tenga razón también es una forma de descanso.
—Desde mi experiencia —dijo Bianca—, se puede ser amiga de las ex. De los ex, no tanto.
Me encogí de hombros.
—La verdad —dije—, con él todo va bien. Me manda ofertas de trabajo que ve, memes, ideas para el viaje… pregunta por Samuel. Se siente raro. Pero bien.
—Eso es lo importante —dijo Bianca—. Que se sienta bien.
—¿Sabes qué me descolocó? —añadí—. Álvaro no preguntó nada. Ni una ceja levantada al ver a mi ex con flores en la puerta.
—Eso es seguridad —dijo mamá.
—¿O indiferencia? —se me escapó.
Bianca negó con la cabeza.
—Le interesas. Si no, no te habría invitado a Tailandia. Pero no todo el mundo necesita controlar para estar.
Asentí, aunque la duda se me quedó dando vueltas.
—Amor, estuve pensando que mejor me quedo con Samuel en tu casa —dijo mamá—. Se pone más nervioso en la mía.
—Claro, ma. Gracias.
Me enterneció verla así: la mujer que nunca quiso animales, ahora organizando su vida alrededor del bienestar emocional de mi perro.
—Cuando vuelvas —dijo Bianca—, te quiero en el taller. Desempleada significa mínimo tres días a la semana.
—Hecho. —Reí—. Usaré el viaje para inspirarme.
Cuando mamá se levantó al baño, miré a Bianca.
—¿Y tú? ¿Cómo va el bloqueo? —pregunté con cuidado.
—He tenido pequeños chispazos —dijo—. Y, curiosamente, por tu culpa.
—¿Por la mía?
—Por lo que me dijiste de replantearlo todo.
—¿Hablaste con Alex?
Bianca negó con la cabeza y se rio.
—No, no. Eso todavía no. Pero me quedé pensando y me pregunté si lo que siempre he defendido como «mi estilo» sigue siendo mío.
—Eso suena potente —le dije, sincera.
Asintió, con una sonrisa tranquila.
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El resto de la semana pasó sin sobresaltos. Una noche cenamos con Álvaro en la terraza del hotel donde me llevó a gritar. Hablamos de todo y de nada. Miramos mapas, islas, templos. Nada decidido. Todo era posible.
El día del viaje llegó rápido.
Mamá llegó con tiempo para repasar lo de Samuel. Yo metía las últimas cosas: cargador, un par de libros, mi gorra favorita.
Cuando llamaron a la puerta, Samuel salió disparado.
—Amelia, ¿cómo estás? —saludó Álvaro, dándole dos besos.
—Bien —respondió ella—. ¿Y tú?
—Emocionado —dijo, mirándome—. ¿Todo listo, Marea?
—Todo.
—Cuida de mi bebé —dijo mamá, medio en serio, medio en broma.
—Nos cuidamos mutuamente —respondió él, sin exagerar.
En el taxi hacia el aeropuerto sentí algo parecido a estar saliendo de mi propia vida por una puerta lateral.
Barcelona–Doha. Doha–Phuket.
—¿Nerviosa? —preguntó.
Miré el móvil. Un mensaje de Lucas: Buen viaje. Otro de Bianca, con un sticker absurdo de un avión con pestañas.
—Un poco.
—¿Nunca habías viajado con alguien que apenas conocías, verdad?
Negué con la cabeza.
Sonrió.
—Perfecto. Ya soy el primero en algo más.
Me pregunté, sin decirlo, si yo podría ser la primera en algo para él.
—¿Tú sí? —pregunté, arrepintiéndome al instante.
—Sí.
—¿Y salió bien?
—A veces. Otras no. Pero siempre valió la pena.
Esa calma suya me gustaba y me irritaba a partes iguales.
—Has tenido muchas amigas, ¿no? —solté.
—He viajado con muchas personas —corrigió—. De muchos tipos.
—¿Y yo de qué tipo soy? —pregunté, sin entender por qué, a minutos de subirme a ese avión, estaba buscando una etiqueta.
Él sonrió, lento.
—Del tipo que todavía no sé definir.
Hizo una pausa.
—O del tipo que no había tenido antes.
Eso me atravesó.
No sabía si me hacía sentir especial o pequeña.
Yo estaba saliendo por completo de mi zona segura: sin trabajo, sin certezas, cruzando medio mundo con alguien que apenas empezaba a conocer.
Para él, tal vez era un trámite más.
Para mí, este viaje lo movía todo.
En ese momento todavía no sabía cuánto.