15
—¿Lucas? ¿Qué haces aquí?
Se giró y, para mi sorpresa, tenía un ramo de margaritas en la mano.
Siempre me regalaba margaritas en los momentos importantes.
Samuel se le lanzó encima.
El pobre casi perdió el equilibrio, tratando de controlar al perro con una mano mientras sostenía las flores con la otra.
Yo tiraba de la correa, sin mucho éxito.
—Mira… son para ti —dijo, riendo nervioso, intentando apartar las flores del hocico de Samuel.
—Gracias —atiné a decir, mirando a Álvaro con una incomodidad que podía cortarse con tijeras.
Cuando Samuel por fin se calmó y Lucas pudo recuperar el aire, los presenté:
—Álvaro…
—Mucho gusto —dijo él, extendiendo la mano.
—Lucas —respondió el otro, devolviendo el apretón.
—Bueno, qué efusividad la de Samuel —bromeó Álvaro.
—Después de diez años viviendo juntos, sería lo mínimo —contestó Lucas, sin pensarlo demasiado.
Vi cómo Álvaro abría los ojos; intentó disimular la sorpresa, pero no lo consiguió del todo.
—Bueno, Mar, hablamos mañana —dijo, cortando la tensión.
—Sí, sí. Gracias por todo lo de hoy.
—Chao, Samuel. —Le acarició la cabeza—. Un placer, Lucas.
—Igualmente —respondió él, sujetando la correa del perro.
Subimos a casa.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en el ascensor.
—Amelia me contó lo del trabajo y… quise venir a ver cómo estabas. ¿Puedo pasar un momento?
Asentí. Entramos. Notó enseguida que estaba molesta.
—Perdón, debí llamar antes. No sé… pensé que podrías necesitar un amigo, pero ya veo que estabas con uno. —Hizo una pausa—. Supongo que él es el amigo de Bianca, ¿no?
Asentí otra vez.
—Perdón, de verdad. No quería incomodarte —dijo, dejándose caer en el sofá. Samuel, por supuesto, se acomodó con la cabeza sobre sus piernas.
—No, no me incomodas. Simplemente… me tomó por sorpresa —dije al fin.
—Me da rabia lo de tu trabajo, pero, si soy sincero, ese sitio te quedaba pequeño hace mucho.
—Sergio fue un completo idiota.
—Nada nuevo, ¿no? —respondió con una media sonrisa.
Sonreí también, casi sin ganas.
—Voy a pedir el paro mañana. Me siento… no sé, un poco perdida.
—Conozco a personas perdidas, y tú no eres una de ellas. Simplemente, la vida te está moviendo a otro sitio —dijo con calma.
—No sé. Creo que no era la vida que esperaba tener a los treinta y cinco.
—Nadie tiene la vida que esperaba, Mar. Tenemos la que toca vivir —respondió, mirándome con ternura.
Asentí, resignada.
—Suelta las expectativas, Mar. Lo estás haciendo bien.
—Lo de nosotros no lo hice bien —dije, sin pensarlo.
—Lo de nosotros lo hicimos muy bien —corrigió—. Y luego los dos lo hicimos mal. Y eso también está bien.
Asentí con media sonrisa.
Él me abrazó.
Y fue como aterrizar en una vida pasada, una que seguía ahí, intacta, esperándome.
Su olor, su respiración tan cerca.
Por un segundo quise cerrar los ojos y fingir que el último año no había pasado. Que seguíamos siendo eso: nosotros, con Samuel entre los dos, en el sofá de siempre.
Lucas me dio un beso en la frente.
Fue tierno. Conocido. Seguro.
Y aun así, algo no terminó de encajar.
Como si mi cuerpo hubiera aprendido un idioma nuevo hacía apenas unas horas y el de siempre, de pronto, sonara antiguo.
Tenerlo tan cerca me confundió; la respiración se me aceleró.
Me separé de golpe.
—Me voy a Tailandia —solté lo primero que se me ocurrió.
—¿Qué? —preguntó, desconcertado.
—Sí, con Álvaro. Es solo una semana. Tiene un encargo de trabajo…
—Entonces ya no son «solo amigos» —me interrumpió.
—Somos amigos, pero quiero seguir conociéndolo —dije, bajando la voz.
—Ya… —Asintió, mirando hacia abajo.
—Lucas, tú y yo estamos en periodo de prueba de amistad, ¿recuerdas? Los amigos no se celan. Y menos si uno de esos amigos se va a casar.
Él soltó una pequeña risa.
—Tienes razón.
Eso bajó la tensión.
Lucas preparó té; mientras tanto, revisé el móvil.
Nada de Álvaro.
Solo un mensaje de mi madre.
Mamá: Bebé, Lucas me llamó para saber cómo estabas. Le conté lo de tu oficina, perdón, se me escapó. Te amo.
Me reí, negando con la cabeza.
Ay, Amelia… siempre tan discreta.
Nos quedamos viendo una serie que yo ya había empezado.
—Debimos poner una peli —dije.
—No, me gusta que me vayas contando —respondió.
—Sí, pero a mí no me gusta contarte. Me saca de la historia. —Reí.
Pasamos un rato así, hablando, riendo bajito. Todo se sintió casi normal.
Hasta que me quedé dormida.
Me despertó su voz.
—Mar, vete a la cama.
Ya había pedido un taxi.
Me besó la mejilla, acarició a Samuel y se fue.
Esa noche dormí profundamente, sin sueños.
Al día siguiente, la alarma que había olvidado quitar me despertó.
La apagué, me quedé en cama un rato con Samuel, luego le di su comida y me preparé un desayuno.
Tenía demasiadas ganas de hablar con Álvaro.
¿Qué estaría pensando?
Miré el móvil. Nada.
No sabía si escribirle o llamarle.
Si le escribía y respondía seco, yo pensaría que estaba molesto.
Decidí llamarlo, mejor.
—Buenos días.
—Buenos días —contestó él.
Solo escuchar su voz me hizo sonreír.
—Feliz primer día de desempleada —bromeó.
Reí, más fácil de lo que esperaba.
—Gracias.
—Querías hablarme de anoche —dijo.
—Sí —dudé—. De Lucas.
—Ah. —Hubo un leve cambio en su tono, apenas perceptible—. No tienes que explicarme nada.
—Lo sé —respondí—. Pero igual quería hacerlo. Es mi ex. Se va a casar. Hace poco intentamos ser amigos. Eso es todo.
No dije más.
Del otro lado hubo un silencio breve.
—Mar —dijo por fin—, gracias por contarlo. Pero tú y yo también somos amigos. No tienes que darme explicaciones.
Su voz era tranquila, demasiado tranquila.
Tan controlada que dolía.
—Vale —dije, intentando sonar ligera—. Solo quería aclararlo. Nuestro viaje… ¿sigue en pie?
—Claro que sí —respondió, sorprendido de que lo dudara—. De hecho, anoche compré los billetes. Así que ya no te puedes echar atrás.
—¿Qué? ¿En serio? ¡Qué emoción! —Reí, pero la voz me tembló un poco.
—En un rato te los mando. Suerte hoy con lo del paro. Me cuentas cómo va el día, ¿sí?
—Sí. Un beso.
Colgamos.
Me quedé mirando la pantalla.
¿De verdad le daba igual haberse cruzado con mi ex, con flores en la puerta de mi casa?
O peor aún: ¿de verdad le daba igual yo?
Pensé entonces en lo otro: en que había llegado a su casa y, sin pedirme nada a cambio, había comprado un billete a Tailandia para mí. Sin promesas. Sin certezas.
Algo se acomodó. No del todo, pero lo suficiente.
No me inquietaba que Álvaro no se pusiera celoso.
Me inquietaba algo peor: que no pareciera necesitar nada.
¿Eso era la libertad?
Porque yo, ahí, todavía sentía que lo necesitaba todo.