Nosotros después del arte 14
31%

14

Samuel me recibió con un entusiasmo que me desbordó.

Para él, yo no era la desempleada del mes.

Era solo su humana.

Un cuerpo que olía familiar.

Una voz que nombraba las cosas.

Unas manos que alimentaban y acariciaban.

En su mundo no existían el éxito ni el fracaso.

Solo estar.

Y pensé qué alivio tener a Samuel para mirarme a través de sus ojos.

Dejé el bolso en el suelo, me cambié de ropa y me tiré en la cama.

El aire caliente del verano se mezclaba con ese silencio espeso que queda después de una crisis.

No lloré.

Dormí como quien apaga el sistema.

~~~

Desperté al oír la puerta.

Me sobresalté cuando reconocí la voz de mi madre. Por un segundo, olvidé que ahora pasaba a darle de comer a Samuel cuando yo estaba en la oficina.

Debió ver mis zapatos, mis cosas fuera de lugar, porque preguntó desde el pasillo:

—¿Amor? ¿Estás en casa?

—Sí, ma —grité para que me escuchara.

Entró sin esperar permiso.

Me miró.

Y en dos segundos leyó el desastre.

—¿Qué pasó? ¿Estás enferma?

Negué con la cabeza.

—Me despidieron.

El aire se volvió espeso.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Sentí vergüenza. Y culpa. Mucha culpa.

—Ay, amor… tranquila. Todo pasa por algo —dijo.

Pensé en Álvaro.

—Da igual, ma.

Me soltó despacio, como si necesitara espacio para ordenar lo que iba a decir.

—Por eso siempre te pedía que suspendieras alguna asignatura en el colegio.

—¿Qué?

—Sí. —Sonrió—. No por rebeldía. Por costumbre.

—Vaya método.

—Fallaste poco, Mar. Demasiado poco.

No supe qué contestar.

—Siempre quisiste hacerlo todo bien —añadió—. Y eso cansa.

Se quedó en silencio un momento, mirándome el pelo como cuando yo era niña.

—Yo te debía estabilidad —dijo al fin—. Y quizá te hice crecer demasiado pronto.

Tragué saliva.

—No pasa nada, ma. Yo…

—No, no pasa nada —me interrumpió—. Pero ahora estás cansada. Y se nota.

Me miró con una sonrisa pequeña, sin drama.

—A lo mejor ahora te toca no saber muy bien qué hacer. Solo un rato.

La abracé.

Me quedé en sus brazos.

Me permití ser la hija.

—Además, salí como una loca del trabajo —dije—. Ni me despedí de nadie.

—Ya tendrás tiempo —respondió—. No te castigues ahora.

~~~

Cuando se fue, el tiempo quedó raro.

Ni triste ni tranquilo.

Solo detenido, como si el día hubiera corrido demasiado rápido y solo entonces me alcanzara.

Hablé después con Recursos Humanos.

Se disculparon por Sergio; yo me disculpé por salir así. Dijeron que querían dejar todo en buenos términos.

Nunca había usado el paro, pero supuse que siempre había una primera vez para todo.

Colgué y me quedé mirando el móvil.

No tenía ganas de hablar con nadie.

Y, al mismo tiempo, no quería estar sola.

Álvaro llegaría dentro de poco.

~~~

Preparé la cena.

Una ensalada sencilla, salmón al limón y arroz con un poco de sésamo. Mi plato seguro.

No quería improvisar con algo sofisticado, pero tampoco servirle yogur con granola, que probablemente habría sido mi cena si él no hubiera venido.

Encendí una vela pequeña en la mesa, más por costumbre que por ambientar. Puse dos copas, el vino tinto a temperatura ambiente. Samuel me seguía con la mirada, como si entendiera que algo estaba por pasar.

Cuando tocaron la puerta, salió disparado.

—Hola, Samuel —dijo Álvaro, agachándose—. Así que tú eres el famoso.

Samuel lo aprobaba sin dudar.

Tampoco era difícil: aprobaba a casi todo el mundo, salvo que vinieras en monopatín.

—Marea —saludó Álvaro—. Te sienta bien el desempleo.

—Muy gracioso.

Entró y se quitó los zapatos sin que yo dijera nada.

Ese gesto —tan doméstico, tan cómodo— decía más de lo que parecía. Como si su cuerpo ya supiera moverse en ese espacio.

—Me gusta tu piso —dijo, paseando la vista por las paredes, los libros apilados, las plantas por todas partes, los cuadros, los pósters gráficos. Se detuvo frente a uno que tenía desde hacía tiempo, con letras en cursiva: La vida sabe.

—Se siente muy vivo —añadió con una sonrisa.

—Soy incapaz de vivir sin plantas —respondí—. Supongo que con eso compenso un poco lo del verde.

Me miró, curioso, como si hubiera querido preguntar algo más.

—¿Cómo estás?

—Más tranquila —dije—. Pero rara.

Asintió. No intentó arreglarlo.

Cenamos sin prisa, como si el tiempo se hubiera estirado un poco.

Él comía con gusto, y yo fingía que no me importaba, pero en realidad sí. Lo sentía en la tensión del cuello. Me importaba que le gustara el salmón. Me importaba que se sintiera cómodo. Me importaba más de lo que quería admitir.

Hablamos de tonterías: de recetas fallidas, de que estaba obsesionado con la serie Mr. Robot y lo irónico que era que yo, siendo informática, no pudiera soportarla. Del nuevo álbum de Royel Otis. Y el tiempo pasaba fácil, amable.

La tensión se fue aflojando.

Risas breves. Miradas largas.

Se ofreció a lavar los platos.

Accedí. Me senté a verlo desde la barra mientras lo hacía. Samuel, mientras tanto, dormía junto al sofá.

Cuando terminamos, bajamos a darle un paseo a Samu. El aire era tibio, y la noche parecía estar de buen humor.

~~~

Álvaro entrelazó sus dedos con los míos como si fuera lo más natural del mundo.

Mi cuerpo no protestó.

Al contrario.

—Se me ocurrió algo hoy —dijo.

Abrí los ojos.

—Algo impulsivo —añadió.

—¿Quieres fotografiarme desnuda?

Sonrió, lento.

—Es una buena idea, pero la mía podría incluir esa.

—Álvaro.

—Es broma. Más o menos.

Seguimos caminando. Samuel tiró un poco de la correa.

—Hoy me ofrecieron colaborar en un proyecto en Phuket —añadió, como si hablara del clima—. Y pensé que podrías venir conmigo.

—¿A Tailandia?

—La próxima semana.

Me reí.

—Álvaro, no. Imposible.

—¿Por qué imposible? —Rio—. Te recuerdo que estás desempleada y tienes una madre increíble que seguro cuida a Samuel unos días.

—Precisamente. Estoy desempleada… ¿y me voy a ir de viaje a Tailandia?

—¿Y quién dijo que gastarías algo? Yo te invito.

—Estás loco.

—Marea —dijo, sin ironía—, no hay compromiso. Yo trabajaría los primeros días, tú podrías disfrutar la isla. Luego, cuando termine, nos quedamos unos días más. Exploramos. Sin más.

Sentí la cabeza llena de ruido.

No era alguien que se fuera con un casi desconocido a Tailandia.

Ni alguien a quien le invitaran cosas así.

Pero quería.

—¿Es en serio?

Asintió, con una sonrisa tranquila.

—Nunca he ido a Tailandia —dije.

—Eso no suena a no.

No alcancé a responder.

Se inclinó y me besó.

—La vamos a pasar increíble —susurró contra mi boca.

—¿Nos vamos a Tailandia la próxima semana? —pregunté, sin creerlo.

—Nos vamos —confirmó.

Y justo cuando cruzábamos la calle hacia mi edificio, lo vi.

Una figura de espaldas, marcando en el portero automático.

Mi corazón dio un salto.

Solté la mano de Álvaro.