Nosotros después del arte 13
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Después del paseo con Lucas y Samu, la semana pasó sin grandes sobresaltos.

Mamá se quedó un par de días más en casa. Luego me dediqué a ayudarla a recuperar su rutina, hacer la compra y acompañarla en lo básico hasta que volvió a sentirse segura.

No fui al taller.

No hice planes.

Poco a poco, la vida volvió a colocarse encima de sí misma, como si nada hubiera pasado.

El lunes, como siempre, compré un café en mi sitio de costumbre. No me senté —iba justa de tiempo—, así que lo pedí para llevar.

Apenas llegué a la oficina y abrí Slack, vi un mensaje de mi jefe:

Sergio: Margarita, ¿puedes venir a mi oficina en cuanto llegues?

Miré la hora. Habían pasado más de treinta minutos.

Se me apretó el estómago.

Dejé el bolso en mi escritorio, cogí el móvil, la libreta y el café aún caliente.

Toqué en la puerta.

—Pasa, Margarita —dijo Sergio.

—Buenos días.

—¿Cómo estás? ¿Y tu madre?

—Mucho mejor. Gracias por los días, me ayudaron a estar con ella.

—No hay de qué. Estabas en tu derecho.

Sonreí. Algo en su tono no terminaba de encajar.

—Margarita… —Hizo una pausa que ya olía mal—. Quiero que seas honesta conmigo.

Honesta.

¿Desde cuándo se podía ser honesta con alguien como Sergio?

—Tú no eres la misma desde hace algún tiempo —empezó—. Esta empresa ha hecho mucho por ti…

«Y yo por la empresa», pensé.

—… y tú por la empresa, claro. Pero últimamente te sentimos… no sé, ¿desconectada?

Por dentro grité.

Claro que estaba desconectada. Aquello era un caos: medio equipo se fue, los que quedamos trabajábamos el doble, la compra nos tenía paralizados y cada semana cambiaban las prioridades.

—¿Y bien? —dijo.

—¿Eso era una pregunta? Pensé que ibas a seguir.

—No. Lo que quiero es una conversación entre iguales.

Nada más «entre iguales» que un jefe, en su despacho, diciéndome que somos iguales.

—La verdad, Sergio, es que la compañía ha cambiado —dije—. Todo está caótico, o paralizado, según el día.

Torció la boca.

—Tal vez el problema es que tú no te adaptas bien al cambio.

Los perfiles técnicos sois muy… rígidos.

Y mira, eres la primera mujer liderando desarrollo aquí.

—Sonrió como quien entrega un premio—. A mí me encanta la energía femenina: se acuerdan de los cumpleaños, del detalle humano…

Pensé que traerías eso, menos rigidez. Pero justo a ti te está costando más.

Igual es por… ya sabes, todo lo personal. Lo de tu separación, el último año…

Ahí me atravesó.

No por lo de la «energía femenina».

No por los cumpleaños.

Eso ya me lo esperaba de él.

Me dolió porque se metía en mi vida sin que yo hubiera mencionado a Lucas ni una sola vez.

—Mi separación no tiene nada que ver, Sergio.

—Mira, Margarita —continuó—, como yo lo veo hay dos opciones. Una: te comprometes de nuevo con la empresa, separas lo personal de lo profesional. O…

—¿O qué?

—O tendré que dejarte ir.

Siempre me había dejado la piel ahí.

Y ahora este tipo, que apenas sabía cómo funcionaba su propio equipo, me estaba echando.

—¿Me estás diciendo que me vas a echar?

—Margarita…

—Llevo años aquí —lo interrumpí—. Los tickets imposibles los resuelvo yo. Si algo se cae un fin de semana, soy la que aparece. Monté toda la estructura del área. ¿Y me vas a echar por qué? ¿Por no sonreír mientras rehacemos lo mismo por tercera vez?

—¿Ves? —dijo—. Estás desconectada.

Y ahí exploté.

—¿Sabes qué, Sergio? Sí. Estoy desconectada. Así que, ya que lo pones sobre la mesa… tomo la opción dos.

—¿Estás renunciando?

Apreté el móvil con fuerza. Si no fuera caro, lo habría hecho polvo.

—No. Me estás «dejando ir». Y hazlo bien, por favor. Es lo mínimo después de ser un jefe desastroso que no tiene idea de tecnología.

No esperé respuesta. Me levanté, pasé por mi escritorio, recogí mis cosas y caminé hacia el ascensor.

Sentí las miradas caer sobre mí como granizo. No me volteé. Solo quería que las puertas se cerraran de una vez.

Cuando al fin lo hicieron, me apoyé en la pared metálica.

Respiré.

Por primera vez en veinte minutos.

Salí del edificio y caminé sin rumbo hasta un banco.

¿Qué hice?

¿Renuncié? ¿Me echaron?

¿Qué carajos acababa de hacer?

El pecho apretado, la cabeza desbocada.

Qué idiota. Si hubiera fingido. Si hubiera dicho que sí…

Veía venir la avalancha de culpa.

El móvil vibró.

Álvaro: Hoy estaré en la revista, cerca de tu oficina. ¿Comemos o tomamos café por la tarde?

Yo: ¿Te puedo llamar?

A los segundos, su nombre apareció en la pantalla.

—Hola, Mar.

—Álvaro, me echaron. O… ¿me autoeché? No lo sé.

—¿Qué? ¿Cómo?

Intenté explicarle, pero el aire no entraba.

—Mar —dijo—. No hables. Respira conmigo.

Marcó el ritmo. Inhalar. Exhalar.

Al principio era como respirar a través de una pajita. Luego, poco a poco, el cuerpo empezó a aflojar. Volví a sentir el calor del verano, el sudor en las manos, el peso del bolso, el latido bajando.

—Gracias.

—¿Dónde estás?

—A dos calles de mi oficina.

—Voy.

—De verdad, estoy bien. Supongo que esto tenía que pasar así. Todo pasa por algo, ¿no? —dije, aferrándome a mi manual automático de positivismo.

—Mándame tu ubicación.

Diez minutos después, estaba ahí.

Me abrazó.

Y todo lo que había estado conteniendo se deshizo.

Lloré sin medir, sin pedir permiso.

Nunca pensé llorar así frente a alguien tan nuevo en mi vida. Y, aún así, ahí estaba.

Cuando me calmé, me miró con atención.

—Tienes los ojos más verdes que nunca.

—¿Ah, sí? Me luce llorar.

—Los mocos no tanto. —Sonrió—. Pero los ojos, definitivamente sí.

Me reí, todavía limpiándome las lágrimas.

—¿Quieres contarme qué pasó?

Se lo conté. Todo.

—Entonces aceptaste una salida, digamos.

—¿Eso es renunciar?

—No. Es un acuerdo mutuo.

Dicho así, en términos técnicos, sonaba casi civilizado.

—Sí. Supongo que eso fue. —Miré al cielo, con algo de vergüenza—. Ya sé lo que me vas a decir —añadí—: que todo pasa por algo, que era lo mejor…

Negó despacio.

—No. No voy a decirte eso. Te echaron, y es una putada. Tienes derecho a estar mal, a quedarte en shock, a odiar a tu jefe y al mundo.

Respiré hondo.

—Vamos —dijo, colgándose mi bolso al hombro y tomándome de la mano.

Caminamos varias calles hasta llegar a un hotel demasiado bonito para mi estado emocional.

—Espérame aquí —susurró. Habló con alguien del lobby y volvió—. Ven.

Subimos en el ascensor. Al abrirse, apareció la terraza del restaurante: mesas impecables, copas invertidas, silencio. Al fondo, la ciudad extendiéndose hasta tocar la montaña.

—Este sitio me encanta —dijo—. Solo abren de noche, pero nos han dejado pasar cinco minutos.

Dejó mis cosas en una silla. Se acercó.

Me apartó un mechón detrás de la oreja. Me rozó la piel y sentí un chispazo bajarme por la nuca. No podía dejar de mirarle la boca.

—¿Me trajiste aquí para que nuestro segundo beso sea más romántico que el primero? —bromeé.

—No sería mala idea. —Sonrió—. Pero te traje por otra cosa.

Me giró hacia la barandilla. Se colocó detrás, tan cerca que sentí su respiración en el cuello.

Sus manos buscaron las mías y las apoyó sobre la barra metálica, como si quisiera anclarme a la ciudad y sostenerme al mismo tiempo.

—Quiero que grites —me dijo al oído.

Reí.

—¿Qué? ¿Que grite?

—Lo que quieras.

—Qué vergüenza.

—No hay nadie. Si prefieres, me voy. Pero grita.

—Mierda —maldije bajito.

—Puedes más.

—¡Mierda!

—Otra vez.

—¡MIERDA! ¡SERGIO, TE ODIO! ¡ME ECHARON!

—¡SERGIO, YO TAMBIÉN TE ODIO! —gritó él.

Nos miramos y estallamos en risa.

Me sostuvo la cara entre las manos.

—Te echaron y es una putada. Hoy dejemos que sea eso. Mañana, si quieres, buscamos lo bueno. Pero hoy, que sea una mierda y punto.

Asentí.

Y, sin pensarlo demasiado, lo único que quería era besarlo.

Apoyó las manos en mi espalda; un escalofrío me recorrió entera. Su boca encontró la mía. El beso fue lento, sostenido. El corazón me latía fuerte. El sol me caía en la frente.

Me tomó de la cadera, me sentó en una mesa a la sombra y, apartándome el pelo del cuello, me besó ahí, despacio. El aire pareció quedarse quieto.

—Ejem.

Nos separamos de golpe.

Un camarero, con una caja de cervezas, nos miraba divertido.

—Buenos días.

—Buenos días —dijimos, como niños pillados.

Nos dirigimos al ascensor y, apenas se cerraron las puertas, nos dio un ataque de risa.

—No sé si te van a dejar volver a entrar aquí.

—Lo harán. Vendremos a cenar pronto.

Antes de salir, Álvaro agradeció en recepción. Yo fingí revisar el móvil, intentando recuperar la dignidad perdida.

—Me quedaría contigo todo el día, pero tengo reuniones —dijo.

—Tranquilo. Pido un taxi.

—¿Nos vemos esta noche?

—¿No has tenido suficiente de mí?

—No. Quiero un poco más de la Mar que odia a Sergio. La positiva puede venir mañana.

—Qué tonto. —Reí.

—No puedo evitarlo. Esa versión tuya me pareció absurdamente sexy.

—Entonces te invito a cenar en mi casa.

—¿Con presentación oficial a Samuel?

—Exacto.

Justo entonces, llegó mi taxi.