Nosotros después del arte 12
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Mi madre recibió el alta al día siguiente.

La instalé en la habitación que, en mi casa, servía para todo y para nada: oficina, gimnasio intermitente, cuarto de juegos de Samuel y, cuando hacía falta, habitación de invitados.

Samuel se acomodó a sus pies desde el primer minuto. Siempre sabía cuándo alguien estaba enfermo. No preguntaba, no se movía.

El único problema fue el aire acondicionado. En pleno verano, mi madre insistía en ponerlo a quince grados porque decía que dormir con un perro encima era insufrible. Samuel, fiel como solo él sabía ser, decidió que eso no era motivo suficiente para moverse de ahí. Congelado, pero leal.

Por suerte, ella se recuperaba rápido. Daba instrucciones sobre su medicación, atendía llamadas de la familia y repetía la historia como si la hubiera ensayado. Estaba de buen ánimo, con energía.

Y yo, por primera vez en días, sentí que podía desconectarme un rato sin culpa.

Le dejé un té caliente, me calcé unos zapatos cómodos y le escribí a Lucas para sacar a Samuel.

~~~

En cuanto entramos al parque lo vi levantar la mano desde lejos.

Lucas.

Como si los meses no hubieran pasado.

Se llevó un dedo a los labios, pidiéndome silencio. Tardé un segundo en entender: quería probar si Samuel lo reconocía.

Caminó a nuestro lado como un desconocido más. Yo intenté seguirle el juego, pero Samuel frenó en seco. Tiró de la correa y miró hacia atrás, ofendido, como diciendo: hemos dejado a alguien.

—Vamos, Samu —susurré.

Era inútil. Ya lo había reconocido.

Lucas sonrió y se dio la vuelta. En cuanto Samuel lo vio caminar hacia nosotros, empezó a tirar de la correa con desesperación.

Cuando estuvo lo bastante cerca, se lanzó sobre él, como si todos los meses separados se hubieran comprimido en un solo salto.

Chillaba, movía la cola como un helicóptero fuera de control, lo lamía con esa urgencia que tienen los perros cuando algo que aman vuelve a su sitio.

Se me aguaron los ojos. Me los limpié rápido, sin éxito. Lucas lo notó.

—Sigues llorando cada vez que ves vídeos de perros en TikTok, ¿verdad? —dijo, con esa puntería de quien todavía conoce mis ridiculeces.

Sonreí.

—Sigo siendo esa persona.

—Qué alivio saber que hay cosas que no cambian —dijo, rascándole la cabeza a Samuel—. Sigues igual de cariñoso, y ese pelo… madre mía.

—¿Lo puedo llevar yo?

Asentí y le pasé la correa. Con Lucas, Samuel siempre era otro perro. Más tranquilo. Más confiado. Como si reconociera un orden antiguo.

Caminamos bajo los árboles. El parque tenía ese aire de tarde suspendida: niños en bicicletas pequeñas, gente tirada en el pasto, perros corriendo detrás de pelotas que nunca alcanzaban.

—Amelia me dijo que estaba mucho mejor —dijo Lucas, rompiendo el silencio.

—Sí. Está bien. Mandona como siempre.

—Eso es buena señal.

Asentí.

Nos sentamos en una mesa de madera cerca de los foodtrucks. Samuel se tumbó entre nosotros, como si quisiera asegurarse de que ninguno se movería.

Hablamos un rato de su estudio. Le iba bien. Muy bien. Siempre había admirado eso de Lucas: querer algo y quedarse el tiempo suficiente para conseguirlo.

Hubo un silencio cómodo. De esos que solo existen cuando hubo intimidad real.

—Pensé que ya estarías con alguien —dijo de pronto.

No sonó a reproche.

Sonó a curiosidad sincera.

—¿Por qué?

—Porque siempre había alguien orbitando cerca de ti —respondió—. Y porque eres fácil de querer.

Bajé la mirada un segundo.

—He salido —admití—. Pero nada serio.

—¿Porque no has querido… o porque no ha aparecido?

La pregunta me tocó más de lo que esperaba.

—Un poco de ambas —dije—. Aunque hace poco conocí a alguien.

Lucas no reaccionó enseguida.

—¿Alguien importante?

—No lo sé. Es amigo de Bianca.

—Claro. —Sonrió apenas—. Bohemio.

—Mucho.

—Eso también te gustaba.

—Me sigue gustando.

El silencio volvió. Distinto. Más denso.

—¿Te molesta? —pregunté.

—No —dijo demasiado rápido.

Levanté la vista.

—Claro, avanzaste —dije—. ¿Por qué te molestaría?

Lucas apretó un poco la correa de Samuel.

—Avanzar no siempre es lo mismo que olvidar —respondió—. Hay cosas que no se reemplazan tan fácil.

Sentí el cuerpo reaccionar antes que la cabeza.

—¿Como qué?

Se pasó la mano por la nuca.

—La forma en que éramos. La manera de estar juntos sin pensar tanto.

El aire se tensó.

—No terminamos por falta de amor —dijo, casi como si se le hubiera escapado.

Asentí despacio.

Cuando terminamos, las razones eran clarísimas. Ahora no. Era como si el tiempo las hubiera desdibujado, escondido. Sabía que estaban ahí, pero ya no sabía exactamente dónde.

—Entonces… —dije, sin mirarlo del todo— ¿por qué crees que terminamos?

Tardó un segundo en responder.

—Porque yo quería dar un paso más —dijo—. Y tú no podías.

El mundo siguió igual alrededor: niños riendo, vasos de plástico, el calor.

—Mar —añadió—, ¿sabes lo que es arrodillarse con un anillo en la mano y escuchar un no?

—No fue un no a ti —respondí—. Fue un no a algo que no es para mí.

—Para mí fue lo mismo —dijo—. Sentí que no era suficiente.

Miré a Samuel, dormido bajo la mesa de madera donde estábamos sentados, el pecho subiendo y bajando con tranquilidad. Luego lo miré a él.

—Lo siento —me disculpé—. Siento que pensaras eso. Lo eras.

Lucas sonrió, apenas.

—Yo también lo siento.

Un poco de calma invadió el espacio, como un pequeño suspiro.

—¿Recuerdas lo que me dijiste ese último día? —me lanzó de pronto—. Antes de que salieras con Samuel para que yo sacara mis cosas.

—No —contesté de forma honesta—, tengo muchas partes de ese día borradas.

—«Espero que encuentres con quién casarte y ser feliz».

—Y lo hiciste —dije, tragando saliva.

—Y aún así, estoy aquí, contigo.