11
Al día siguiente, con el permiso por asuntos propios ya aprobado en el trabajo, llegué al hospital cargada: capuchinos, frutas frescas, cosas de aseo y algo de ropa limpia para mamá.
Cuando abrí la puerta, vi la espalda de Gustavo, sentado en la punta de la cama, mientras mamá se reía como si estuvieran en una cafetería y no en una habitación de planta.
—Buenos días. Están tal cual los dejé ayer, pero más sonrientes.
—¡Mar! —exclamó mi madre, feliz.
—Traje café y matcha. —Dejé las bandejas sobre la mesa—. ¿Qué puede tomar la paciente y qué puede tomar el cirujano estrella?
—Cualquiera, mientras no tenga azúcar —dijo Gustavo, guiñándome un ojo con complicidad.
—Gracias, amor. —Mamá recibió el matcha como si fuera un premio.
—Y para ti, capuchino doble, doctor.
—Wow, gracias. Lo necesitaba con urgencia. —Bebió un sorbo y sonrió—. Llevamos hablando tanto que se me olvidó que el café existe.
Mamá sonrió también.
—Imagínate, poniéndonos al día después de treinta años.
Verla así, más despierta y con el color regresando a la cara, me llenó de una alegría silenciosa, de esas que no hacen ruido pero te aflojan el cuerpo.
—Bueno —dijo Gustavo, volviendo un segundo al modo médico—, te cuento: Amelia evoluciona muy bien. Signos estables, sin fiebre, dolor controlado y ya tolera dieta blanda. Si sigue así, mañana le daremos el alta.
—Qué buena noticia —contesté.
—Me retiro antes de que me echen por charlatán. —Se colgó el estetoscopio al cuello y sonrió con suavidad—. Un placer verte, Mar.
—Igualmente —respondí.
Cuando salió, giré la cabeza hacia mamá con una ceja levantada.
—Ay, no empieces —dijo ella, anticipándose.
—¿Qué? Yo no he dicho nada. —Me senté en la silla—. Solo digo que se ve muy pendiente.
—Le toca. Me operó. Es su obligación.
—Ajá… —respondí, incrédula—. ¿Y es casado?
—Divorciado.
—¿Hijos?
—No, nunca quiso.
—Interesante…
Mamá rodó los ojos.
—Siempre hemos sido solo amigos. Mejor hablemos de cosas más reales. Álvaro, por ejemplo. Guapo y muy interesante, ¿eh?
—Sí, pero también somos solo amigos.
—Ajá, como con Lucas.
—Mamá…
—Me llamó —dijo ella, sonriendo con esa cara de «sé más de lo que digo»—. Me contó que están en un periodo de «amistad».
—Algo así —admití.
—Entonces puedo ser su amiga otra vez, ¿no?
Me dolió un poco, pero asentí.
—Sí, mamá. Puedes ser su amiga.
—Qué bueno, porque le pedí que pasara hoy a saludarme. Le dije que me trajera un libro.
Me reí.
—¿Qué libro le pediste?
—Mientras respires estás a tiempo. Es sobre nuevas oportunidades.
—Muy apropiado. —Sonreí—. Y ya que estamos: hablando de nuevas oportunidades… ¿cuáles son todos esos planes que tienes para cuando te jubiles?
—Promete no reírte.
—Prometo intentarlo.
—Quiero volverme influencer de salud. Dar asesorías, compartir lo que sé. No haré consulta, pero quiero seguir ayudando.
Me quedé mirándola. No me dio risa; me dio orgullo. Mi mamá, la que había pasado la vida entera en el hospital buscando estabilidad, la que siempre elegía el camino seguro, ahora quería reinventarse, empezar de nuevo, exponerse en redes.
—Eso es increíble, mamá.
—Sí, pero no sé nada de tecnología. Menos mal tengo una hija programadora.
—Mamá, ser programadora no es lo mismo que hacer contenido en redes.
—Pero se parece, ¿no?
—En nada —dije, riéndome—. Pero vale… claro que te ayudo.
Mamá me tomó la mano con ternura.
—Gracias, amor. —Se quedó pensativa, bajando un poco la voz—. Mar, hay algo que quiero decirte desde hace un tiempo.
La miré, alerta.
—Siento no haber apoyado tu sueño de dedicarte al arte.
—Ma, fue hace mucho. Tenías razón. Es difícil vivir del arte.
—No la tenía —negó con firmeza—. Tú habrías podido vivir de lo que quisieras. Eres brillante. Tienes magia adentro.
Sonreí, incómoda y conmovida a la vez.
—De verdad, Mar. Nunca es tarde para nada.
—Para mí sí, ma. Me basta con pintar en el taller de Bianca. Hice las paces con eso.
—Amor, pero odias tu trabajo.
Sentí el comentario como un dardo certero.
Busqué refugio en lo práctico.
—Mañana, cuando te den el alta, te llevo a casa. Quédate unos días conmigo y con Samu.
—Me parece. —Asintió—. Y, amor… —Hizo una pequeña pausa— Lucas me dijo que iba a pasear contigo y con Samuel. No postergues tanto esa salida.
No quería llevarle la contraria recién operada. Y, sí, una parte de mí quería ver a Lucas otra vez.
—Vale, mami —respondí.
Un rato después, escuchamos unos golpecitos suaves en la puerta.
—¿Se puede? —Asomó Bianca, con un ramo de flores en una mano y una bolsa de papel reciclado en la otra.
—¡Bianquita! —exclamó mamá, iluminándose—. Qué alegría verte.
Bianca fue directa hacia ella y la abrazó con cuidado. Le pasó la bolsa y yo recogí las flores para dejarlas en la mesita.
—A ver, ¿qué es esto? —dijo mamá, sacando un pañuelo precioso, con flores pequeñas.
Se lo puso sobre el pecho, midiendo en su mente cómo le quedaría.
—¡Es precioso! Y del color del verano —dijo, emocionada.
Bianca y yo nos miramos con complicidad.
—Exacto. —Sonrió ella—. Ya lo usarás cuando estés perfecta otra vez.
—Gracias, Bi. Y las flores son hermosas —añadió mamá, mirando el ramo—. Me alegran la habitación.
Nos quedamos un rato las tres hablando de cosas ligeras: el hospital, el calor, chismes pequeños. Pero de pronto empecé a notar algo raro en Bianca: se reía en los momentos correctos, pero los ojos se le iban al suelo, como si hubiera otra conversación pasando dentro de su cabeza.
Mamá, que no dejaba pasar ni media, la observó un momento.
—¿Todo bien, Bi? —preguntó, con suavidad.
—Sí, sí, todo bien —respondió rápido—. Es que me alegra verte bien, Amelia.
No me convenció.
—Ma, voy a la cafetería. Me muero de hambre —dije, para sacar a Bianca de la habitación sin exponerla—. ¿Te traigo algo?
—No, amor. Anda, baja un rato con Bianca, que seguro tampoco ha comido.
Salimos al pasillo. Bianca iba demasiado callada para ser ella.
—Bi, ¿qué pasa? —pregunté.
—Nada, nada.
—Te conozco. Algo te pasa.
—No te quiero preocupar con mis cosas. Has tenido de todo últimamente, y Amelia aquí en el hospital…
—Bi, mi mamá está bien. Y yo también estoy para ti. Anda, vamos a la cafetería.
La cafetería era pequeña, con olor a pan recalentado y café demasiado oscuro.
Algunos médicos iban y venían; otras personas, con cara de agotadas, esperaban en silencio.
Aun así, el lugar tenía una energía curiosamente amable.
Siempre pasa con las cafeterías: incluso si estás en un hospital, una funeraria o esperando una mala noticia, el sonido de la máquina y el ir y venir de las tazas te recuerdan, de algún modo, que la vida sigue. Aunque duela. Aunque pese. Pero sigue.
Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. Bianca jugó un rato con el sobre del azúcar antes de hablar.
—Sigo muy bloqueada —dijo al fin—. Hace semanas que no puedo terminar una sola obra. Todo me parece repetido, sin sentido. Y lo peor es que ni siquiera me importa.
—Sí te importa —repliqué—. Y lo que haces es maravilloso. Este bloqueo pasará. Date un poco de tiempo.
Negó con la cabeza.
—No sé, Mar. Puede que tenga que pensar en hacer otra cosa. Además, me siento bloqueada en general. Y lo de Alex tampoco va muy bien.
—Lo siento, Bi. —Apoyé los codos en la mesa—. Estás como en una transición donde todo se remueve. Pero saldrás de ahí. Estoy segura. ¿Qué pasa con Alex? Lo que tienen es muy especial.
—Sí es especial, pero esto abierto que tenemos… no sé. A veces lo siento vacío.
—¿Por qué no le propones cerrar la relación?
—No —respondió casi con reflejo—. Porque sabes que eso no va conmigo. No creo en la monogamia ni en nada de eso.
—Bi, todos tenemos derecho a replantearnos lo que creemos.
—Lo dice la que nunca se va a casar porque el matrimonio no es para ella. —Me miró con media sonrisa cansada.
—No estamos hablando de mí —repuse—. Y estoy segura de que si hablas con Alex, todo se puede replantear.
—Pero no es cosa de Alex, soy yo la que no me lo quiero replantear —dijo, subiendo un poco la voz. Luego respiró hondo—. Perdona, no quise alzar la voz.
—No pasa nada, te entiendo —dije—. Y aunque no lo quieras oír, te repito: lo del bloqueo pasará. Y lo de Alex… no está mal caer en cosas que decíamos que no creíamos, o en clichés. Solo pregúntate qué quieres tú, sin pensar en la «Bianca libre y empoderada». Solo tú, sin etiqueta.
Se encogió de hombros, mirando el café.
—A veces pienso que tú sí sabes avanzar, incluso cuando la vida se te da vuelta.
—Créeme, solo sé disimular —contesté.
Nos reímos bajito, con esa complicidad que solo se tiene con quien te ha visto caer y levantarte muchas veces.
—A propósito —dijo ella, con una sonrisa ladeada que ya conocía—, en la exposición donde lo más seguro es que llegue sin nada que mostrar, abrieron una convocatoria para artistas nuevos. Van a dar un pequeño espacio a alguien. Creo que deberías presentarte.
Solté una carcajada.
—Primero: sí vas a llegar. Y segundo… ¿estás loca?
—¿Por qué? —Apoyó la barbilla en la mano—. Tienes que confiar más en lo que haces. Tu trabajo es bueno, te lo digo yo, que algo he aprendido en quince años. Tiene personalidad.
—No, Bi, no sé. Además, no voy a ganar.
—No lo hagas por ganar.
Me quedé pensando.
Creo que casi siempre había hecho todo para eso: ganar.
—¿Y si no lo hago por ganar, para qué lo hago? —pregunté.
—No sé. Para exponerte. Para incomodarte.
—¿Y por qué querría incomodarme?
—Margarita, porque te has montado una vida cómoda.
—¿Cómoda? Te recuerdo que me separé.
—Separarse hoy es tan común que ni siquiera cuenta como incomodidad —dijo entre risas—. Y, siendo sinceras, fue lo único incómodo que tampoco elegiste tú.
—Bueno, eso es cierto —admití, sin poder evitarlo.
—No sabes si vas a ganar, pero es jugar, no ir por lo seguro, exponerte. Piénsalo, ¿sí? ¿No me dijiste ayer que eras una nueva tú, una Mar libre?
Sonreí, torciendo la boca.
—La respuesta es no.
En ese momento, vibró mi teléfono sobre la mesa.
—Espero que tu mamá esté mejor. Te mando un beso —leí en voz alta.
Se me pusieron los pelos de punta.
—¿Álvaro o Lucas? —preguntó ella, casi sin darme tiempo.
Le di un golpe en el brazo.
—Pregunto en serio —replicó, riendo.
—Es Álvaro, obviamente. —Volví a mirar la pantalla—. Tengo que salir de la cita con Lucas y Samuel y ya enfocarme en esto.
Bianca suspiró.
—Mar —dijo—. No vas a empezar de cero mientras tengas las manos ocupadas con lo que quedó roto.
Quizá tenía razón.
Quizá no.
Porque sí, había pedazos, pero no sabía si quería tirarlos, si quería guardarlos o si solo necesitaba sostenerlos un poco más para entender qué significaban ahora.