Nosotros después del arte 10
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El beso no fue largo ni escandaloso. Fue preciso, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes de que yo la registrara.

Cuando me separé, aún sentía el pulso en la boca.

—Perdona —dije, casi por reflejo.

Álvaro negó despacio, como si la disculpa no encajara en la escena.

—No me pidas perdón. Tenía ganas de hacer esto desde que te conocí.

El rubor subió por mi cuello. Iba a responder algo, cualquier cosa, pero la voz de Claudia irrumpió desde el pasillo:

—Mar, ya está en la habitación.

El momento se cerró sin ceremonias. Recogí mis cosas. Álvaro no preguntó si podía acompañarme; simplemente vino conmigo, como si lo natural fuera eso.

~~~

La habitación tenía ese olor que conocía desde siempre: desinfectante, metal, aire frío tratando de ser neutral.

Mamá reposaba en la cama con la bata celeste y una expresión de dignidad herida, la de alguien que detesta estar en el papel de paciente.

—¿Cómo te sientes? —pregunté.

—Como si me hubiera arrollado un camión pequeño —respondió—. Pero estoy bien.

La abracé despacio.

Al separarme, noté su mirada inclinándose hacia la puerta, donde Álvaro esperaba sin invadir.

—¿Y él es…?

—Álvaro.

—Dile que pase. No me conocerá en mi mejor versión, pero que pase igual.

Asentí y salí un segundo.

—¿Quieres saludarla? —pregunté.

—Claro —respondió, sin pensarlo.

Entró con una mezcla de respeto y soltura.

—Hola, Amelia. Encantado.

—Encantada —dijo mamá, examinándolo sin que pareciera que examinaba—. Y gracias por acompañar a mi hija.

La temperatura de la habitación cambió un grado. O dos.

Nos quedamos hablando. Mamá le hacía preguntas de esas que parecen casuales pero que, en realidad, son filtros. Él respondía con naturalidad.

Yo observaba desde una esquina de mí misma: la facilidad con la que mamá recuperaba energía a través de la conversación; la tranquilidad con la que él se adaptaba a ella, como si se conocieran desde hacía más tiempo del real.

Hasta que una voz familiar sonó desde la puerta:

—Pero bueno, Amelia, ya te ves de maravilla.

Gustavo entró con su bata blanca, una sonrisa de «salió todo bien» y esa complicidad que me sorprendía y no a la vez.

—Tus mentiras no me levantan el ánimo, Gustavo —refunfuñó mamá.

—No son mentiras —respondió él, revisando el suero—. ¿Cómo va el dolor?

—Bien, casi nada. ¿Era necesario dejar antibióticos?

Gustavo apoyó una mano en la baranda.

—Sí. Había inflamación y algo de líquido. Nada grave, pero prefiero prevenir.

Mamá asintió con un suspiro.

—¿Y no me dejaste cuatro cicatrices horrendas, verdad?

—Solo las suficientes para que no me olvides otros treinta años —bromeó él.

Mamá le dio un golpe en el brazo.

—Qué descarado.

La complicidad entre ellos era tan evidente que sentí curiosidad por esa versión de mi madre que existió antes de mí.

—Paso más tarde a ver cómo estás —dijo Gustavo al despedirse.

Me acerqué.

—Mami, me voy ya. Samuel debe estar desesperado. Si quieres, vuelvo a dormir contigo; Claudia dijo que puede dejarme un sofá.

—No, bebé. Me conoce todo el hospital, no hace falta. Y Samu lleva solo desde la mañana, pobre. Ven temprano y tráeme un capuchino o un matcha. El café de aquí es horroroso.

Sonreí.

Álvaro también se acercó para despedirse.

—Me encantó conocerte, Amelia. Descansa.

—Gracias por acompañarnos hoy —respondió ella—. ¡Y tráele un capuchino también a Gustavo, Mar! —gritó mientras salíamos.

~~~

Fuera, el aire caliente me abrazó como si necesitara recordarme que el verano seguía, indiferente, a pesar del susto.

Álvaro abrió la puerta del coche.

Nos sentamos. El motor arrancó. El silencio, al principio, fue cómodo.

—Tu mamá es increíble —dijo al fin.

—Lo es —respondí—. Intensa, pero increíble.

—Y el parecido es notable.

—Eso dicen. Pero luego conocen a mi papá y dicen lo mismo. Así que ya no sé.

—Quizá tienes lo mejor de los dos.

—O lo peor.

—También es posible. —Rio—. Pero los ojos verdes los heredaste de tu madre, ¿no?

—Sí. Los suyos son más hacia gris; los míos tiran a miel, como los de mi abuela.

Él me miró solo un segundo.

—Son preciosos, Mar.

Algo tibio se me instaló bajo la piel.

—Gracias… y gracias por todo lo de hoy. De verdad.

Él sonrió, más suave.

—No, gracias a ti. No todos los días alguien te besa en un hospital. Y menos así.

Ese «así» me recorrió.

—No soy de dar primeros besos así —admití.

—Entonces ya soy el primero en algo —dijo. Fue apenas una frase, pero la intención estaba clara.

Apoyó una mano en mi pierna.

No fue posesiva. Fue… presente.

De forma instintiva, puse mi mano sobre la suya. No la retiró.

~~~

Samuel estaba en la puerta como si llevara horas contando los minutos. Le di de comer, me duché y me dejé caer en la cama. Era un cansancio extraño: rigidez muscular mezclada con alivio y mucha curiosidad.

Miré el móvil.

Bianca: Mar, ¿dónde estás metida?

Lucas: Hola, Mar. Estoy pendiente de tus tiempos para salir los tres a pasear.

Le respondí primero a Lucas.

Yo: Mamá tuvo apendicitis. Fue un susto, pero está bien. Cuando todo se calme, te aviso.

Su respuesta llegó enseguida.

Lucas: Lo siento mucho. Me alegra que esté bien. ¿Puedo llamarla?

Me quedé un segundo mirando la pantalla. Lucas y mi mamá tenían un vínculo que yo había intentado romper por salud emocional, pero que quizá nunca fue mío para controlar.

Yo: Sí. Puedes llamarla.

Luego marqué a Bianca.

—¡Ciao, perdida! —gritó nada más responder.

—Bi… ha sido un día.

Le conté todo: la apendicitis de mamá, Gustavo, el beso, el miedo, el alivio.

—¿Por qué no empezaste por el beso? —se quejó riendo.

—Pensé que lo de mi madre casi muriéndose era más relevante.

—Amelia no se muere por algo tan clínico. Si le tocaba, se sacaba el apéndice ella misma con una cuchara.

Solté una carcajada.

—Mañana paso por el hospital —añadió—. Le llevo flores del sitio que le gusta. Y algo rosado, que según ella es el color del verano.

Esa ternura me desbordó un poco.

—Gracias.

—Ahora sí… ¿te gustó el beso?

—Mucho.

—¡MUCHO! —repitió—. Primera vez que te pregunto por un beso y no dices: «No sé… estaba pensando en Lucas».

—Tienes razón. —Reí—. Y mira que tendría motivos hoy.

—Quizá lo tienes más superado de lo que crees.

—No sé. Verlo, hablar con él…

—El tiempo dirá —dijo—. Pero reconócelo: hoy fue un día romántico a su manera. Dramático, pero romántico.

—Lo fue.

—Solo prométeme algo —añadió—. Ve despacio con Álvaro.

—¿Por qué? ¿Sabes algo?

—¡No, loca! Solo digo que él es un poco más… como yo. Menos como tú.

—Yo también puedo ser libre.

—Claro que sí, Mar libre. —Rio—. Anda, duerme. Mañana paso por el hospital. Si necesitas que cuide a Samu, tengo tus llaves.

—Gracias, Bi. Te quiero.

—Y yo a ti, tonta.

Cuando colgué, me quedé mirando el techo.

La palabra libre seguía ahí, dando vueltas.

¿Libre cómo?

¿Que me importaran menos las cosas?

¿Cambiar de planes sin más?

¿No pensarlo todo tres veces?

¿No cargar siempre con lo que pasaba en mi familia?

No tenía claro qué significaba esa libertad, ni qué parte quería para mí, ni cuál —por más que lo intentara—, jamás sería mi forma de vivir.