9
—¿Qué te dijo? ¿Está bien? —preguntó Álvaro en cuanto colgué.
—Estaba en casa, le empezó un dolor muy fuerte en el abdomen, vomitó… se palpó y, ya sabes, siendo médica, sospechó apendicitis. Se fue sola a urgencias. —Noté cómo la voz se me aceleraba—. Dice que está estable, le están haciendo exámenes.
—Vamos, te llevo.
—No hace falta, cojo un taxi.
—Mar —dijo, con calma—. Te llevo si me dejas.
Asentí.
Salimos a buscar su coche. Me abrió la puerta sin decir nada y subimos. Durante el trayecto, casi no hablamos. Yo miraba las luces de la ciudad pasar y tenía la sensación de que todos los semáforos se coordinaban para ponerse en rojo justo antes de que llegáramos.
—Va a salir bien —dijo al cabo de un rato, sin apartar la vista de la calle—. Si tu mamá ya está en urgencias, la están controlando.
No podía asegurarlo, pero necesitaba creerlo.
Llegamos al hospital donde trabajaba mamá. Conocía demasiado bien ese hall: lo había cruzado mil veces para buscarla al final de un turno, pero nunca con la espalda tan tensa.
Apenas entramos en urgencias, vi a Claudia: uniforme verde, moño deshecho, la sonrisa de siempre.
—¡Clau! —Fui hacia ella y la abracé. Sentí que, si hablaba un poco más alto, la voz se me rompía—. ¿Dónde está mi mamá?
—Mi niña, tranquila. —Me sostuvo por los brazos—. Amelia está bien. Tiene dolor, claro, pero está estable. Ya la vio el equipo de urgencias. —Luego miró a Álvaro con curiosidad—. ¿Y tú quién eres, cariño?
—Soy Álvaro —dijo él enseguida, tendiéndole la mano.
—Encantada, Álvaro —respondió Claudia, estrechándole la mano con complicidad—. Pero ya sabes —añadió, mirándome—, solo puede pasar una persona.
Me volví hacia él.
—Gracias por traerme. Si quieres, puedes irte tranquilo. Te aviso luego.
—No tengo prisa. Si prefieres, puedo quedarme por si necesitas algo.
Le sonreí.
—Vale, sí. Gracias.
Claudia me hizo una seña.
—Ven, te llevo con ella.
Atravesamos pasillos, puertas abatibles, monitores de fondo. Llegamos a un cubículo. Claudia corrió la cortina y ahí estaba mamá: en la camilla, con esa bata horrible de hospital, un suero en el brazo y el móvil en la mano, como si estuviera en el sofá de casa.
Un escalofrío me recorrió el pecho.
—Mami. —Me acerqué—. ¿Estás bien?
Dejó el móvil a un lado y me tomó la mano.
—Sí, amor. Perdona si te asusté.
—¿Qué dices? Gracias por avisarme. ¿Qué te han dicho?
—Pues lo que me temía —respondió, con esa mezcla rara entre voz de médica y de paciente—. Apendicitis aguda. —Me señaló el informe—. Mira: apéndice engrosado, líquido alrededor…
—Ay, mami…
Claudia intervino y le dio un apretón en la mano.
—Amelia, tranquila. Aquí te conocemos todos. Te vamos a cuidar como a una reina.
Mamá asintió, pero yo le conocía la cara. Ese fruncir mínimo del ceño no era precisamente calma.
—Hace un rato me dijeron que Jorge está de vacaciones y que han llamado a un cirujano de otro hospital —murmuró—. No sé quién viene y, la verdad, no me encanta que me abra un completo desconocido.
—Mami, todo va a salir bien, no te preocupes —intenté sonar firme, aunque por dentro tampoco estaba tan segura.
Ella asintió, pero el miedo ya se asomaba por los bordes. Ser médica tiene ese lado cruel: entender demasiado.
El tiempo se volvió raro. Pasó casi una hora. Mamá miraba la hora en el móvil cada pocos minutos.
—Mi amor —dijo al fin—, ve a buscar al jefe de guardia. Ya pasó más de una hora desde la eco. Cuanto más se demoren, más riesgo de perforación…
No terminó la frase, porque la cortina se abrió.
—Buenas tardes. —Entró un hombre con bata blanca y pijama quirúrgico verde debajo. Detrás venía un residente con la carpeta en la mano y cara de concentración—. ¿Amelia?
Mamá levantó la vista. Se quedó congelada.
—¿Gustavo? —Abrió los ojos—. No puede ser.
Él la miró con atención y sonrió, con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.
—Así que tú eres la paciente estrella por la que me hicieron posponer dos cirugías hoy. No me sorprende nada.
Mamá soltó una risa nerviosa.
—¿Tú eres el cirujano? Pensé que te habías quedado en medicina interna. Te perdí la pista.
—Empecé en interna, sí —explicó—, pero luego hice cirugía general en Madrid y la residencia aquí. Y ahora ya ves: apéndices, vesículas…
Se giró hacia mí, pero mamá se adelantó:
—Gustavo, te presento a mi hija, Margarita.
—Un gusto, doctor —dije.
Él me tendió la mano.
—Encantado, Margarita. Llámame Gustavo, por favor.
Había algo en la forma en que se miraban que decía «historia compartida» sin necesidad de palabras.
Mamá se acomodó en la camilla.
—Justo estaba preocupada por el tiempo —dijo—. Así que, si no quieres que después de treinta años sin vernos lo último que sepas de mí es que me quedé en tu quirófano, más vale que nos movamos rápido.
Él rio.
—Eso no va a pasar —aseguró—. Vas a estar bien, Amelia. Te lo prometo.
Se volvió hacia el residente.
—¿Me resumes el caso, por favor?
El chico abrió la carpeta.
—Mujer de sesenta y siete años, dolor abdominal de inicio periumbilical migrado a fosa ilíaca derecha, febrícula, náuseas y vómitos.
A la exploración: defensa localizada, Blumberg positivo.
Analítica con leucocitosis y PCR elevada.
Ecografía de hace una hora: apéndice engrosado, signos de inflamación, algo de líquido periapendicular, sin líquido libre en cavidad.
Gustavo asintió.
—Perfecto. —Miró a mamá—. Esto se opera ya.
Vamos a hacer una laparoscopia: tres incisiones pequeñas, sacamos el apéndice y, si vemos algo raro, lo tratamos.
Como hay líquido alrededor, te dejaremos ingresada con antibiótico intravenoso, pero lo normal es que en unos días estés otra vez mandando en este hospital.
Luego llamó a la enfermera que esperaba en la puerta.
—Por favor, quirófano de urgencias listo cuanto antes. Analgesia y profilaxis antibiótica con cefazolina y metronidazol desde ya. Avisadme cuando esté todo preparado.
La enfermera salió casi corriendo.
Gustavo volvió a mirar a mamá. Le tomó la mano un segundo.
—Voy a cambiarme y vuelvo a buscarte en cuanto tengamos quirófano libre, ¿vale?
—Vale —respondió ella, con una mezcla de miedo y alivio en la cara.
Cuando salió, me giré hacia mi madre.
—¿De dónde lo conoces? —pregunté.
Los ojos se le ablandaron.
—De la universidad —dijo—. Era mi mejor amigo antes de conocer a tu padre.
Estudiábamos juntos, salíamos, nos contábamos todo.
Pero a tu papá le daban muchos celos. Decía que Gustavo sentía algo más, que yo no lo veía.
—Hizo un gesto con la mano—. Al final me fui alejando.
Primero un poco; luego del todo. Supe por amigos que se casó, que se fue a Madrid, pero no que estaba aquí.
—Bueno, preferías que te operara un conocido —dije—. Aunque creo que no esperabas ese tipo de conocido.
—Exacto. —Se rio—. Treinta años sin vernos y reaparezco con mi culo al aire. Muy glamuroso todo.
La risa nos aflojó un poco a las dos.
Poco después, Gustavo volvió ya con pijama azul, gorro puesto y mascarilla colgando del cuello.
—Amelia, está todo listo —avisó—. Te llevamos ahora.
Me incliné para besarla en la frente.
—Todo va a salir bien, mami.
—Sí, amor. Reza un poquito por mí —susurró—. Nos vemos en un rato.
La camilla empezó a moverse. El sonido de las ruedas alejándose por el pasillo me abrió un hueco en el pecho. Quería confiar en que saldría bien, pero durante unos segundos desfiló por mi cabeza toda la lista de cosas que podrían salir mal.
Respiré hondo, recogí el bolso y salí hacia la sala de espera.
Vi a Álvaro apoyado en la pared, manos en los bolsillos, cara de haber contado cada baldosín del pasillo.
Me acerqué. Al verme, se enderezó.
—¿Cómo está? —preguntó, sin moverse.
—Sí era apendicitis. La están operando ahora. —Noté la voz temblar al final—. Puede tardar un par de horas.
Sentí cómo las lágrimas subían, empujaban, pedían salida.
Él no dijo nada. Se acercó y me abrazó. No fue un gesto tímido; fue un abrazo que aguanta peso. Apoyé la frente en su hombro y, por un momento, dejé de intentar ser fuerte.
—Va a salir bien —murmuró.
Su olor era fresco.
Cuando me separé, me pasó el pulgar por la mejilla y me secó una lágrima, con cuidado, como si no quisiera borrarla del todo.
—Te compré esto —añadió.
Me tendió una botella de agua fría y una tableta de chocolate.
—No sabía si tenías hambre, sed o las dos cosas.
No me había dado cuenta de lo seca que tenía la boca hasta que vi el agua. Abrí la botella y bebí casi la mitad de un trago. El chocolate me devolvió un poco de energía que ni siquiera sabía que había perdido.
—Gracias —dije—. No tienes idea de cuánto necesitaba esto.
Nos sentamos en unas sillas de plástico azul. Recogí las piernas sobre la silla. Él se acomodó al lado, lo bastante cerca para sentirlo, lo bastante lejos para no agobiar.
La espera se estiró. En los hospitales el tiempo se deforma: a ratos corre, a ratos no se mueve.
Álvaro respetó mis silencios. A veces miraba el móvil; otras seguía con la mirada a la gente que entraba y salía: una pareja con un niño en pijama, un hombre mayor con bastón, una chica con la muñeca vendada.
De vez en cuando me preguntaba algo simple —por Samuel, por mi barrio— como para recordarme que fuera de allí también existía vida.
Después de casi dos horas, vi a Gustavo salir por la puerta de personal, todavía con el gorro, ya sin mascarilla. Me levanté antes de que entrara del todo en la sala. Álvaro se levantó conmigo.
—¿Cómo está? —pregunté, casi sin aire.
Gustavo sonrió.
—Bien. Todo ha salido muy bien. Tu madre es fuerte.
El apéndice estaba bastante inflamado, al borde de perforarse, pero llegamos a tiempo.
Pudimos extraerlo por laparoscopia, limpiamos bien la zona y no encontramos pus libre en la cavidad, solo algo de líquido inflamatorio.
Se quedará ingresada unos días con antibiótico intravenoso, y la iremos controlando.
Pero si todo evoluciona como esperamos, pronto podrá volver a casa.
Sentí cómo el cuerpo se aflojaba, como si alguien soltara una cuerda que llevaba horas tirante dentro de mí.
—Gracias. —Lo abracé sin pensarlo—. De verdad, gracias.
Noté mis propias manos temblar. Esa sensación rara de haber esquivado algo grande que ya imaginabas.
—No hay de qué —respondió con cariño—. En cuanto despierte la llevamos a una habitación y podrás verla.
Asentí. Nos despedimos y él se alejó por el pasillo.
Me giré hacia Álvaro.
—Está bien —dije, todavía probando las palabras—. Todo salió bien.
Él sonrió.
—Me alegro muchísimo.
Volvió a abrazarme. Esta vez el miedo se mezcló con el alivio y un cansancio dulce. Su mano quedó en la parte baja de mi espalda; la mía subió hasta su cuello casi sin que me diera cuenta.
Nos separamos apenas unos centímetros. El hospital seguía lleno de ruidos —carritos, monitores, órdenes a lo lejos—, pero entre nosotros el aire se volvió denso y quieto.
—Gracias por quedarte —murmuré.
—No se me habría ocurrido irme —respondió.
Su mano seguía en mi cintura. Las mías, sobre sus hombros. Podía haber dado un paso atrás, hacer un chiste, cortar la tensión. No lo hice.
No sabría decir quién se acercó primero. Solo sentí cómo la distancia se encogía, cómo su respiración chocaba con la mía y cómo, aunque me daba miedo lo que estaba naciendo ahí, el miedo no fue suficiente para frenarme.
Y en el lugar menos romántico del mundo, entre desinfectante, luces blancas y sillas de plástico, hice algo que me asustaba… pero lo hice igual:
Lo besé.