8
Lo vi antes de que él me viera.
Estaba sentado en un banco frente a la cafetería, la espalda apoyada en el respaldo, una pierna cruzada sobre la otra y un vaso de cartón en la mano.
Llevaba camiseta azul y el pelo un poco revuelto por el viento.
No miraba el móvil; miraba la calle, las bicis, la gente, como si de verdad le interesara el miniuniverso que pasaba delante.
Cuando ya casi llegaba a la esquina, levantó la vista. La sonrisa le salió directa, sin transición.
—¿Veredicto del café? —pregunté, señalando el vaso.
—Muy bueno —dijo—. Pero eso de «el mejor café de Barcelona» me parece discutible.
—Por favor… —Puse cara ofendida—. ¿Tienes uno mejor?
—Varios, de hecho.
Reí.
—Bueno, entonces no tendrás más remedio que llevarme —dije—. Por rigor científico.
Nos pusimos a andar por la calle peatonal de detrás de mi oficina.
Los árboles formaban una especie de techo verde y el sol se filtraba entre las hojas, dibujando manchas de luz en el suelo.
Las terrazas estaban llenas, los sonidos se mezclaban: risas, platos, un saxofón a lo lejos, una campanilla de bici pidiendo paso.
El aire olía a pan, a cerveza recién servida y a algo dulce que no alcancé a identificar.
—¿Qué tal tu día? —preguntó Álvaro.
—Bien. Normal —contesté.
Giró un poco la cabeza hacia mí, lo justo para medir mi expresión mientras seguíamos caminando.
—Eso sonó a «no tan bien» —observó.
Me salió una sonrisa incómoda.
—No quiero sonar dramática —dije—. Solo es que no estoy muy enamorada de mi trabajo últimamente.
—A mí me interesa tu drama —replicó, sin ironía pesada—. Si quieres contarlo, te escucho.
Solté el aire despacio. Quizá necesitaba decirlo en voz alta, aunque fuera a un casi desconocido.
—No es que odie lo que hago —empecé—. Me gusta programar, o me gustaba.
Pero ahora funciono en piloto automático.
Antes sentía que resolvía cosas que tenían sentido; ahora solo apago fuegos que ni siquiera me importan.
Y la rutina pesa. A veces miro la pantalla y pienso: ¿De verdad esta va a ser mi vida los próximos años?
Un niño pasó corriendo delante de nosotros con un helado en la mano; su madre lo siguió a paso rápido. Nos pegamos un segundo a la fachada.
—Y luego está todo lo de la compra de la empresa —seguí—. Cambiaron jefes, procesos, reglas. Mi jefe nuevo parece siempre al borde de un ataque de ansiedad. El ambiente lo absorbe todo. Nadie se queja en voz alta porque «hay que agradecer tener trabajo». Yo solo siento que me voy encogiendo.
Álvaro caminó en silencio unos pasos.
—¿Y qué te detiene a hacer algo distinto? —preguntó al cabo de un momento.
Respiré hondo.
—No lo sé —admití—. Podría buscar otra empresa, programadores hacen falta en muchos sitios. Pero a veces siento que no quiero otro trabajo. Querría… no trabajar por un tiempo. Y no es vagancia, es cansancio. Como si me hubieran ido drenando de a poco.
—Tiene sentido —dijo—. Pero entonces, quizá la pregunta no sea «¿qué trabajo buscas?», sino «si el dinero dejara de ser un problema, qué harías?».
—Pero no deja de ser un problema —repliqué—. El alquiler se paga en euros, no en deseos.
Sonrió.
—Mar, haz el experimento un segundo. No viene Hacienda a cobrártelo después.
Rodé los ojos, pero la pregunta ya se había colado dentro.
—Pintar —respondí, más rápido de lo que esperaba—. Estudiar bellas artes. O irme unos meses a viajar sin agenda. La pintura, sobre todo. Los días que tengo clase en el taller con Bi siento que… respiro de otra manera.
—Eso lo entiendo bastante —dijo—. Con mi mejor amigo pasaba algo parecido. Toda la semana atrapados en trabajos «serios»: consultoría, trajes, PowerPoint. Llegaba el sábado, salíamos con la cámara y nos transformábamos un poco. Nada místico, solo que aparecía otra parte de nosotros.
El semáforo cambió a verde. Cruzamos y el aire se sentía cada vez más tibio; me recogí el pelo para despejarme el cuello del calor.
—Ese fue el trabajo que dejaste, ¿no? —pregunté—. ¿Y tu amigo? ¿También es fotógrafo ahora?
La mirada de Álvaro se volvió más honda.
—No —respondió—. Diego murió. Cáncer. Dos meses desde que se lo detectaron.
Me detuve medio segundo.
—Lo siento mucho —dije.
—Gracias —respondió—. Fue muy duro. Pero también una especie de terremoto.
Todo lo que parecía estable se movió. En ese momento yo estaba comprometido con Camila.
Los tres, Cami, Diego y yo, nos conocíamos desde adolescentes.
Teníamos esta sensación de «vamos a compartir la vida entera». Y de pronto, ya no estábamos los tres.
Un grupo de turistas pasó entre nosotros y la calzada, siguiendo a un guía que levantaba una banderita azul. Nos quedamos en silencio hasta que se alejaron.
—Tenía un trabajo que quedaba muy bien en papel —continuó—, un sueldo correcto, una relación estable.
Pero por dentro todo se había desordenado.
Me parecía absurdo seguir metido en una sala discutiendo estrategias mientras la vida se mostraba tan…
corta. Sentí que, si no hacía cambios ahí, iba a acabar siendo alguien que no reconocía.
—¿Y Camila? —pregunté.
—Lo pasó fatal —admitió—. Los dos lo hicimos.
Se mezclaban el duelo, la confusión y los planes que ya no iban a ser.
Al final, cada uno necesitó caminos distintos.
Fue doloroso, pero necesario. De alguna forma, todos tuvimos que recolocarnos: Diego ya no estaba; nosotros teníamos que averiguar quiénes éramos sin él y sin la versión antigua de nosotros mismos.
Lo escuché con un nudo suave en el pecho. Me impresionaba que hubiese convertido todo ese dolor en movimiento.
—¿Te arrepientes de algo? —pregunté.
—Si pudiera cambiar algo para que él siguiera aquí, lo haría sin pensarlo —respondió—. De lo demás, no. Lo que vino después me trajo hasta hoy. Y hoy, con todo, me gusta mi vida.
Se quedó un momento en silencio, como si probara esa frase por dentro. Yo pensé en todas las veces que había querido cambiar cosas sin que ninguna explosión me obligara a hacerlo.
Seguimos andando sin hablar. El sol empezaba a bajar un poco. Al pasar frente a una de mis librerías favoritas, él se detuvo.
—¿Te apetece entrar? —preguntó—. Quiero mirar un libro. Luego, si quieres, nos sentamos en la terraza.
—Sí —respondí—. Me encanta este lugar.
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Dentro, cada rincón parecía diseñado para que alguien se perdiera: estantes altísimos, lámparas colgantes de luz cálida, sofás escondidos en esquinas. El silencio era tan denso que parecía que los libros murmuraban entre sí.
Nos separamos sin decir nada.
Él se fue hacia fotografía; yo me acerqué a las mesas de novedades. Deslicé los dedos por algunos lomos, leí primeras frases, levanté una novela coral que llevaba semanas viendo en redes. La sostuve un segundo, la devolví, volví a cogerla. Al final, la metí bajo el brazo.
Mientras avanzaba por el pasillo, pensé en lo fácil que es postergar deseos hasta que aparece algo que te obliga a elegir.
Una pérdida, un susto, un diagnóstico. Sabía que necesitaba cambios.
Sabía que el trabajo me drenaba y que la vida que tenía se me quedaba pequeña en algunos lados. Pero la idea de soltar me daba pánico.
En mi casa, el descanso siempre había sido premio. Primero se trabaja. Luego, si queda energía, se disfruta. Renunciar «porque sí» sonaba a capricho. Y no sabía bien cómo vivir sin la sensación de ganarme cada respiro.
Doblé el pasillo y lo vi en la caja. Álvaro sostenía dos libros.
Me acerqué y dejé el mío sobre el mostrador.
—¿Te decidiste? —preguntó.
—Uno solo —dije—. Hoy me controlo.
Pagó los suyos; yo pagué el mío. Salimos a la terraza y encontramos una mesa al fondo, un poco más apartada del ruido.
Pedimos algo para picar y dos cervezas. El vaso sudaba sobre la madera; la espuma dejaba una marca fina en el borde.
—Tengo algo para ti —dijo de pronto.
Abrió la bolsa de la librería, sacó uno de los libros y lo dejó frente a mí, con la portada hacia abajo.
—¿Qué es? ¿Cómo renunciar sin morir en el intento? —bromeé.
—Casi. —Sonrió—. Dale la vuelta.
Obedecí.
El camino del artista. Julia Cameron.
Se me arquearon las cejas.
—Wow —dije—. Todo el mundo me ha hablado de este libro y no sé por qué nunca termino comprándolo.
—Pues ya no tienes excusa —respondió—. Creo que puede hacerte buena compañía con todo lo que contaste antes.
Deslicé la mano hacia el libro. Él también lo acercó un poco más y nuestras manos se encontraron un instante. Sus dedos rozaron los míos por el dorso. El contacto duró nada, pero mi piel reaccionó como si alguien hubiera subido el volumen.
No retiré la mano enseguida. Él tampoco.
—De verdad, gracias —dije al fin—. Por el libro… y por escuchar.
—De nada —contestó—. Me interesa que encuentres la forma de no seguir apagándote.
Apreté los labios para contener una sonrisa demasiado grande. Miré la portada, luego a él.
—¿Siempre eres así con la gente que acabas de conocer? —pregunté.
—No —negó—. Solo con la gente a la que quiero seguir conociendo.
Sentí el rubor subirme despacio. Me refugié en un trago de cerveza.
—Vale —murmuré.
Él se recostó un poco en la silla.
—Por cierto —añadió—, ya tengo un apodo para ti.
—¿Ah, sí? ¿Mar no te gusta? —pregunté.
—Me gusta, pero me gusta más Marea.
La palabra quedó flotando entre nosotros.
—¿Marea? —repetí—. ¿Por inestable?
Se rio.
—Porque pareces tranquila, pero se nota que por dentro se mueve un mundo.
Reí también, aunque sentí un calor raro en el pecho.
—Genial —dije—. Ahora tendré que buscarte uno a ti.
No añadí nada más. No hizo falta. Se quedó mirándome un instante de más, ese en el que algo se asienta y otra cosa se desordena.
El móvil vibró sobre la mesa.
Miré la pantalla.
Mamá.
—Perdona —susurré—. Es mi madre.
—Claro —asintió él.
—¿Mami?
Su voz no sonó como siempre. Llegó tensa, apretada.
—Mar, estoy en el hospital…
El aire se quedó a medio camino. Sentí una presión seca en el pecho.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —pregunté.
Álvaro me miró al instante. La cara se le volvió seria.
—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.
No supe si contestarle a él o seguir escuchando a mamá. Solo sentí el pulso dispararse, ese vértigo que anuncia que algo está a punto de cambiar de forma.