Nosotros después del arte 7
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Había imaginado mil veces cómo sería el día en que viera a Lucas seguir adelante con su vida.

En algunas versiones me derrumbaba; en otras, ya no me importaba nada.

La realidad fue más rara. Más gris.

Sí, él avanzaba: se había enamorado, se había comprometido. Pero al mismo tiempo, lo nuestro seguía en su cabeza. Y en la mía. Y yo no me derrumbaba ni era completamente indiferente. Vivía en un estado de alerta raro, como si esperara el siguiente movimiento.

Esa noche me costó soltar el día. Tenía el cuerpo pesado, como si llevara horas con una mochila colgando de los hombros. Me giré de un lado a otro en la cama, cambié de almohada, conté respiraciones. Nada.

Samuel acabó saltando sobre el colchón, dio dos vueltas, me empujó con el lomo hasta arrinconarme en media cama y se tumbó panza arriba.

Le apoyé la mano en el pecho, siguiendo el ritmo de su respiración.

Después de eso, el sueño cayó de golpe. Denso.

Sin sueños claros. Solo desperté a medias alguna vez cuando él roncó demasiado cerca de mi oreja.

Cuando abrí los ojos, la habitación tenía esa luz oblicua de las mañanas de verano. La cortina dejaba pasar franjas doradas en la pared. Samuel seguía en la misma posición, con la boca entreabierta, absolutamente ajeno a cualquier dilema.

Yo, en cambio, sentía una especie de resaca de información emocional.

Me quedé quieta, mirando el techo. El cuerpo seguía pesado, pero la cabeza ya se había activado: la palabra «comprometidos», su rodilla rozando la mía, la idea absurda de pasear juntos a Samuel.

El móvil vibró sobre la mesita.

Alargué la mano sin muchas ganas. El nombre brillaba en la pantalla.

Lucas: Me encantó verte. Gracias. Feliz semana.

Podía contestar algo simpático, adulto, políticamente correcto: «Igual, cuídate». Podía preguntar lo obvio: «¿y ahora qué?». Podía no responder.

Elegí la opción intermedia y cobarde: un corazón.

Nada más.

Envié el emoji, dejé el móvil y esta vez lo puse boca abajo, como si eso le bajara el volumen al tema.

No pensaba regalarle la mañana entera a Lucas. Bastante espacio tenía ya.

Otros pensamientos hacían cola: no quería ir a trabajar; una parte de mí fantaseaba con hacerme millonaria de forma inesperada para mandar correos de renuncia dramáticos; y, en medio de todo eso, había algo más luminoso: esa tarde vería a Álvaro.

Habíamos hablado un par de veces desde la cena en la trattoria. Me había escrito que ese día trabajaba cerca de mi oficina y me preguntó si me apetecía caminar un rato al terminar.

Le serví el desayuno a Samuel. Se acercó, olió, me miró un segundo —como comprobando que era de su comida favorita— y empezó a comer con unas ganas que yo ya no recordaba tener por casi nada.

Me preparé un café, me duché y elegí ropa sin pensar demasiado. Sentía que estaba en el borde de algo, pero todavía no sabía de qué.

~~~

La entrada del edificio donde trabajaba siempre me engañaba un poco.

Desde fuera parecía un portal más del Eixample, pero al cruzarlo, aparecía una escalera amplia de mármol, barandillas de hierro trabajado y techos pintados con historias antiguas.

Me gustaba ese primer tramo: me recordaba que la ciudad podía ser solemne incluso un lunes.

El encanto duraba poco.

Tras subir un par de pisos, llegabas a la puerta de cristal que separaba ese mundo clásico del universo oficinas. La cruzabas y todo cambiaba: pasillos grises, paredes lisas, luces blancas que aplastaban cualquier intento de romanticismo. Monitores alineados, como una constelación triste.

Me senté en mi puesto. Al encender el ordenador, el correo se abrió como una boca llena de pendientes: cuarenta y ocho mensajes nuevos. Diez llevaban «URGENTE» en el asunto, aunque ninguno lo parecía de verdad.

Iván, del equipo de producto, asomó la cabeza por encima de mi pantalla con una taza en la mano.

—¿Ya fuiste por tu café de la esquina? —preguntó.

—Sí, ya pasé temprano —respondí.

—La próxima me avisas y vamos juntos —propuso, apoyándose un poco en el borde de la mesa.

Asentí con media sonrisa.

Iván me había invitado un par de veces a «tomar algo después del curro». Siempre encontré una excusa distinta. No era culpa suya; simplemente no sentía ese clic mínimo que justificaba pasar por una primera cita.

Sonó la notificación de reunión general.

Respiré hondo, cogí el portátil y fui a la sala grande.

Mi jefe apareció un par de minutos más tarde, con el pelo revuelto y la laptop bajo el brazo.

Después de dar vueltas sobre temas varios, terminó soltando que la meta del trimestre era aumentar un cuarenta por ciento la retención de usuarios. Ninguna acción concreta, ninguna propuesta real de mejora del producto. Solo frases como «aprovechar sinergias» y «pensar out of the box».

Mientras lo escuchaba, abrí un documento en blanco y escribí una frase: «Tengo que irme de aquí».

La miré unos segundos. Luego la borré.

En mi cabeza apareció la pregunta de siempre: ¿y de qué piensas vivir, querida?

La mañana se desgranó en cosas pequeñas: respuestas a correos, minibugs que arreglar, chistes en Slack, el comentario de una compañera sobre un reality que yo no veía, otra reunión para hablar de otra futura reunión…

Cada vez que miraba el reloj, las agujas parecían ir lentas, pero la tarde con Álvaro se acercaba un poco más.

A media tarde, el móvil vibró sobre la mesa.

Un mensaje.

Álvaro: Ya estoy por aquí. Sin prisa. Te espero en el café.

Sonreí.

Contesté.

Yo: Perfecto, salgo en veinte minutos.

Volví a mirar el código, aunque una parte de mí ya había abandonado el edificio. Tenía ese cosquilleo adolescente en las manos y una sonrisa que se me escapaba sola.

Cuando por fin llegó la hora, guardé el portátil, apagué la pantalla, me despedí del equipo con un gesto rápido y salí al pasillo.

Cada escalón hacia la calle se sintió como un cambio de aire.

Al empujar la puerta de salida, respiré más hondo de lo normal.

No era solo el aire de fuera; era la sensación de recuperar algo mío que no cabía entre esas paredes grises.