Nosotros después del arte 6
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Quedamos en una cafetería a cuatro calles de mi piso.

La elegí por eso: cerca, luminosa, con mesas pequeñas, demasiado blanca como para que algo se desbordara.

Salí con tiempo. Quería llegar antes, sentarme, respirar, decidir qué cara usar.

Parecía que lo conseguía. Caminé casi tranquila… hasta que doblé la esquina.

Lucas ya estaba allí.

Lo reconocí primero por los hombros: anchos, un poco caídos hacia delante cuando se concentraba.

Tenía el móvil en la mano, la pierna rebotaba bajo la mesa.

El pelo más corto. Y la camisa celeste de rayas blancas que habíamos comprado en Lisboa, una tarde que yo había guardado en una carpeta mental que evitaba abrir.

Le seguía quedando bien. Demasiado bien.

Ahí la calma se deshizo: una sacudida en el pecho, entre alegría antigua y un impulso clarísimo de dar media vuelta.

Él levantó la vista, como si hubiera notado algo. Me encontró al instante. Sonrió.

Se levantó.

—Hola —saludó.

—Hola.

Nos acercamos con ese paso extraño de la gente que se conoce demasiado.

El abrazo llegó solo. Ni cordial ni rápido: más largo de lo necesario. Mis manos encontraron su espalda con la misma facilidad de siempre. Él apretó un poco más, como comprobando que de verdad estaba ahí.

Olía igual: a jabón, café y algo que siempre asocié con domingo.

—Estás igual —dijo al separarse.

—Tú no —solté sin pensar—. Estás más serio. Como si hubieras hecho demasiadas cosas de adulto últimamente.

Lucas soltó una risa breve.

—Ojalá fueran cosas de adulto. La mayoría son solo cosas.

Nos sentamos. Pedí un capuchino; él, un americano doble. La camarera dejó agua, servilletas y cucharillas.

Lucas me observó un momento, como si necesitara asegurarse de que la imagen no se desdibujaba.

—Gracias por venir —dijo al fin—. ¿Cómo estás? ¿Y Amelia?

—Bien —respondí—. Todo en orden. Y mi mamá a punto de jubilarse. Está feliz, un poco asustada, pero feliz.

—Se lo merece. —Asintió—. Siempre la recuerdo corriendo de un lado a otro. No sé cómo hacía todo.

—Ni yo.

La pausa cayó, pequeña, así que él la llenó.

—¿Y Samuel?

Ahí los ojos le cambiaron: un brillo breve, algo que se encendió y apagó a la vez.

—Igual de loco que siempre —dije—. Mira esto.

Nos inclinamos hacia la pantalla al mismo tiempo; los hombros casi se tocaron.

Le mostré un vídeo: Samuel robaba un pan entero y corría detrás de la cortina para «esconderse», con todo el cuerpo a la vista.

Lucas soltó una risa limpia, sin defensas.

—Es un sinvergüenza. Le echo de menos.

La frase quedó flotando. No era «os echo de menos», pero respiraba cerca.

—¿Sigue con las alergias? —preguntó.

—No. Ya está bien. Puede comer chuches sin que toque correr al veterinario.

—Menos mal. —Se recostó en la silla—. Siempre pensé que era alérgico a nuestras discusiones.

No supe si reír o no. Sonreí a medias.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tu familia?

Habló de su madre, de las caminatas eternas de su padre, de su hermana y la bebé nueva de la familia. Después me mostró una foto.

—Soy tío —dijo—. Se llama Carla.

Una bebé dormida, la mano diminuta aferrada a un dedo enorme. La voz de Lucas cambió al hablar de ella: más baja, más tierna.

—Es preciosa —dije.

—Lo es.

Lo observé un segundo. Me alegré por él, sí, pero la imagen rozó un rincón que pensé que ya no dolía.

Bebí un sorbo de café. No sabía cómo estirar más la charla ligera.

—Bueno —dije y solté la taza—, me dijiste que necesitabas verme. Aquí estoy.

Lucas deslizó la mano por el borde del plato, trazando círculos lentos con el dedo, como si buscara valor en la cerámica.

—Me enamoré, Mar —dijo—. Se llama Paulina.

Las palabras me cayeron como una piedra en el estómago.

—Me alegro por ti.

No sonó especialmente convincente; tampoco lo intenté.

—Las cosas se movieron rápido —continuó—. Nos fuimos a vivir juntos, todo encajaba. Hace unos meses nos comprometimos. Estoy feliz, es lo que quiero hacer. —Hizo una pausa—. Pero un par de días después del compromiso empecé a pensar en ti. En nosotros.

Tragué saliva con cuidado. No salió ninguna palabra.

Él lo notó.

—Mar —siguió—, le pedí a Paulina tiempo. Le dije que mi deseo más grande es casarme con ella, porque lo es, pero también que necesitaba ordenar dudas. Verte. Saber si lo que siento es nostalgia, miedo u otra cosa.

Sentí el corazón golpear, más por rabia y desconcierto que por romance.

—Di algo —susurró él.

—Lucas, ¿le pediste un free pass a tu prometida para ver si aún hay algo entre nosotros? —pregunté, sin suavizarlo.

—Dicho así suena mal. —Se pasó la mano por la nuca—. Le pedí espacio. Necesito mirar mi pasado de frente. Verte. Ver a Samuel. Estar seguro de todo esto.

—¿Y qué te dijo ella? —pregunté.

—Que si eso necesito para construir la vida que queremos, que lo haga.

Vaya nivel de serenidad.

—Muy comprensiva —dije en voz baja.

Él bajó la mirada y asintió.

—Entonces… —continué— ¿qué se supone que haces con este «tiempo»?

—No hay plan, Mar.

Rodé los ojos.

—Por favor. Siempre tienes un plan.

Una media sonrisa.

—Esta vez no. Solo quería verte. Contarte lo que me pasa. Y… —dudó— saber si tú también cambiaste. Si te enamoraste. Si todavía piensas en mí, aunque sea un poco.

La frase quedó entre nosotros, tirante.

El pecho se me cerró un poco.

—Lucas, esto no va de si pienso en ti o no. Va de lo que me estás pidiendo. ¿Quieres que te acompañe mientras decides si te casas? ¿Que yo sea tu cierre emocional de prueba? ¿Qué gano yo en todo esto?

Él bajó la voz.

—No intento usarte. Ni herirte. No sé hacer esto solo. Pensé que podríamos hablar un tiempo. Ver a Samu. Algo simple. Si para ti es demasiado, lo entiendo. Si ya pasaste página, también.

Yo no había pasado todas las páginas. No del todo. Y eso me irritó.

—He estado bastante tranquila, la verdad —mentí.

Él se inclinó un poco hacia mí, sin notarlo.

—Entonces hazlo por mí —pidió.

Su rodilla rozó la mía bajo la mesa. No la apartó. Yo tampoco.

—¿Y si mientras «somos amigos» se mueve algo que no debería? —pregunté—. Si tú cierras tus ciclos, decides casarte y la que se queda hecha polvo soy yo.

Lucas apoyó las manos en la mesa.

—Si algo revive, voy a sentirlo —dijo—. Y no seguiría adelante como si no significara nada. Si no pasa, también lo sabré. No quiero arrastrarte a un cierre cómodo para mí y doloroso para ti. Solo quiero recuperar algo bueno entre nosotros, si puedes.

Se quedó callado un segundo, como si dudara si decir lo siguiente.

—Y tampoco sé si hay alguien en tu vida. No quería asumir nada.

Ahí estaba lo que en realidad quería saber.

—No tengo ninguna relación, Lucas —respondí—. Y no necesito tenerla para ver que esto de «ser amigos» no es exactamente una gran idea.

Él sostuvo mi mirada. Ese segundo pesó más que toda la conversación.

—Mar, después de diez años no sé si desaparecer del todo es la única forma —dijo—. No sé si nosotros funcionamos así.

—Así funciona para todo el mundo.

—Tú y yo no somos todo el mundo.

Ahí sentí cómo se me aflojaban un poco los ojos. No lloré, pero estuve cerca.

Tenía razón: no lo éramos.

Miré la taza vacía. Era increíble cómo algo tan lleno antes podía sentirse tan ajeno ahora.

Suspiré.

—Supongo que a Samu le gustará que demos un paseo los tres —dije al fin.

Sus hombros se relajaron. Sonrió, grande, casi como antes.

—¿Sí?

Asentí. La cabeza dijo que sí; el resto todavía debatía.

Lucas abrió la boca, como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo.

Solo sostuvo mi mirada.