5
Algunos sábados desayunábamos juntas: mi madre, Bianca y yo. No era exactamente una tradición, pero se sentía como una. Un pequeño refugio que habíamos ido construyendo sin darnos cuenta.
Ese día quedamos en mi casa.
Mamá llegó un poco antes —como siempre— para «ayudarme», es decir, para tomar control de la cocina. Se plantó frente a la olla alta que trajo de Colombia, batió el chocolate con el molinillo y frunció el ceño como si el universo dependiera de la espuma perfecta.
—Amor, ¿ya pusiste a calentar las arepas? —preguntó sin pausar el movimiento del brazo.
Iba a responder cuando sonó el timbre.
Samuel salió disparado, seguro de que al otro lado había alguien que venía exclusivamente a adorarlo.
—Ya va, Samu —murmuré, abriendo la puerta.
Bianca entró envuelta en su energía habitual: esa mezcla de entusiasmo, caos y perfume caro.
Samuel prácticamente se le lanzó encima; ella lo recibió con la misma emoción.
—¡Mi niño precioso! ¿Me echaste de menos?
Él respondió con su ritual oficial: traerle la jirafa azul.
—Ignóralo o no desayunas —le advertí.
—Ignorarlo es como ignorar un terremoto —respondió y volvió a lanzarle la jirafa.
Por fin nos saludó a mamá y a mí. Y nos sentamos. El olor a chocolate, queso, huevos y arepas llenaba el piso.
—Dios… qué delicia —Bianca suspiró.
Mamá y yo apenas intercambiamos una mirada. Ese era nuestro único superpoder culinario: un desayuno que sabía a hogar.
Después, ella dejó la cuchara sobre el plato con esa calma que usaba justo antes de ir al grano.
—Bueno, ¿y nos vas a contar de tu cita?
—Exacto —dijo Bianca, levantando su taza como si brindara—. Yo vine por eso. Y por tu cacao, Amelia, claro. Pero si soy sincera: más por lo primero.
Respiré, no para darle dramatismo, sino porque necesitaba decidir cuánto iba a admitir.
—Fue… interesante.
Bianca frunció el ceño; mamá apoyó el codo en la mesa, lista para escuchar.
—¿Interesante tipo documental de dos horas? —preguntó Bianca—. ¿O interesante tipo… repetirías?
—En plan… fácil —dije—. Más fácil de lo que pensé.
—Eso suena a que te gustó —diagnosticó mamá.
—No sé si «gustar»… —empecé.
—Mar, por favor —me interrumpió Bianca—. Es la primera vez en meses que no empiezas diciendo «fue un desastre». Algo hay.
Me reí porque era verdad.
—Está bien. Sí, me gustó. Pero —dije, tocando el borde de la taza— él tiene esa vibra de vida grande. Viajes, fotos, gente interesante. Y yo soy… bueno, bastante más normal.
Bianca chasqueó la lengua.
—Margarita, no eres «normal». O bueno, sí, pero normal en el mejor sentido.
—Él puede salir con quien quiera —insistí y me sentí un poco tonta al decirlo en voz alta.
Mamá negó despacio.
—Y tú también podrías, amor. Solo que se te olvida.
Me encogí de hombros.
—Ya… —murmuré, bajito—. Igual él querrá solo sexo, ¿no?
Bianca levantó las manos, triunfal.
—¡Ahí está! La Mar que cree que salir con alguien significa tener una relación estable, perro, árbol de Navidad y grupo de WhatsApp familiar compartido.
Mi madre sonrió como quien escucha algo demasiado familiar.
—No pienso eso —intenté defenderme.
—Sí lo piensas —dijo mamá, tan tranquila que casi dolía.
—Mamá, tú eres la que más expectativas pone en todo.
—Precisamente por eso sé de lo que hablo.
—Y si él quiere sexo… ¿qué? —intervino Bianca, divertida—. Quizá tú también. No es un crimen.
—Siempre que te cuides, está perfecto —añadió mamá, práctica como siempre.
—¿Lo ves? —dijo Bianca—. Aprobado por la médica. Caso cerrado.
Esta vez no pude evitar reírme con ellas.
Pero por dentro lo sabía: me costaba separar el sexo de la conexión emocional.
Admiraba a quienes podían hacerlo sin pensarlo.
Yo no.
Para mí, acostarme con alguien siempre tenía una capa extra: la emocional, la vulnerable.
Tal vez no era romanticismo, tal vez era miedo.
Respiré hondo.
—Igual tengo más la cabeza en la conversación que voy a tener con Lucas que en Álvaro.
Un silencio cayó sobre la mesa.
No incómodo, pero sí firme.
—Puede salir algo bueno de esa charla —dijo mamá, con esperanza—. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Bianca ladeó la cabeza, observando mi reacción. Ella no tenía el cariño extra que mi madre aún guardaba por Lucas, así que su mirada era más filosa.
Yo sí sabía lo peor.
No hacía falta decirlo: descubrir que no había cerrado nada.
Mamá cambió de tema con suavidad, como si hubiera leído el pensamiento:
—¿Y el taller, Bi? ¿Cómo va la exposición?
Bianca dejó la arepa sobre el plato y suspiró.
—El taller bien. En verano tu hija es prácticamente mi única alumna estable. —Me guiñó un ojo—. Y la exposición… —Hizo un gesto circular, rendido— ahí va. He trabajado, pero nada me convence. Siento que el calor me exprimió la inspiración.
—Tu última muestra en Madrid fue increíble —dije.
—Y esta será mejor —añadió mamá, con esa fe que era casi intimidante.
Bianca sonrió, pero la sonrisa no subió hasta los ojos.
—Ojalá. Tengo que ver cómo convenzo a las musas de que regresen.
—Van a volver —dije—. Siempre vuelven cuando dejas de perseguirlas.
Bianca soltó una risa suave.
—Eso espero. A veces pienso que me gustaría ser yo la que está a meses de jubilarse, como tú, Amelia.
Mamá rio, divertida.
—No creas. También me da un poco de miedo pensar en no volver al hospital nunca más.
—Te va a sentar bien descansar, ma —dije.
—Y podrías por fin hacer el famoso crucero que dices desde que te conozco —intervino Bianca, levantando las cejas con entusiasmo.
Mamá se quedó un segundo callada. Su expresión cambió apenas: una suavidad, un brillo que no había mostrado antes.
—El crucero… sí —dijo despacio—. Y otras cosas. Tengo muchos planes.
Bianca la miró con intriga.
—¿Muchos planes? Eso suena interesante.
Mamá solo sonrió, como si guardara el resto para otro desayuno.
Me sorprendió.
No sabía que tenía tantos planes guardados.
Terminamos de desayunar entre pequeñas historias, comentarios sueltos y esas conversaciones que no cambian nada pero sostienen todo.
Cuando se fueron, cerré la puerta detrás de ellas y luego me serví un poco del chocolate que había sobrado. Mala idea: estaba frío y espeso, pero igual me lo tomé.