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Álvaro me envió varias opciones por Google Maps.
Elegí una trattoria poco formal. Yo lo había invitado a cenar, así que, al menos, que el sitio fuera sencillo. Además, italiano: primera opción siempre.
Mientras me arreglaba frente al espejo, pensé en las citas del último año.
Un inventario triste: silencios demasiado largos, conversaciones que parecían entrevistas laborales, miradas que no despertaban nada. Caras correctas, pero sin chispa.
No sabía qué esperar de esta cita.
Que fuera amigo de Bianca me daba cierta tranquilidad, aunque también me intimidaba.
Esa gente artista —él, Bianca, la mitad de su círculo— parecía moverse en un mundo donde la vida era interesante por definición. La mía no.
La mía era funcional, predecible, normal.
Abrí el armario.
Mi estilo siempre se defendía mejor en otoño que en verano, cuando podía jugar con capas y texturas. En verano, en cambio, todo era demasiado plano y a la vista.
Aun así, me probé varias cosas hasta que una combinación me hizo sentir cómoda: falda blanca larga, top negro, sandalias de cuero, bandolera cruzada.
Pelo suelto, un poco de rubor y pestañas ligeramente maquilladas.
Lo suficiente para una cita, lo justo para no parecer que me importaba demasiado.
Caminar hasta el restaurante me ayudó a soltar un poco la tensión previa a conocer a alguien.
La noche estaba más cálida de lo habitual y el verano me dejaba un picor leve en la espalda, pero una brisa fresca me acarició cuando crucé la avenida, como un recordatorio amable de que todo podía salir bien.
Lo vi desde la esquina, apoyado en la pared de la trattoria, con las manos en los bolsillos.
Camiseta blanca, jeans negros y unas Vans. El pelo recogido, igual que el día anterior.
Me fijé en sus brazos, asomando por la camiseta: marcados, sin exagerar.
Pero lo que más me llamó la atención fue su forma de estar.
Esa calma difícil de impostar. La de alguien que no necesitaba demostrar nada para hacerse notar.
—Mar —saludó, con una sonrisa que le suavizaba toda la cara—. Qué gusto verte.
—Igual —respondí.
—Te ves muy bien.
—Gracias —dije, con un poco de timidez que no supe disimular.
Un camarero nos llevó a una mesa pequeña al fondo.
La trattoria parecía una casa más que un restaurante: cuatro mesas, luz cálida, pan tibio, albahaca en el aire.
Más íntima de lo que imaginé.
Pedimos vino y un par de cosas para picar.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó.
—Trofie al pesto.
—Yo ravioli ai funghi. ¿Compartimos?
Dudé.
No solía compartir plato con desconocidos.
Una manía heredada de mi madre y toda su teoría sobre la microbiota.
—Soy un poco egoísta con la comida —dije, para evitar explicaciones raras.
Él arqueó una ceja, divertido.
—Te cedo un par de raviolis para que pruebes. Y yo no te quito nada a cambio.
—Pésimo trato para ti.
—He hecho tratos peores que acabaron bien —dijo con un guiño leve.
No supe si era un coqueteo.
Mi radar estaba oxidado.
Aun así, sentí el calor subirme por el cuello.
—¿Cómo te fue anoche? —pregunté, con la intención clara de cambiar de tema.
—Mejor de lo que esperaba.
—Las fotos eran preciosas. ¿Por qué dudabas?
—Era distinto a lo que hago normalmente. Trabajo más paisaje, pero quería intentar algo cotidiano.
—Pues a mí me encantó.
Sonrió.
—Gracias. Y gracias por ir. Y por invitarme a cenar.
Sentí las manos calientes.
—Sobre eso… no pienses que hago eso todo el tiempo.
—Ah, ¿no?
Me mordí la lengua.
Perfecto. Pensaría que él era especial, o peor, que yo creía que lo era.
Él lo notó enseguida y me sacó del apuro.
—Me alegra que lo hicieras.
Se aflojó algo en el aire.
O en mí.
—Cuéntame cómo es la vida de un fotógrafo —pedí.
—Depende de la semana. A veces viajo para la revista; otras me quedo editando hasta la madrugada. También hago encargos para hoteles, destinos turísticos… y, de vez en cuando, proyectos personales. Lo que más disfruto son los proyectos largos, cuando puedes contar una historia sin prisa.
Sus ojos brillaban mientras hablaba.
No recitaba un currículum; hablaba de lo que lo mantenía vivo.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas? —preguntó, acercando su copa apenas hacia la mía.
—Soy informática. Trabajo para un ecommerce —respondí con la esperanza de no sonar gris al lado de su vida.
—¿Te gusta?
La pregunta cayó suave, pero directa.
Pensé un segundo.
—Supongo que sí. No es un trabajo apasionante, pero resolver problemas me calma. Y es estable, eso también cuenta.
Asintió, como si archivara la respuesta sin juzgarla.
—¿Y lo de pintar? ¿Te planteas exponer alguna vez?
Solté una risa.
Él no.
Claro: en su mundo, la gente pintaba y exponía.
—No. Pinto porque me gusta, pero no es que lo haga bien.
—Bianca dice otra cosa —comentó.
—Bianca aplaude hasta cuando hago un desastre. —Sonreí—. Igual, no creo que nadie pague por lo que pinto, y no sé si querría que lo hicieran. Cambiaría mi relación con la pintura. Me gusta que sea mi espacio libre, donde puedo hacerlo mal y no pasa nada.
Él sonrió, como si entendiera demasiado bien.
—Cuando te pagan por algo, algo cambia. No siempre para mal, pero cambia.
—Por eso prefiero que siga siendo un hobby.
—Está perfecto así —dijo, sin intentar convencerme de lo contrario.
Seguimos hablando mientras el vino desaparecía sin que nos diéramos cuenta.
—Tu acento me desconcierta —dije—. No termino de ubicarlo.
—Normal —respondió—. Nací en Madrid, madre española, padre mexicano. Vivimos muchos años en Ciudad de México, luego volvimos a Madrid y más tarde me fui a estudiar a Berlín. Al final queda… esto.
—Me gusta —reconocí.
Sonrió.
—¿Y tú? ¿De dónde eres?
—Colombia.
—Estuve allí hace un par de años, para un documental. Qué país tan impresionante.
—Sí, lo es.
—¿Y cuánto llevas en Barcelona? —preguntó.
—Muchos años. Mi madre convalidó su título y nos mudamos justo después de que yo terminara el colegio.
—¿Lo echas de menos?
—A veces. Echo de menos el verde por todas partes, el olor a café recién hecho en la cocina de mi abuela, las risas de mis primas cuando alguna repite, por milésima vez, la misma historia de siempre. Pero me gusta más la versión de mí que aparece aquí.
Él asintió, con una sonrisa tranquila.
—Supongo que todos tenemos un lugar donde todo parece estar en su sitio. Y otro que, simplemente, nos hace sentir más nosotros.
La frase se me quedó en la cabeza.
Yo amaba Colombia, pero allí sentía que debía encajar en una versión aprendida.
En Barcelona, aunque siguiera dentro de un molde, al menos sabía que podía salirme de él cuando quisiera.
Llegaron los platos.
Le acepté un par de raviolis.
Increíbles.
Mi pesto también, pero el suyo mucho mejor.
La conversación avanzó sin esfuerzo.
Me contó que, en efecto, había acampado en lugares remotos, que cocinaba fatal pero insistía igual, y que de adolescente tocó la batería en una banda que sonaba espantosa pero que él recordaba como si hubiese sido histórica.
—¿Y qué tocaban? —pregunté con curiosidad.
—Rock. Y un punk malísimo, pero con actitud.
—¿Y aún escuchas eso?
—Escucho un poco de todo, pero al rock siempre vuelvo. Uno nunca deja del todo al primer amor.
Sus palabras quedaron suspendidas.
Tiré del hilo sin pensarlo.
—Tienes muy claro quién fue tu primer amor, entonces.
—Claro. ¿Tú no?
Reí.
—He tenido varios. Cada uno fue primero en algo: el primero que me deslumbró, el primero que me enseñó que la amistad podía transformarse en otra cosa, el primero que me rompió el corazón…
—Tiene sentido. —Asintió—. Pero no me digas que no recuerdas la primera vez que dijiste «te amo».
—No lo recuerdo. Creo que lo dije demasiadas veces.
Nos reímos. Esa risa suave de complicidad que aparece cuando las barreras bajan un poco.
Y me cayó encima la certeza de que no mentía: no recordaba a quién se lo dije primero.
Cuando pensaba en amor, el mapa siempre se iba directo a Lucas.
Como si él hubiera borrado todos los demás «primeros».
—¿Postre? —interrumpió el camarero.
—Tiramisú, por favor —respondí sin pensarlo.
—Supongo que tampoco quieres compartir —dijo Álvaro.
Negué con una sonrisa.
—Dos, entonces.
El camarero se alejó y yo regresé a la música.
—También escucho rock a veces —dije.
—¿Sí?
—Sí. Mi papá me llevaba a conciertos desde que era una niña.
—Qué cool tu padre.
—Lo era. Llorábamos siempre en los conciertos. Él decía que quien no ha llorado en uno no ha vivido. Así que, según él, nosotros habíamos vivido bastante.
Él soltó una risa suave.
—Me encanta esa teoría. —Hizo una pausa mínima—. Podríamos ir a uno juntos. Juro llorar.
Me salió una risa rara, con bordes de susto y algo dulce.
—Tal vez sí —dije.
La conversación se abrió en todas direcciones después de eso: barrios para vivir en Barcelona, festivales de verano, libros que merecían otra lectura.
Nada forzado.
Solo esas pausas que permitían mirarse un segundo de más sin que nadie lo notara.
Cuando llegó la cuenta, él se adelantó.
—Pero si yo te invité —protesté.
—Si no lo hubieras hecho, probablemente habría pedido tu contacto a Bianca.
Sentí un pequeño vértigo.
—Gracias —dije, sin más.
Salimos.
La ciudad estaba tibia, despierta.
Me ofreció acompañarme y acepté.
No quería que la noche terminara todavía.
Caminamos entre terrazas llenas y fachadas iluminadas.
La conversación se volvió más ligera: series, primeras citas desastrosas, tonterías.
Había algo sorprendentemente familiar en todo eso, como si esa caminata ya la hubiéramos hecho antes.
Pero cada poco tiempo, el cosquilleo regresaba; me hacía consciente de que no lo conocía, de que apenas sabía un par de cosas sobre él.
Fuimos a cruzar una calle y, de pronto, una bicicleta apareció a toda velocidad.
—¡Cuidado! —Álvaro me agarró por la espalda y me movió un paso atrás.
Su mano quedó en el hueco entre mi top y la falda.
Piel directa.
Su olor cerca: fresco, limpio, un rastro de cítrico y vino.
El silencio que siguió fue distinto.
No incómodo: nítido.
Como si el aire se afilara.
Lo miré.
Él también me miraba.
En ese segundo, sentí el cuerpo lleno de preguntas, de curiosidad hacia él. Esa electricidad leve que se cuela por la piel cuando algo empieza sin avisar.