3
El vapor lo ocupó todo en segundos.
Siempre me gustó ducharme con agua casi hirviendo, aunque fuera verano.
Lucas nunca lo entendió. Decía que el agua caliente era solo para el invierno.
Pensé en él. Y en ella, su prometida.
Ya había visto su cara: serena, tranquila, segura.
No sentía rabia. Ni envidia. Era otra cosa más difícil de nombrar.
Una especie de conexión rara, como si compartiéramos un mismo pasado con distinto final.
Al fin y al cabo, ella estaba viviendo el plan que Lucas había imaginado conmigo.
Lucas me habló de matrimonio muchas veces.
La última vez fue una propuesta formal, en un restaurante en Montjuïc, con anillo y todo.
Un anillo que nunca llegué a probarme.
Apagué el agua.
El espejo estaba empañado; me reflejé borrosa, enrojecida por el calor.
Abrí el armario.
Un pantalón. Dos vestidos. Otro más.
Nada me convencía.
Quería verme bien, sin parecer que lo había pensado demasiado.
Al final, elegí un vestido azul oscuro, largo, de tela liviana, con sandalias blancas.
Y el collar con el pequeño sol que me regaló mi abuela; decía que traía suerte.
Mientras terminaba de arreglarme, Samuel me seguía de un lado a otro, pegado a mis pasos, como si temiera que me escapara sin él.
—¿Qué pasa, Samu? Ya casi estoy lista. Hoy duermes donde la abuela.
Me miró con resignación. Cualquier cosa era mejor que quedarse solo.
Cuando guardé su comida y sus juguetes, apoyó la cabeza en la maleta y suspiró.
—No es abandono —le dije—. Es una pijamada. Y te va a consentir más que yo.
Pasé por casa de mi madre, dejé a Samuel y tomé un taxi hacia el centro.
Mientras veía pasar las luces por la ventana, deseé una noche simple: estar bien, no pensar tanto.
El taxi me dejó en una calle estrecha, con luces cálidas suspendidas sobre el empedrado.
La galería no tenía cartel, solo una puerta abierta y el murmullo de las conversaciones dentro.
El lugar era hermoso sin esfuerzo: paredes de cemento, vigas de madera, una barra improvisada al fondo.
El aire olía a vino, madera y algo dulce.
Música suave. Risas que se cruzaban.
Ese tipo de ambiente donde parecía que todos se conocían.
Bianca me había escrito que llegaba tarde.
Siempre llegaba tarde.
Tenía la teoría de que el tiempo, para ella, era un animal salvaje que se negaba a domesticar.
Pedí un vermut.
A mi lado, un hombre pidió agua.
Su voz era grave, serena.
Lo miré de reojo: alto, cejas marcadas, ojos oscuros.
El pelo recogido en un moño alto, algo improvisado, con mechones sueltos que no parecía tener prisa por acomodar.
Barba incipiente, de esa que no llegaba a cubrir del todo, pero dejaba la sombra justa sobre la mandíbula.
Guapo, sí. Pero no de los que te deslumbraban de entrada.
Era otro tipo de atractivo: una mezcla sutil de descuido y seguridad.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó.
—¿Qué? —dije, sin saber si me hablaba a mí.
Me miró con una media sonrisa.
—La exposición.
—Ah. —Me reí, nerviosa—. Acabo de llegar. Todavía no he visto nada. ¿Y tú?
—Nada del otro mundo.
—¿De qué va? —pregunté, con curiosidad.
—De un hombre que deja su vida, su prometida y su trabajo para irse a hacer fotos.
—Vaya… qué envidia.
—¿Tú crees? —dijo, ladeando la cabeza.
—No envidio las ganas de escapar, pero sí el privilegio de poder hacerlo sin que se te caiga el mundo encima.
Él sonrió, con un gesto breve.
—Puede ser. Pero quizá no se trata solo de privilegio.
—¿Entonces de qué?
Se quedó en silencio unos segundos, como si buscara la palabra justa.
—De perspectiva, tal vez. —Dio un sorbo al agua.
No respondí. Me pareció interesante. Solo asentí.
—Soy Álvaro —dijo.
—Encantada. Margarita, pero todos me dicen Mar.
—Disfruta el vermut, Mar.
Tomó la botella y empezó a avanzar entre los grupos, saludaba a varias personas al pasar.
Era guapo, sí.
Pero más que eso, tenía algo que lo hacía interesante. Se movía con calma, seguro.
De esos hombres que parecían guardar más de lo que mostraban.
~~~
Bianca apareció unos minutos después, con su melena suelta y una falda estampada que parecía moverse sola.
—¡Ahí estás! —dijo, acercándose—. Pensé que te habías arrepentido.
—Estuve a punto.
—Menos mal que no. —Me abrazó con fuerza.
—¿Y Alex? —pregunté.
—Viene más tarde.
Bianca llevaba un par de años con él. En ese momento probaban una relación abierta.
Ese mundo, antes lejano para mí, se coló gracias a sus historias: formas de amar más libres, menos temerosas. A veces sentía que Bianca vivía en un idioma emocional que yo todavía no entendía del todo.
—Ven, te presento a unos amigos —dijo, tirando de mi brazo.
La seguí hasta el área principal de la exposición.
Y ahí estaba él otra vez.
—¡Álvaro! —exclamó Bianca, abrazándolo—. Qué gusto verte.
—Igualmente, Bi —respondió él—. Gracias por venir.
—No hay de qué. Ya íbamos a recorrerla.
—Estaré por aquí, si necesitas cualquier cosa —dijo, y me miró con la misma sonrisa que en la barra.
—¡Ay! Perdón, no los presenté —dijo Bianca, como si acabara de caer en la cuenta—. Mar, o Margarita, es una gran amiga. Y él es Álvaro, el fotógrafo de la muestra.
Sentí el calor subir por mi cara.
—Soy el tipo con muchos privilegios —dijo él.
¿Por qué le había dicho eso?
—¿Qué me he perdido? —preguntó Bianca, divertida.
—Nos conocimos hace un rato en la barra —alcancé a decir.
Justo entonces, alguien lo llamó desde el otro lado de la sala.
—Perdón —se excusó él, y se apartó un paso—. Nos vemos en un rato.
Lo vi alejarse.
~~~
Caminamos entre las imágenes.
No hablaban de viajes de postales, sino de pérdidas elegidas.
Estaciones vacías al amanecer, camas deshechas, carreteras infinitas bajo cielos enormes.
Una mesa con dos tazas: una vacía; otra a medio beber.
Un par de zapatos en la puerta, como si alguien se hubiera ido para siempre.
—Son preciosas —dije.
—Álvaro es muy bueno —respondió Bianca—. Y está buenísimo también.
Me reí.
—Sí, es guapo.
—Y además, se puede hablar con él de cualquier cosa. Es un tipo divertido.
Su sonrisa cambió apenas, como si detrás ya se estuviera gestando una idea.
—Oye, deberías invitarlo a salir.
—¿Qué? ¿Estás loca?
—¿Por qué? —Me miró divertida—. Tiene fama de ser un polvazo.
—Bianca… —Me reí, negando—. Me conoces. No soy precisamente del tipo que se lanza a invitar a un hombre a salir, y menos a uno que es fotógrafo y se ve así.
Ella arqueó las cejas, sin moverse ni un milímetro.
—Por eso mismo lo digo. Un poco de osadía no te haría daño. Además, el afortunado sería él.
Sonreí.
—¿Y si me dice que no? —Supe que acababa de delatar que lo estaba considerando.
—Pues ya está. No pasa nada.
Sacudí la cabeza.
—Piénsalo —pidió Bianca—. Y si lo haces, expectativas claras. Álvaro no es de compromisos; es más de esos espíritus libres.
—Bueno… tampoco es que yo esté buscando marido.
—Exacto. Entonces, distráete. Te va a venir bien.
Seguimos recorriendo la muestra.
Me detuve frente a una foto: unas manos con manchas y arrugas sosteniendo un ramo de flores amarillas.
No sabría explicar por qué me conmovió tanto.
Tal vez por la ternura, o por la belleza de lo frágil.
O porque me recordaba a las manos de mi abuela.
—Son las manos de mi madre —dijo una voz a mi lado.
Era Álvaro.
—Es preciosa —respondí.
—Gracias. —Sonrió apenas.
—En realidad, todas lo son —añadí.
—Totalmente. Felicitaciones, Álvaro —intervino Bianca—. Son muy íntimas, muy distintas a lo último que hiciste.
—Gracias, Bi.
El teléfono de Bianca vibró.
—Voy a buscar a Alex, acaba de llegar —dijo, y se abrió paso entre la gente.
—Perdón por lo que dije antes —murmuré—, lo del privilegio.
—No hay nada que perdonar —dijo él—. Tenías razón.
El silencio se instaló un instante entre nosotros, de esos que no incomodaban pero pesaban un poco.
—¿Cómo conoces a Bianca? —pregunté al fin, solo para romperlo.
—Soy amigo de Alex. Coincidimos en Berlín hace unos años. ¿Y tú?
—Empecé clases de pintura con ella hace un tiempo, y bueno, terminamos siendo muy amigas.
—Bianca es especial —dijo.
—Sí. Creo que gracias a ella volví a creer en la amistad. —Sonreí—. Aunque suene cursi.
Él me miró con curiosidad, pero no dijo nada.
—Me dijo que te invitara a salir —solté, sin saber muy bien por qué.
Sus ojos se abrieron un poco.
Sonrió.
—¿Y piensas hacerlo? —preguntó mientras me sostenía la mirada.
Sentí el calor subirme por las manos.
—¿Debería?
—Yo diría que sí —dijo él, con calma.
Eso era un «sí», supongo.
Sonreí e intenté que no se notara lo nerviosa que estaba.
—Le pido a Bianca tu número.
—Pero… no me has preguntado nada.
Tragué saliva. ¿De verdad me estaba obligando a decirlo?
—¿Quieres cenar conmigo mañana? —solté.
Me arrepentí apenas lo dije. ¿Cena? Sonaba demasiado formal. ¿Y «mañana»? ¿Cuál era la urgencia? Seguro la gente moderna invita a ir por un café y en un mes. Ay, Dios…
—Me encantaría —respondió.
Sonreí con la boca seca.
Un segundo después, Bianca apareció con Alex; traía dos copas y una anécdota sobre cómo había quedado atrapado en el ascensor de su oficina.
Nos unimos a un grupo cerca de la barra. Las conversaciones se mezclaban entre conciertos y festivales de verano, series, tatuajes mal hechos, jefes psicópatas.
Álvaro hablaba con todos, reía fácil, pero cada tanto buscaba mi mirada.
A mitad de la noche, Bianca se acercó.
—Estoy orgullosa de ti —me susurró al oído, sin borrar la sonrisa.
—Espero no arrepentirme.
—No lo harás —dijo, y guiñó un ojo antes de alejarse.
Nos despedimos entre abrazos y promesas de vernos pronto, de esas que casi nunca se cumplían.
Aunque, en mi caso, tal vez al día siguiente habría una que sí.
~~~
El espacio me golpeó al abrir la puerta.
El piso era otro sin Samuel.
Lo que más cambiaba era el silencio: cuando él no estaba, era distinto.
Más grande. Más solo.
Me quité las sandalias y me dejé caer en el sofá.
La sala permanecía quieta, iluminada solo por la lámpara de pie.
Tenía una sonrisa tonta en la cara.
Había salido con un par de personas ese año, pero más por cumplir con la idea de que «hay que intentarlo» que por ganas reales. Y habían sido un desastre: preguntas de entrevista, silencios eternos, conversaciones pretenciosas.
Pensé que ese pequeño flirteo con Álvaro había hecho más por mi autoestima en una noche que meses de terapia. No me enorgullecía admitirlo, pero me recordó algo esencial: tenía que aprender a ser mi propio Álvaro.
Aún con ese subidón de energía, abrí WhatsApp.
Me sentía con la confianza suficiente para contestar.
Yo: Hola, Lucas. Me alegro por ti. Disfruta esta nueva etapa.
Menos de treinta segundos después, su respuesta apareció en la pantalla:
Lucas: Mar, pensé que nunca me contestarías. Necesito verte. ¿Puedo llamarte?
El corazón me golpeó fuerte.
Inspiré, intentando llenarme de aire, pero sentí el cuerpo ya saturado, como si no quedara espacio para una partícula más de oxígeno.
La última vez que escuché su voz fue el día que se fue.
Yo me quedé con el piso, así que le pedí que empacara sus cosas mientras Samuel y yo estábamos fuera.
Pensé que así sería más fácil.
Cuando regresamos, no supe si había sido mejor o peor. Solo recuerdo sentir que las habitaciones habían perdido el aire de golpe. Samuel corrió de un lado a otro, olfateando rincones, y yo tenía la misma sensación: algo estaba allí hasta hacía un momento, y de repente ya no.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era una llamada.
Lo apreté fuerte.
—Hola, Mar.
Su voz.
—Hola, Lucas.
El silencio pesó unos segundos.
—He pensado mil veces en llamarte —dijo él.
—Yo, en cambio, no estaba segura de querer escucharte —respondí. Me sorprendió mi propia honestidad.
Percibí su respiración al otro lado.
Ese sonido tan familiar.
—Te vas a casar —dije al fin—. Felicidades.
—Gracias. Quiero verte, Mar.
—¿Para qué? Dime lo que necesites decirme.
Tardó. Demasiado.
—No es tanto lo que tengo para decir.
Su voz sonaba igual, pero distinta.
Como si la reconociera desde lejos, desde otra vida.
—Entonces…
—Solo dame una hora, Mar —pidió—. Una hora para vernos.
Tragué saliva.
El corazón me latía tan fuerte que apenas podía pensar.
—Escríbeme hora y lugar —dijo—. Por favor.
Colgamos.
Me quedé con el móvil en la mano.
Parecía mentira escuchar su voz después de tanto tiempo.
De repente, la cita que me tenía ilusionada pasó a un segundo plano.
Era increíble la facilidad con la que el pasado me tocaba aún donde dolía.