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El aire caliente me golpeó en la cara apenas salí del edificio.
Barcelona vibraba: bicicletas que se cruzaban, voces en varios idiomas, terrazas llenas, el olor del verano mezclado con el de los neumáticos sobre el suelo.
El taller quedaba a unos veinte minutos de casa. Me dejé llevar por el ruido de la ciudad y caminé sin prisa hasta que el pensamiento se aflojó.
Al abrir la puerta, me recibió un aire fresco con olor a arroz recién hecho y a mis plantas. Todo estaba en su sitio: imperfecto, pero mío.
Samuel apareció desde el pasillo con la jirafa azul colgando de la boca. Se estrelló contra mis piernas, moviendo la cola como si el día entero hubiera estado esperando solo este momento.
Me agaché a abrazarlo. Aún olía a cachorro; no entendía cómo, con cinco años ya. Pero ese olor me calmaba más que cualquiera de mis aceites esenciales.
—Hola, mi amor —le susurré, rascándole detrás de las orejas.
Mi madre apareció detrás de él, con el delantal puesto y el cabello recogido. Los días que tenía clase de pintura venía a casa para darle la cena a Samuel.
Me abrazó sin decir nada. Ese abrazo me reconfortó hasta el dedo pequeño del pie.
—Hice comida —dijo, sirviendo arroz en dos platos.
—Huele delicioso. Gracias.
—¿Cómo te fue hoy, amor?
—Bien, mami. Aunque… Lucas me envió un mensaje —solté como quien arranca una curita.
Abrió los ojos, sorprendida.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—Yo menos.
—¿Qué decía?
—Adivina.
—Mmm… difícil. ¿Quiere ver a Samuel?
Negué con la cabeza.
—Te lo leo mejor. No quiero tergiversar.
Saqué el móvil del bolso y abrí el chat.
No sabía qué me helaba más: el mensaje o ver, otra vez, su nombre en mi pantalla.
—«Me caso en dos meses. Necesito verte antes».
Mi madre frunció el ceño.
—Vaya. —Se recostó en la silla—. Eso… fue soltar una bomba.
—Sí.
—¿Y tú cómo te sientes, amor? —preguntó con esa ternura que nunca se le agotaba.
—No sé. Supongo que lo sabía. Que él quería casarse, digo. Pero pensé que si no era conmigo… —Me detuve.
—… no lo haría —completó ella.
Asentí con algo atravesado en la garganta.
—Es injusto. —Tragué saliva—. Que él sí haya podido pasar página, y yo siga aquí, sintiendo todo esto solo por un mensaje.
—Es normal —dijo—. Cuando alguien importante reaparece, no vuelve solo el recuerdo: vuelve todo lo que lo acompañaba.
—¿Tú crees que no lo he superado?
—Creo que superar no siempre significa dejar de sentir.
—¿Entonces?
—Significa poder sentir sin quedarte atrapada ahí.
Bajé la mirada. El aire acondicionado zumbaba con suavidad.
Tal vez ella no lo notaba, pero yo ya me había quedado atrapada.
—¿Y ahora qué vas a hacer con el mensaje?
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. He hecho de todo para no cruzármelo este año. Una parte de mí quiere borrarlo, o contestarle como una mierda. Pero… —Callé un momento— otra parte quiere verlo. Saber si todavía me tiembla algo cuando lo tenga enfrente.
Ella asintió, pensativa.
Sabía que aquella separación le había dolido casi tanto como a mí: yo perdí un gran amor; ella, un vínculo que se parecía demasiado al de una madre y un hijo.
—Creo que deberías verlo —dijo al fin—. Fue un amor bonito. Tal vez escucharlo te dé claridad.
—Ese es el problema —dije—. Lo bonito que fue.
Mi madre bajó la mirada hacia Samuel, que observaba la mesa con una concentración absoluta, esperando que cayera algo.
—Al menos te quedaste con esta cosita —dijo, acariciándole la cabeza.
Sonreí. Pensé en todo lo que él representaba: compañía, ruido, ternura.
Lucas me dejó muchas cosas —cicatrices, preguntas, silencios—, pero solo una de ellas me cambió de verdad: Samuel.
Yo no quería un perro; él sí. Discutimos. Ganó. Y al final, ganamos los dos.
—Quién sabe. Reencuentros, segundas oportunidades, reconciliaciones…
Solté una risa breve, sin ganas.
—Mamá, sé cuánto lo quieres, pero lo nuestro terminó. Y ahora se va a casar… no parece precisamente arrepentido.
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, en el fondo me alegro por él. Siempre quiso eso: casarse, tener una familia.
Sentí un hueco en el estómago.
Tal vez esa era la vida que yo estaba destinada a vivir y que, por cosas mías —tan mías—, había dejado escapar.
Mi madre me sirvió más arroz. Ese gesto suyo que, en su idioma, significaba: no sé qué decirte, pero come.
El amor, en su versión, también se medía en cucharadas.
Pasamos el resto de la noche hablando de todo un poco: de sus pacientes, de lo tediosa que se estaba volviendo la oficina, de la próxima cita de Samuel en la veterinaria.
Con mi madre siempre era así: hablar de mil cosas y luego quedarnos en silencio.
Un silencio que no era vacío, sino compañía.
Un silencio que decía: estoy aquí, no hace falta más.
Cuando se fue, me quedé en el suelo del salón, con Samuel acostado a mi lado.
Apoyó la cabeza en mi pierna, y yo cerré los ojos.
Las lágrimas llegaron sin aviso.
Recordé una tarde cualquiera, de sol tibio y promesas pequeñas.
Lucas me miró con esa mezcla suya de risa y seriedad y dijo:
—Eres el amor de mi vida.
Yo quise responder «tú también eres el mío», pero no lo hice.
Aunque sentía que nunca había amado así, no estaba segura de creer en esa frase.
De adolescente, me enamoraba todo el tiempo. De miradas, de voces, de gestos.
Creía que no existían los «amores de la vida», sino una vida llena de amores distintos: unos que te cambian, otros que apenas rozan, algunos que, sin saber cómo, se quedan.
Tal vez todavía era un poco ella: incapaz de aceptar que esta historia fuera mi final.
Samuel levantó la cabeza y me lamió la cara con esa insistencia suya, como si supiera con exactitud cuándo hacerlo.
Sonreí, pese a todo.
En la balanza de pérdidas, había ganado algo que no era menor: su compañía, su forma de estar.
Samuel fue la mejor discusión que perdí.