Nosotros después del arte
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Pasé el día en modo automático.
Fui al trabajo, avancé en una nueva funcionalidad de la web y sonreí lo justo. Hice todo lo que se hace cuando una parte de ti parece estar en pausa.
A las siete, llegué al taller de Bianca. El aire tenía ese olor inconfundible: mezcla de acrílico, óleo, trementina y ese producto para secar los cuadros cuyo nombre siempre olvido. Según el día, se colaban también aromas de croissants, Donuts, café o vino.
—¡Tonta! —gritó Bianca desde el fondo, con esa energía que parecía desafiar la gravedad—. ¿Cómo estás?
Levanté los hombros.
Ella frunció los labios en un gesto de «ya me lo imaginaba».
Por esos días, las clases eran prácticamente solo para mí. Era agosto, y casi todos los alumnos —como media Barcelona— estaban de vacaciones.
Bianca podría haber cerrado, pero creo que sabía —sin que hiciera falta decirlo— que ese lugar me sostenía la semana. Y, un poco también, la vida.
Aquel día éramos solo nosotras dos.
—Hice limonada con hierbabuena —dijo, alzando una jarra—. Pruébala, está helada.
—Eres un ángel —respondí, siguiéndola hasta la terraza.
Nos sentamos frente a los lienzos. Fuera, la ciudad respiraba: pasos, risas, el murmullo de los coches.
El taller era su mundo y, por contagio, también el mío.
Una primera planta con terraza, la luz colándose entre plantas colgantes y macetas desbordadas.
Los estantes llenos de frascos con pinceles y líquidos misteriosos; las paredes manchadas de color.
Había algo profundamente humano en ese desorden.
Cada trazo, cada mancha, parecía decir «aquí se vive».
Había conocido a Bianca cuatro años antes, cuando busqué un curso para volver a pintar. Al principio era solo mi profesora, pero poco a poco cruzamos esa línea invisible entre el deber y el afecto. Primero fue un paseo; luego una cena; después cocinar juntas un miércoles cualquiera.
Le presenté a mi madre, le dejé a Samuel una tarde, y desde entonces, desayunamos juntas casi todos los sábados.
No sé cuándo exactamente dejamos de ser alumna y maestra para volvernos algo más parecido a hermanas.
Bianca se recogió su melena rubia y rizada en un moño improvisado y se acercó a mi caballete.
—Entonces… ¿ha pasado algo desde el mensaje? —preguntó mientras apoyaba el pincel en el borde de un vaso.
Negué con la cabeza.
—Eso es tan Lucas… —dijo, con una mezcla de ironía y ternura—. Seguro se casa con alguien perfecta para el álbum de familia. ¿Es guapa?
—No sé. No la he visto.
—¿Cómo que no? ¡Claro que la has buscado!
—Cómo dice mi abuela: «mejor no ver lo que no se quiere sentir».
—Ah, cierto, bloqueaste a medio país para no saber nada de él.
—Exacto. Y me estaba funcionando.
Miré hacia otro lado, como si con eso pudiera cambiar de tema.
Ella rodó los ojos, sacó su móvil y lo desbloqueó.
—Ven, yo lo busco.
—Ni se te ocurra, Bi.
—Tarde. —Tecleó su nombre con una destreza perturbadora.
Un silencio. Luego, un «ajá» alargado.
—Es guapa —dijo al fin—. Muy guapa. ¿Quieres verla?
—No.
Silencio.
—Bueno… muéstrame —cedí.
Bianca giró la pantalla.
Era morena, alta, pelo oscuro, sonrisa de anuncio.
Respiré hondo. No me dolía su belleza; me dolía verlo a él, su brazo sobre sus hombros.
—Sí, es guapa —solté al fin.
—Bueno, al menos no se parece a ti —dijo Bianca.
Me reí.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Sería peor que se hubiera buscado una copia tuya.
—Qué consuelo.
Ella dejó el móvil a un lado y me miró más en serio.
—¿Cómo estás? ¿De verdad?
Me quedé callada un momento.
—Estoy bien… creo. O no sé. Tal vez sí lo extraño. O extraño cómo me sentía con él.
Bianca no dijo nada. Solo me tomó la mano.
Las palabras salieron lentas, casi con cuidado.
—Lucas fue la primera persona con la que sentí calma, Bi. Con él no tenía que demostrar nada, podía ser sin adornos.
—Te entiendo —dijo ella—. Se había vuelto un lugar seguro.
Asentí, y mientras mezclaba el azul con un poco de blanco, pensé que la última vez que había sentido algo así fue antes de que mis padres se separaran. Era muy pequeña, pero recuerdo la mesa, la risa, esa sensación tranquila de que todo estaba en su lugar.
Después de eso, la vida se volvió más móvil, por decirlo de alguna manera.
Mi madre y yo nos fuimos mudando, inventando rutinas nuevas cada cierto tiempo. En ese camino, ella tuvo sus amores: algunos nos hicieron bien; otros fueron apenas un paréntesis; y alguno casi nos rompió por dentro.
Aprendí a hacer las maletas sin preguntar, a reconocer el sonido de las discusiones a través de las paredes.
Aunque entre las dos nunca faltó el amor, había algo flotando, una inestabilidad suave, como si el suelo pudiera moverse en cualquier momento.
Supongo que por eso, cuando encontré en Lucas calma, me aferré sin saber cómo soltar.
—¿Y piensas contestarle? —preguntó, y volví de golpe a la conversación.
—No. O, al menos, no todavía.
—Dale tiempo. Todo se aclara cuando dejas de empujar —contestó, mientras limpiaba un pincel con un trapo viejo.
Un segundo después, cambió de tono:
—Hay que reconocer que Lucas sigue estando bastante bien. —Me guiñó un ojo.
Solté una risa suave. Bianca tenía ese don de dar ligereza incluso a lo que dolía.
—Y cuéntame —dijo al ponerse de pie—, ¿sigue ese ambiente tenso en tu oficina?
—Horrible. —Suspiré—. Desde que compraron la empresa, mi jefe está insoportable: incapaz de decidir nada, buscando drama donde no lo hay, obsesionado con «mostrar» más que con hacer.
—Tal vez eso es justo lo que necesitas para buscar otra cosa.
Asentí, sin demasiada convicción.
—¿Y vas a viajar a Italia finalmente, Bi? —pregunté, para cambiar de tema.
—No lo sé aún. Tal vez el próximo mes. —Sonrió, como si decirlo en voz alta la acercara un poco más a la idea.
Bianca era de un pueblo diminuto, a poco más de una hora de Roma.
Había ido un par de veces y siempre me parecía mágico: el aire olía distinto, más limpio; y mientras caminabas, se asomaban con facilidad las notas de limón, orégano y pan recién hecho.
Como si el tiempo allí avanzara con menos prisa.
La primera vez que fuimos juntas, me dijo algo que se me quedó grabado: «Todos merecemos tener un pueblo».
Nunca supe si lo decía por raíces o por refugio.
Pensé entonces que, quizá, en mi caso, ese «pueblo» no fuera un lugar pequeño, sino un país entero.
El mío.
Un sitio lleno de ruido y calidez, donde hasta lo caótico tenía un aire familiar.
Supongo que ahí estaba mi refugio: en esa mezcla de contradicciones que, al final, me sostenían.
Bianca interrumpió mis pensamientos:
—¿Qué planes tienes el jueves? —preguntó mientras se limpiaba las manos con una toalla manchada de pintura.
—Ninguno.
—Ven conmigo a una exposición de fotografía. Es de un amigo. Prometo no dejarte sola.
—Eso dijiste la última vez.
Dejé el pincel a un lado y la miré desde el otro extremo de la mesa, como si buscara en su cara una razón para creerle.
—Y sobreviviste —dijo, encogiéndose de hombros con una sonrisa.
Salir con Bianca siempre me daba un poco de vértigo.
Ella era luz donde yo apenas parpadeaba. Era la que saludaba a todos, la que se reía fuerte, la que inventaba juegos cuando el silencio pesaba.
Yo la seguía, medio fascinada, medio agotada, pero siempre terminaba agradeciendo haber ido.
—Está bien, voy —dije al fin.
—Perfecto. Te distraes, respiras un poco, y puede que hasta conozcas a alguien que te saque ese mensaje de la cabeza.
Reí.
—Veremos —dije, incrédula.
Volvió a mi caballete, se inclinó y observó el lienzo.
—Mar, esta mezcla… —dijo, con voz baja— tiene algo.
—¿Algo bueno o algo que debería tapar?
—Instinto —aseguró Bianca, con una sonrisa leve—. Ese trazo parece accidental, pero no lo es. Tienes intuición, Mar. Tienes una artista dentro.
Negué con una sonrisa.
—Más bien una informática que pasa ocho horas frente a un ordenador, que se leyó Hazlo fatal pero hazlo, y ahora lo que hace fatal es pintar… pero lo hace.
Bianca soltó una carcajada.
—Sabes que podrías dedicarte a otra cosa si quisieras, ¿no?
—Tengo treinta y cinco años. No sé si eso de empezar de cero sigue siendo una opción.
—Siempre lo es. —Lo dijo tan simple, tan convencida, que por un instante le creí.
—Supongo que si tuviera muchos ahorros o una familia millonaria…
—O el coraje de hacerlo igual —interrumpió.
El sol entraba por los ventanales y el taller se llenó de un resplandor dorado.
Me quedé frente al lienzo: el azul se volvía más profundo, casi eléctrico.
Cada trazo era desordenado, imperfecto, pero honesto.
En ese espacio por fin no controlaba nada; solo dejaba que la mano siguiera su propio impulso, guiada por algo que no comprendía del todo.
Y entonces, sin buscarlo, la pregunta regresó:
¿Cómo se supone que se contesta un mensaje así?