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Margarita
El día amaneció con un sol radiante, de esos que, incluso en pleno invierno, te recuerdan que Barcelona siempre guarda un pedacito del verano en su cielo.
Intenté mantener la calma. Fui a yoga, saqué a Samuel, me aferré a la rutina.
Pero cada tanto, una oleada de emoción —y de angustia— me sacudía el pecho.
Iba a ver mi trabajo expuesto por primera vez.
Iba a mostrarle al mundo todo eso que nunca había sabido decir en voz alta, pero que mi cuerpo sí había sabido pintar.
Por la tarde, me vestí con lentitud, como si cada gesto formara parte de un ritual.
Elegí un vestido blanco, ajustado, con una caída suave y elegante.
Me puse unas botas altas plateadas, con textura metálica.
Me recogí el pelo en una coleta tirante, con la raya en medio, y me pinté los labios de rojo.
Sobre la clavícula, brillaba suave la cadena con los dos elefantes que Álvaro me había regalado en Phuket.
Me miré al espejo. Quizá era demasiado. Pero enseguida lo supe: esa noche quería permitírmelo. Me había pasado años intentando no resaltar, encogiéndome para no incomodar. Y por fin quería ocupar mi lugar. Caminar con la frente en alto. Sentirme parte. Sentirme lista.
Y la verdad era que me veía espectacular.
El espacio era muy distinto al de la exposición de Bianca.
Menos formal. Más improvisado. Con música de fondo, copas en manos despreocupadas y artistas corriendo con nervios de punta, ajustando sus rincones de última hora.
Era caótico, sí. Pero era nuestro. Y cuando llegué a mi espacio, ahí estaban.
Mis cuadros.
Obras grandes, llenas de color, de movimiento, de textura.
De todo lo que alguna vez me había dolido y que ahora tenía forma, cuerpo, voz.
Verlas juntas me dio una mezcla de ternura y de orgullo feroz.
Estaban las tres que había enviado a la convocatoria: Incertidumbre.
Y la última, la que había pintado en el piso de Álvaro: Somos margaritas.
Se acercaban personas: felicitaban, preguntaban, sacaban fotos. Yo respondía lo mejor que podía, sin dejar de mirar de reojo mis obras, como si no acabara de creer que estuvieran ahí.
Y entonces la vi. Mi madre, caminando hacia mí, de la mano de Gustavo.
Lo que significaba que ella también había decidido apostar por el amor. Tal vez siempre lo había hecho. Era una romántica, como yo. O quizá, yo era una romántica como ella. Y no podía sentirme más orgullosa de parecerme tanto a esa mujer.
—¡Mami!
Me abrazó con fuerza, y luego se quedó mirando mis cuadros, inmóvil, como si necesitara tiempo para procesar. Su mirada me atravesó. Era la misma de cuando, de niña, le entregaba cartas dibujadas con lápices de colores: mezcla de orgullo, ternura y ese amor que no necesita explicación.
—Te felicito, amor —susurró, abrazándome otra vez—. Son maravillosos.
Gustavo me dio unas rosas amarillas. Le sonreí, emocionada.
Recorrimos juntos los otros espacios. Me impresionó la diversidad: esculturas, textiles, piezas híbridas. Una artista mezclaba cerámica precolombina con metal industrial. Todo vibraba. Todo parecía respirar.
Y por primera vez, me sentí parte de ese mundo.
Bianca apareció entre la gente, como si siempre hubiera estado ahí. Me abrazó en silencio, y después se acercó a los cuadros. Se detuvo frente a cada uno. Los miraba en silencio, con los brazos cruzados y una expresión que no lograba descifrar. Yo la seguía unos pasos detrás.
—¿Qué miras tanto? Si ya te los sabes de memoria —bromeé cuando sentí que el silencio se alargaba demasiado.
—Tonta, hoy no los estoy viendo como tu profesora. Ni como tu amiga. Los estoy viendo como alguien que ama el arte.
Tragué saliva.
—¿Y…?
Se giró hacia mí. Y esa sonrisa que traía solo aparecía cuando el corazón se llenaba.
—Son magia. Pura magia, Mar.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me acerqué y la abracé con fuerza.
—Te admiro muchísimo —susurró.
—Y yo a ti. Esto no habría pasado sin ti.
—Créeme, sí habría pasado. Pero me alegra haber estado cerca para verlo florecer.
Sonreí, mordiéndome el labio.
—¿Y ahora qué? ¿Cuál es la próxima aventura de esta nueva Mar libre?
Reí. Y entonces lo solté:
—Pues… tengo una idea un poco loca.
—Te escucho.
—Estoy pensando en decirle que sí.
—¿Sí a qué? ¿A quién?
—A Álvaro. A irme con él. A Nueva York. Bueno, a irnos. Samuel y yo. Claro, si él todavía quiere.
Bianca parpadeó, luego abrió los ojos como platos.
—¿Estás de coña?
Negué, riéndome.
—No. En serio.
—Tonta, ¡eso sería increíble! Para ti. Para los dos. Pero déjame decirte una cosa: tienes que estar muy enamorada para decidir esto.
Asentí. La sonrisa ya no me cabía en la cara.
—Quién sabe, tal vez esta Mar libre un día le pierda el miedo al matrimonio.
Bianca abrió la boca.
—¿Tú? ¿En serio?
—No digo que sí, solo que ya no digo que no. La vida se ha encargado de tambalearme tantas certezas que ahora todo me parece posible. O al menos, menos imposible.
Ella se rio, como si no terminara de creerse nada.
—Bueno, pues voy mirando billetes para tu cumpleaños. Qué delicia sería Nueva York contigo. Aunque sea para congelarnos juntas en Brooklyn.
Reí, pero la presión no se iba: una mezcla extraña de emoción y susto que seguía instalada en el centro del pecho.
—Primero tengo que hablar con él. No sé si siente lo mismo. Me da nervios. La próxima semana vuelve a Barcelona y… tengo que encontrar las palabras.
Bianca dejó de sonreír y me sostuvo la mirada con intensidad.
—¿Y qué tan ensayado tienes ese discurso? —preguntó en voz baja.
Iba a decirle que no tenía ni media frase pensada, cuando una voz conocida me rozó la espalda como un susurro:
—Hola, Marea.
El tiempo se detuvo.
Bianca me miró con una sonrisa enorme. Me giré, temblando.
Y ahí estaba.
Álvaro.
Traje negro. Camisa blanca. Impecable. Elegante. Inolvidable.
Me tapé la boca con las manos. Él sonrió.
—No me habría perdido este día por nada del mundo.
No lo pensé. Me lancé a sus brazos. Él me levantó del suelo y, por un instante, el ruido, la gente, la música: todo quedó en pausa. Solo él. Solo yo.
Cuando me bajó, lo miré fijo. Como si todavía necesitara comprobar que era real.
—Vine a ver los cuadros de una artista, Margarita de los Ríos. ¿Podrías llevarme?
Asentí, riendo, y le apreté la mano.
Caminamos juntos entre la gente, en silencio. Hasta llegar a la última obra: la que había pintado en su piso.
Álvaro se detuvo. La miró en silencio. Los dos leímos el cartel.
«Somos margaritas. Este cuadro celebra todas nuestras versiones. La capacidad infinita de transformarnos. Y a quienes, desde el amor, nos enseñan que podemos ser tantas margaritas como nos atrevamos a vivir».
Se giró hacia mí. Con los ojos brillando.
—Es un cuadro muy especial, Mar.
Asentí. Sentía la voz temblar.
—Tiene tu energía. Y también la nuestra —dije en voz baja, mirándolo a los ojos.
Se acercó. Me tomó la cara entre las manos. Yo cerré los ojos.
—Te quiero, Álvaro —susurré.
—Y yo a ti, Marea. Te quiero tanto.
Nos besamos. Lento. Profundo. Un beso que decía todo lo que ya no hacía falta explicar. La música de fondo —Beautiful Things, de Benson Boone— parecía escrita para ese momento.
Nos elegíamos. Sin expectativas. Sin promesas imposibles. Solo eso: elegirnos.
Cuando se separó, me acarició la mejilla. Yo lo miré a los ojos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Él sonrió, divertido.
—Claro.
—¿Todavía tienes espacio en tu vida, en tu piso… en Nueva York… para un perro codependiente y para mí?
Él cerró los ojos un instante, como si quisiera grabarse ese momento en la piel.
—Con una condición —dijo.
Sonreí, curiosa.
—¿Cuál?
—Que me vendas ese cuadro.
Reí. Y antes de poder responder, volvió a besarme. Con calma. Con certeza.
Y en ese beso lo supe:
Empezaba una nueva Margarita.