56
Por mucho que vivamos
Carlos
En nombre de nuestra entrañable amistad y de aquellos años de camaradería estudiantil, John logró convencernos de que permaneciéramos en Londres como invitados suyos, todo un mes.
Fue una decisión extraña. Disfrutamos de su hospitalidad y de las bellezas de la ciudad, pero estábamos tristes.
Algo nos asfixiaba, una especie de velo tenue delante de los ojos, una intensa sensación de fracaso que tendríamos que aprender a superar.
Decidimos viajar a Nueva York e instalarnos definitivamente allí. La Gran Guerra terminaba y el nuevo mundo sería un buen lugar para vivir, para invertir, para que crecieran nuestros hijos. La perspectiva de montar en barco y cruzar el Atlántico consiguió que Irene sonriera algo más feliz.
—Ese don se me concedió con una finalidad, Carlos —exclamó con la taza en la mano—, seguramente yo debía…
— Shhh —Le aparté el pelo de la cara. Tomábamos té en Kensington y estaba más bonita que nunca, con su traje de encaje blanco; no me cansaba de mirarla—. Tú no debías hacer más de lo que hiciste: leer, entender y transmitir. ¿Qué más podría pedirte nadie?
—No sé, amor, siento que le he fallado. A ella. A Luzbel.
—Recuerda lo que dijo John, considera lo limitado de nuestros recursos. ¿Morir serviría de algo? Dímelo tú, ¿serviría de algo renunciar a todo este amor nuestro, a la vida que tendremos, a los hijos que engendrarás, tú, dadora de vida?
Nuestras manos se buscaron con necesidad. Le besé la palma y le dibujé con la punta del dedo un pequeño corazón.
—Tú y yo sabemos lo que sucedió en ese jardín del Edén, lo poderosas y mágicas que sois, mujeres, diosas creadoras de vida, origen de todo.
Yo seré por siempre tu siervo, hasta el fin de mis días, hasta mi último aliento viviré para protegerte y apoyarte como en su momento ordenó lo Todopoderoso.
Y en un futuro que ni tú, ni nosotros, ni nuestros hijos conoceremos, quizá sea posible que este gran secreto salga a la luz.
Cuando la humanidad esté preparada para asumirlo.
—Quizá allá por el lejano 2020.
—Quizá. ¿Quién podría asegurarlo? ¿Crees que podremos seguir con nuestras vidas como si nada hubiera pasado?
Irene se tomó su tiempo antes de responder. Me miró con una intensidad difícil de soportar.
—No. Pero si estamos juntos todo será más llevadero.
Nos entretuvimos otra media hora. Bebiendo té inglés, saboreando pastelillos de crema, jugando a olvidar.
Y cuando el anaranjado atardecer se cernía sobre el horizonte del Támesis, salimos a pasear cogidos del brazo, de regreso a Mayfair.
Teníamos los pasajes para América en solo dos días.
Irene vivía cada minuto como una cría el día de Navidad.
Yo me sentía orgulloso y feliz de haber podido darle al menos eso, un comienzo, el inicio de muchas cosas buenas que vendrían con el tiempo y que, esperaba, la hicieran enterrar lo vivido y lo sufrido, bien hondo, en una esquina lejana del alma.
De mutuo acuerdo decidimos buscar un buen lugar en algún parque de Londres, bajo un árbol de copa frondosa, donde enterrar el libro.
Tan profundo en la tierra como nos fuera posible.
Pero ya era la tercera tarde que repetíamos el mismo ritual por las calles de la ciudad, con el libro bajo el brazo, y a Irene no terminaba de convencerla ninguna ubicación.
No sería tampoco aquel día.
De modo que cuando vi que la oscuridad acechaba, apreté el paso y empecé a buscar un coche de alquiler. Irene me retuvo tomándome del brazo.
—¿Por qué no? —me sorprendí—. Deberíamos llegar a casa de John antes del anochecer. Ya nos hemos perdido la cena y los ingleses, para eso, son rígidos y ceremoniosos.
—Es tu amigo, sabe que estamos enamorados y los enamorados pierden la noción del tiempo —se burló ella—, sabrá disculparnos.
—Quiero dar las buenas noches a mi leal compañero. Quiero despedirte con un beso en la frente al pie de la escalera que conduce a los dormitorios. Y quiero secuestrarte después, cuando todos duerman, y atarte a mí con el hilo de mis sábanas.
Mientras se lo decía, hundí la boca en su cuello, ericé su piel con mi aliento y cuando la osada punta de mi lengua estaba a punto de alcanzar la zona baja de su oreja, oculta entre rizos rojos, alguien me separó de ella con un brusco tirón, me tapó parte de la cara con un trapo húmedo que olía de un modo penetrante.
Ni siquiera pude evitar que nuestras manos entrelazadas se distanciaran con violencia.
Quise gritar pero el alarido se me quedó atrapado en mitad de la garganta.
¿Qué demonios estaba pasando? El terror… ¿volvía a empezar?
Abrí los ojos y aunque lo primero en lo que pensé fue en Irene, lo primero que sentí fue un lacerante dolor de cabeza y una sensación de arcada insoportable.
Lo que quiera que hubiesen usado para cubrirme, lo habían retirado y veía, aunque con dificultad y muchos destellos blancos.
Agité brazos y piernas esperando hallarlos maniatados, pero no fue así.
Estaba libre, sentado en una silla incómoda y dura, pero vivo.
Giré la cabeza y la busqué a ella. Hasta yo pude darme cuenta de la desesperación que impregnaba mis movimientos.
—Irene…
Estaba sentada al otro lado de la mesa que teníamos delante.
Mirándome con los ojos muy abiertos, llenos de pánico.
La mesa que nos separaba era una tabla de madera lavada de dimensiones descomunales, teniendo en cuenta que la sala donde nos tenían no era nada del otro mundo.
Parecía una cueva. Techos bajos y gruesas paredes de piedra. Aterrador.
—Nos han encontrado —balbució entre lágrimas—. Van a matarnos y jamás iremos a América.
Quise levantarme demasiado rápido. Para sacarnos del parque donde nos atacaron y arrastrarnos hasta allí nos habían drogado con cloroformo, con toda seguridad.
Por eso, al incorporarme de un salto, me tambaleé aturdido, a punto de derrumbarme.
Me sujeté como pude a la esquina de la mesa y cerré los ojos para oxigenarme.
Irene no reunió las fuerzas suficientes para moverse.
Únicamente lloraba y verla así me partió el corazón.
—Veo que ya han despertado. Ambos.
El bulto oscuro que distinguí al fondo de la habitación y que al principio confundí con un espejismo, empezó a moverse, a moldearse conforme se aproximaba.
Era un hombre de unos sesenta años, atractivo y robusto, muy bien vestido, pero no parecía inglés.
Llegó hasta la mesa y nos sonrió con cortesía.
—Si prometen no cometer ninguna tontería, continuarán desatados. De lo contrario, me veré obligado a tomar medidas un poco incómodas. Les ruego me eviten la desagradable tesitura. En cualquier caso, no estarán aquí mucho tiempo.
Ahí la teníamos. La amenaza de una muerte inmediata.
Estaba tardando en ponerla sobre la mesa.
Nuestra irreal aventura truncada ya antes de empezar.
Quise llorar, en serio, descargar toda aquella presión que me ahogaba, llorando a gritos igual que un niño.
¿Qué pecado habíamos cometido? ¿Es que aquella persecución no iba a terminar nunca?
Sí, claro, qué estupidez, acababan de anunciarnos que el fin estaba próximo.
—Relájense. —El desconocido me miró con gravedad y luego desvió las pupilas hacia Irene—. Los dos. Imagino que están esperando que me presente.
¿La verdad? Por supuesto que NO. Me daba igual que quien terminase con nosotros se llamara A o B, eso no iba a cambiar nuestro destino.
Mi mirada y la de Irene volvieron a cruzarse con un mudo mensaje de incomprensión.
Ella observaba con ojos desencajados la cruz patada templaria, roja como la sangre, que nuestro captor lucía al cuello.
—Me llamo Thomas Bérard y soy el actual maestre del Temple.
Me indigné. Además de ser unos asesinos sin escrúpulos, se reían de nosotros.
—Disculpe… señor. Thomas Bérard, gran maestre templario, murió en 1273 y la Orden del Temple se extinguió al siglo siguiente.
El hombre causante con toda probabilidad de nuestro secuestro, sonrió con calma.
—En 1312, según cuenta la historia. —Su tono era pura ironía—. Pero usted, señor Otamendi, ya ha tenido oportunidad de comprobar que la historia no siempre respeta la verdad.
Parpadeé atónito. Analicé sus gestos, el volumen y el tono de su voz, hasta el brillo en su mirada. ¿Podría ser que… no estuviésemos ante un enemigo? Fue como si mi interlocutor adivinase mis pensamientos.
—En efecto, señor Otamendi. Si les he anunciado que no los retendremos mucho tiempo no es porque vayamos a hacerlos desaparecer como teme, sino porque nada más lejos de nuestra intención que entorpecer sus planes de nueva vida. Sé que viajan en breve. Usted y la señorita, su futura esposa.
Me vi incapaz de articular palabra. Lo sabían todo. Todo acerca de nosotros.
—Como ya habrá comprobado, me he permitido sucederle en la espinosa tarea de custodiar el libro. Es mejor que tamaña responsabilidad recaiga sobre nuestras espaldas que no sobre las suyas. Al fin y al cabo, esa fue siempre nuestra misión. ¿Les apetece un té?
Nos sirvieron té en servicios de porcelana fina. Algo enrevesado y chocante, dado el lugar donde nos encontrábamos y el modo brusco como habíamos llegado. Thomas, que dijo llamarse así en homenaje a su antecesor, nos pidió mil veces disculpas por el modo de capturarnos.
—Después de lo que han vivido, no esperaba que confiasen en unos desconocidos.
Y menos si el motivo de la… digamos visita, estaba relacionado con el Génesis perdido.
No vendrían por propia voluntad, eso podía jurarlo.
En cualquier caso, recurrir a la violencia y el secuestro son métodos que tratamos de evitar dentro de lo posible.
Me temo que en estas circunstancias no quedaba otra opción. Lo siento.
—¿Protegerán el libro?
A ambos nos sorprendió la dulce voz de Irene, que hasta el momento se había abstenido de intervenir.
—Sí, señorita. Es nuestro deber, la razón de existir de la Orden de los Templarios. Este Génesis con su valioso contenido y otros miles de libros más que guardamos bajo llave en lugares que el hombre no se atrevería a pisar.
—¿Pueden… pueden leerlos?
—Me temo que no. Y no voy a mentirle, usted nos resultaría increíblemente valiosa, pero no es su destino someterse al Temple.
Nosotros, los custodios de los textos de la Diosa, confiamos en que llegado el momento preciso, los libros se revelarán al mundo de modo que cualquiera pueda acceder a ellos y entenderlos sin ponerlos en duda.
Admitir y respetar la realidad que contienen, no habrá de ser un acto de fe.
Llegará un día en que ese idioma que algunos llaman impropiamente diabólico, no sea desconocido ni inaccesible.
Ese es el momento que desde hace siglos esperamos.
Es paradójico y triste que las obras que más verdad contienen hayan sido calificadas como libros sacrílegos y permanezcan en la oscuridad.
—Entonces ¿nos dejarán marchar? —Casi no podía creerlo. Había vuelto a ver el borde del precipicio justo a mis pies y los de Irene.
El Maestre volvió a sonreír.
—Desde luego que sí. En cuanto se acaben el té los trasladaremos con sumo gusto a casa de su amigo John Legand.
También sabían de John. Me recorrió entero un escalofrío. La sola idea de haber puesto a mi amigo en peligro, me mortificaba.
—Y… ¿nada más?
—Nada más, señor Otamendi, al margen, desde luego, de contar con su discreción… de por vida. Pero eso usted ya lo sabe. Me consta que no necesito pedírselo.
—Cuenta con nuestro leal compromiso.
Creo que en toda mi vida fui más sincero al pronunciar una frase. Exceptuando el día en que le dije a Irene que la amaba.